Control de identidad preventivo II

Señor director:

Caminando por la calle, Juan viste polerón, jeans y zapatillas. Es un tipo normal. Sin embargo, para Edgardo, el teniente, el orden es más rígido. Una distancia subjetiva entre ambos, convierte al primero en sospechoso. El segundo representa a la autoridad.

A Juan le piden el carnet. Para ello saca su billetera, se le caen las fotos familiares y algunos billetes. Está nervioso. Es quincena y se estaba divirtiendo con unos amigos. Edgardo, impávido lo apura. La ley, promulgada por legisladores que se creen los vigilantes morales del pueblo, lo faculta. El nerviosismo del joven aumenta la sospecha. No tiene el carnet, se le quedó en el trabajo. Tendrá que irse detenido por cuatro horas, hasta que la burocracia policial verifique su identidad. Pero Juan no ha hecho nada, ni tampoco iba a hacer nada. Sólo se estaba divirtiendo, gastando su dinero. Pero para un gobierno omnipotente que pretende vigilar cada acción de sus ciudadanos, eso también es demasiado sospechoso e inmoral.

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Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad de los autores y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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