Constitución plebeya

Es evidente que en la pasada Convención proliferaron activistas, líderes de movimientos, histriones y, como dijo Roberto Gargarella, personajes más bien caricaturescos. En ese sentido, la instancia se asemejó más a una especie de gran feria costumbrista o circo freak que a otra cosa. Eso marcó el proceso y carácter de la constituyente donde predominaban los disruptivos, los votantes desde la ducha, los disfraces, el guitarreo de fogata. Sin duda, nada de malo tienen las ferias costumbristas, valga decirlo, pero quizás no necesariamente sean instancias adecuadas para establecer un orden constitucional. Así como tampoco sería adecuado presumir que las reglas del fútbol se pueden definir de manera adecuada en una gran reunión de barras bravas donde todos hacen sus cánticos y gritan improperios a sus rivales.

«Ahí donde las masas presumen que disolviendo las magistraturas y las reglas producen más democracia, en realidad se siembra la muerte de la democracia y surgen los tiranos que gobiernan y ofician de jueces».

En La Democracia morbosa, Ortega distinguía entre la democracia, como forma jurídica del orden político a través del cual se establecen límites y contrapesos que permiten la igualdad jurídica entre los ciudadanos; y el plebeyismo, que sería la extensión extravagante de la democracia a cada ámbito de la vida social donde, por ejemplo, un vegetariano en frenesí mira el mundo desde lo alto de su vegetarianismo y quiere que todo sea visto desde ese vegetarianismo. Ahora imaginemos que no solo el vegetariano pretende aquello, sino una variedad de sujetos. El acuerdo se torna algo complejo.

Una conducta similar al vegetariano en frenesí mostraron varios convencionales en Chile durante la pasada Convención. Cada cual, sin dejar de actuar como activistas de causas e identidades particulares, parecía querer imponerlas en cada aspecto de la propuesta constitucional. Como si todo asunto relacionado a sus peculiaridades pudiera y debiera plasmarse en una Constitución. Esa fue en parte la morbosidad democrática que mostró la Convención. Aquello también se tradujo en un notorio desdén por las formas, los protocolos. Cada cual hacía lo que se le antojaba. Y entonces, como también decía Ortega, varios se mostraron como payasos, tenores y jabalíes.

Probablemente presumían, erróneamente, que así promovían una democracia donde la plebe tiene mayor cabida. Pero en términos estrictos, el equilibrio entre plebe y oligarquía se logra con constituciones mixtas, equilibradas. No cuando los procedimientos de la democracia, es decir sus reglas, son confundidos con el simple juicio de una multitud o la masa. Ahí donde las masas presumen que disolviendo las magistraturas y las reglas producen más democracia, en realidad se siembra la muerte de la democracia y surgen los tiranos que gobiernan y ofician de jueces.

En ese sentido, tiene mucha razón el profesor Fernando Atria cuando dice que la pasada Convención ofrecía al país una Constitución plebeya. En efecto, la propuesta era la base para una democracia mórbida donde el sentimiento democrático degenera y entonces el demócrata asume que su rol no es elevar a la plebe, sino igualarse con ella en sus modos y formas. Todos abajo de los patines. Ya no basta la igualdad ante la ley, sino que se debe imponer la igualdad sustantiva. Todos hombres masa finalmente sin distinciones de ningún tipo salvo sus disfraces identitarios.

Probablemente la ciudadanía chilena, en su aún existente valoración meritocrática, comprendió el riesgo de aquello y por eso rechazó el plebeyismo que ofrecía la izquierda en la Convención, que como decía Ortega y Gasset, puede llegar a ser el más insufrible de los tiranos.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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