Constitución: ¿Carta Magna o piñata?

Hay oportunidades en que es muy difícil escribir porque no hay temas interesantes. Ahora, en cambio, me siento como un zancudo en un campo nudista: no sé por donde empezar. Primero, la jefa de protocolo con un tocado de plumas en el traspaso de mando. ¿Nadie le explicó que, desde los faraones, su función en el cargo es pasar desapercibida? Después, doña Izkia quien, combinando arrojo con descriterio, fue a dialogar a la comunidad Temucuicui donde la recibieron con el mismo cariño que le prodigarían a Johannes Kaiser en una marcha de “Las Tesis”. Qué decir del Presidente Boric que generó un incidente diplomático culpando al rey de España por el atraso del traspaso de mando, cuando al pobre lo tuvieron media hora esperando en el auto, mientras la jefa de protocolo probablemente se arreglaba el tocado.

Pero todo eso sería tragicómico sino fuera porque lo que realmente importa es la Convención Constituyente. Es ahí donde se está destruyendo el pasado y dinamitando nuestro futuro. Si seguimos así, en el futuro no seremos Venezuela, ¡vamos a querer veranear en Venezuela!

La historia se mueve a partir de 3 fuerzas: los personajes, las ideas y los incentivos económicos (mal conocido como el afán de lucro). Ningún personaje ni grandes ideas van a generar tracción si no hay incentivos que despierten la ambición y codicia que inspira el afán de enriquecerse

La reforma protestante tuvo personajes como Lutero o Enrique VIII e ideas inspiradoras como los avances científicos, los descubrimientos geográficos y el incipiente nacionalismo. Pero todo esto agarró tracción cuando romper con el papado permitía apropiarse de los bienes de la Iglesia, avanzar en la revolución científica que llevaría a la industrial y participar en la conquista y comercio del nuevo mundo que el Papa había reservado para España y Portugal (Bula Intercaetera).

Idem en el debate educacional. Tenía los personajes (Gabriel, Camila y Giorgio), la épica ideológica (educación gratuita, diversa, inclusiva y de calidad para todos- nada nuevo-); y, finalmente, los intereses económicos (el lucro): las municipalidades tenían desfinanciados sus colegios por la migración de niños a los subvencionados y las universidades tradicionales amenazadas por la competencia privada. Así, a muchos les convenía apoyar el movimiento juvenil para dificultar el crecimiento de la educación privada. Si a eso le agrega que los padres tenían la oportunidad de endilgarle el costo de la educación de sus hijos al resto de los chilenos, la mesa estaba servida para salir todos a marchar.

La discusión constitucional arrancó con personajes muy conspicuos y terminamos con algunos impresentables, que hacen ver a Garay como un filántropo y a Putin como un humanista. Partió con una épica muy republicana, la de una casa para todos. Pero ha ido deviniendo en un arreglín de toma y daca con un trasfondo de codicia muy poco solemne. Los convencionales parecen creer que la Constitución es un piñata llena de tesoros. Los

indígenas quieren territorios y maritorios que explotar y donde cobrar impuestos e impartir justicia. La Pachamama viene con derechos de pesca, minería, bosques y plantaciones. Las feministas agarraron aborto ilimitado y gratuito. Los activistas multiplican la burocracia (asambleas legislativas y territoriales, múltiples sistemas de justicia, etc) que viene llena de cargos y asesorías para apitutarse. Y los vivitos de siempre inventan cargos que, en un momento del tiempo, tienen poder de vida o muerte sobre un patrimonio (como el poder del portero del banco a las 2 de la tarde) que decidirán a quién le dan el agua, las minas o un permiso para emprender. Son los que se inspiran en la máxima: “No me den, póngame donde haiga”. Como decía PJ O´Rourke: “si los políticos se hacen cargo de la compra y la venta, los primeros que se ponen en venta son ellos”.

En fin, como va esta constitución distará mucho de ser una Carta Magna y parecerá una piñata llena de un generoso botín de cargos, beneficios y privilegios a repartir entre indígenas, amigotes y compañeros.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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