Corona estupidez

Apenas se aprende algo, aunque sea poco, aparecen las ganas de opinar sobre ese algo. Pero cuando esas ganas son desproporcionadamente mayores al conocimiento que se tiene, estamos escalando el peligroso cerro de la estupidez. Opinar sin saber. Subiendo por este cerro se llega a su cima, la ‘corona de la estupidez’, que hoy día está plagada de alpinistas opinando. Y con opiniones tajantes y absolutas sobre un virus. Algunos, sin embargo, bajan del cerro a medida que aumenta su conocimiento, porque el efecto opinológico empieza de repente a revertirse. Más aún cuando se trata de algo nuevo, sobre lo cual nadie, pero nadie, sabe nada. A cierto nivel de sabiduría, esta energía se disipa, hasta que algunas veces desaparece y se evapora. Otras veces, al revés, se potencia y explota, exponencialmente —por usar un término de moda—.

Este coronavirus, además de llenar esta cima de opinantes, trajo a la palestra, ya sin ningún matiz, el principal aforismo de la izquierda: la derecha no se equivoca, sino que es malvada.

Escalar este cerro (hay que evitarlo «aplanando la curva», por usar otro término de moda) y quedarse pegado en la corona es propio de los púberes. Estos olvidan una de las más importantes máximas antiguas —saber que es muy poco lo que se sabe—, omiten completamente las diferencias de calidad y fidelidad de la información, y confunden la emoción con la razón. Olvidan la razón. Pero este fenómeno, la verdad, no tiene edad. Por algo Twitter existe, tiene éxito y le entrega un sentido existencial a muchas personas —esto último un signo lamentable de nuestra sociedad—.

Este coronavirus, además de llenar esta cima de opinantes, trajo a la palestra, ya sin ningún matiz, el principal aforismo de la izquierda: la derecha no se equivoca, sino que es malvada. Y no solo acá. Por algo un sabio europeo decía que él podía ser amigo de los izquierdistas, mientras que ellos no podían serlo de él. Ellos, decía, piensan que los derechistas somos malos, mientras que yo creo que ellos simplemente están equivocados. Acá en Chile, cuando la derecha advertía del peligro del virus, era en realidad una operación contra las mujeres y su marcha. Luego, cuando la muerte ya acechaba y la derecha no aplicaba cuarentena, era porque querían matar gente. Abundaban —y abundan— las críticas de los becarios Chile contra Trump y Johnson y, de parte de los menos globalizados, contra Piñera, Mañalich y Palacios. ¿Y por qué estos becarios no critican al socialdemócrata sueco? Quizás porque está muy lejos. ¿Y por qué no enjuician a AMLO, el Presidente de México, a quién ayer celebraban con tanta emoción? Este ícono de la izquierda latinoamericana, bastión de la revolución democrática, mantiene todavía su economía andando y acá nadie lo trata de ‘asesino’. ¿Por qué él no calificaría como mala persona? No sé. ¿Está eximido porque está ‘equivocado’, o porque lo están ‘tergiversando’? Debe ser muy extraño pasearse por la vida creyendo que la mitad de los humanos desea la muerte o la miseria del resto.


Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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