De Chicago Boy a Chicago Girl: Travestismo y optimismo

Coincidiendo con el cambio de pesimismo a optimismo del gobierno, nos visitó Deirdre McCloskey, antes conocido como Donald; economista, escritora de libros y manuales de economía y profesora de la Escuela de Chicago, que a través de varias operaciones se transformó de Chicago Boy a Chicago Girl.

Ella cuenta que a pesar de capitanear un equipo de futbol americano, siempre se sintió femenina, y que su decisión de cambio de sexo (1995) se inició tímidamente poniéndose aros. Cuando le confiesa al decano de Chicago que ha decidido salir del clóset, se produce una pausa de silencio, el decano la mira con cara de intriga y preocupación, y McCloskey le espeta que se cambiará de sexo. El decano de Chicago respira aliviado y le dice “que tranquilidad; por un momento pensé que habías decidido hacerte socialista”.

McCloskey es una historiadora económica y tiene un libro muy interesante sobre la “igualdad burguesa”. En él propicia y lucha por la verdadera igualdad, que es la liberal: una igualdad ética y no económica. Es una igualdad de trato, de dignidad, de derechos y de oportunidades. Es la igualdad que se logra en sociedades libres, con un gobierno de leyes, con justicia independiente y economías de mercado.

La igualdad económica o de resultados le parece utópica y piensa que solo se logra coactivamente. De hecho, cuando la política se ha centrado en buscar esa igualdad, como hemos experimentado con este gobierno, solo se genera odio; se sacrifica la libertad y se destruye el progreso, como en Cuba.

Con Deirdre se entiende la diferencia entre el cambio de sexo y el travestismo. El primero supone una convicción profunda que fuerza a una persona a recorrer una ruta doloroso en lo físico y en lo emocional. Es un camino sin retorno, y por eso a ella le tomó 50 años decidirse. Distinto es el travestismo, que es simplemente vestirse, o disfrazarse, de mujer. Esto es ocasional, indoloro y reversible.

Nuestro gobierno ahora ha decidido cambiar de negativo y pesimista, a positivo y optimista. Después que Chile era el país más desigual del mundo, plagado de empresarios abusadores, donde nadie pagaba impuestos y la educación era un mamarracho elitista, retrograda y excluyente, de pronto se transforma en un país de emprendedores, trabajadores responsables, con un clima y medio ambiente únicos en el mundo. Esto nos lleva a la pregunta obvia, estamos ante un acto de travestismo oportunista y transitorio o de un genuino cambio irreversible de ideas.

Yo siempre he sido optimista y he creído que tenemos un país fantástico. Hemos progresado enormemente, y si no fuera por este gobierno, su mal diagnóstico y su peor desempeño, seguiríamos progresando. Ahora quiero creer que este cambio gubernamental es genuino. Que el gobierno tiene la convicción de que los chilenos no somos perversos, aprovechadores ni egoístas, sino que como buenos seres humanos, tenemos un poco de todo, y dependiendo de los incentivos que las políticas públicas nos pongan, saldrá lo mejor o lo peor de nosotros.

Como enseña Deirdre, Estado hemos tenido siempre, pero el progreso del mundo solo se logra a partir del liberalismo del siglo XVIII, cuando la filosofía política se centra en respetar al individuo y sus derechos. Son esas ideas pacifistas de libertad individual y protección legal de las personas y su propiedad frente al soberano que genera el progreso del mundo occidental. Las ideas del nacionalismo y socialismo del siglo XIX con el refortalecimiento de los estados y el belicismo asociado, son las que generan los grandes conflictos del siglo XX. A los ideólogos de este gobierno les haría bien estudiar y escuchar a Deirdre.

Alguien dijo que hoy muchas mujeres pueden comportarse como hombres, pero pocas pueden actuar como caballeros. Deirdre, con su humanidad e inteligencia, logró transformarse además de mujer, en una dama. Sus ideas, cultura y humanidad son un bálsamo para nuestro país. Qué distinto sería el Chile de hoy si el gobierno en vez de inspirarse en el resentimiento pesimista y destructivo de Piketty, lo hubiera hecho en el optimismo constructivo y tolerante de McCloskey.

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Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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