Cuando pase el temblor

La elección del día 17 de diciembre significó un desplazamiento radical de las placas tectónicas de la política chilena. Literalmente hubo un terremoto de gran intensidad. Las coaliciones, de derecha e izquierda, no pueden volver a ser lo que fueron durante 25 años. La Concertación es una vieja casa que está en ruinas. La última elección ha terminado por derribar sus cimientos, mientras algunos okupas, recién llegados, intentan construir otra casa en el mismo lugar. En Chile Vamos, la magnitud del movimiento ha sido más subterránea, pero es claro que la sucesión política tiene un nombre: Evopoli. Las estructuras conservadoras y vagas quedaron en un terreno arenoso que comenzará a ser colonizado por una nueva generación más liberal en todo sentido.

Como sucede luego de un terremoto de magnitudes, los días posteriores a la elección han permitido ver que el terreno para construir un proyecto político está fangoso, lleno de barro y ripios. La tarea de gobernar no será fácil en ese sentido para Sebastián Piñera puesto que, siguiendo con las analogías, el relleno ideológico en Chile es más proclive a dinámicas contrarias a los mercados, la libertad económica, la responsabilidad fiscal y la democracia liberal. Si no ponen esfuerzos en ese ámbito, cualquier pretensión de cimentar algo perdurable será fútil. Reconstruir un proyecto político de desarrollo viable implica ganar a nivel de cimientos, es decir, formar una base ideológica sólida, que debe ser esencialmente liberal no solo en términos discursivos sino reflexivos. La lucha a nivel de significados, con la oposición, será sin cuartel en ese sentido.

En su primer gobierno, Piñera debió enfrentar los efectos destructivos de un terremoto y un tsunami. La última elección presidencial tuvo una magnitud similar desde el punto de vista de las certezas políticas, no solo porque las encuestas mostraron ciertas fallas estructurales sino también porque se derrumbó el mito del votante totalmente alineado a derechas o izquierdas. En ese sentido, la tarea de Piñera en su segundo gobierno no tiene relación con darle el gusto a la derecha dura, ni con darle continuidad a lo hecho por la Concertación ni menos aún con lo intentado por Michelle Bachelet en su segundo gobierno, sino con construir un proyecto modernizador del siglo XXI con fuertes fundamentos ideológicos liberales y democráticos.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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