Conceptualizando al Neoliberalismo, una respuesta a Noam Titelman

El neoliberalismo no es una ideología sino una corriente de políticas públicas pragmática basada en la evidencia y en los resultados científicos, sostiene el autor.

En julio de 2021, el ahora presidente de la República, Gabriel Boric, declaró en su discurso de victoria de las primarias lo siguiente: “Chile será la tumba del neoliberalismo”. Esta frase es interesante pues encapsula el intento de la nueva izquierda, durante esta última década, de proponer una visión política antagónica al proceso de desarrollo que Chile emprendió hace ya treinta años. Así las cosas, el gran debate normativo y político de la última década ha sido en torno al concepto de “neoliberalismo” y al proceso de privatización de ciertos servicios públicos que el país ha experimentado. Desde 2010 que el debate ha girado obsesivamente en torno a diversas críticas al modelo de desarrollo y al concepto de “neoliberalismo”.

Debido a todo esto resulta importante entender qué sería el “neoliberalismo”, con el objetivo de comprender qué es específicamente lo que Boric desea sepultar y erradicar. De lo contrario, corremos el riesgo de que el uso difuso y poco definido del concepto “neoliberalismo” se convierta en el chivo expiatorio o en una jugarreta retórica para emprender malas políticas públicas que atenten contra el bienestar de los ciudadanos. En este mismo medio, Noam Titelman ha tratado de contribuir a dicho debate probando definir, de una vez por todas, dicho concepto. El objetivo de este ensayo es examinar críticamente la propuesta de Titelman para poder avanzar hacia una conceptualización exenta de confusiones.

NEOLIBERALISMO COMO TERMINO DIFUSO

Es importante señalar que a nivel académico el término “neoliberalismo” genera bastantes dudas. Particularmente en la economía, el término es escasamente utilizado, ya que su significado es poco claro y marcado ideológicamente (Magness, 2020). De hecho, se lo presenta como un término omniabarcante: al tratar de explicarlo todo, termina por no explicar nada (Boas y Gans-Morse, 2009). En otras palabras, la idea de “neoliberalismo” se ha convertido en la academia en un chivo expiatorio, que reflejaría todo lo malo y nefasto que ocurre en el mundo y, por consecuencia, ha terminado por ser un término “fantasma” que no explica nada en concreto, pero que es utilizado –y muy frecuentemente– para intentar explicarlo los más variados fenómenos.  

En un meta estudio realizado por Boas y Gans-Morse (2009), los autores llegaron a la conclusión de que existen “tres aspectos potencialmente problemáticos del uso del neoliberalismo: el término a menudo no está definido; se emplea de manera desigual a través de divisiones ideológicas; y se utiliza para caracterizar una variedad excesivamente amplia de fenómenos”. De esta forma, los autores concluyen que el concepto de “neoliberalismo” hoy no posee ningún valor analítico en las ciencias sociales y, por lo tanto, posee solo valor en cuanto orientación ideológica con fines retóricos (ibíd., p. 156). En síntesis, el neoliberalismo “se ha convertido en un término profundamente problemático e incoherente que tiene significados múltiples y contradictorios y, por lo tanto, ha perdido valor analítico” (Venugopal, 2015, p. 165). Todo esto nos sugiere a priori que deberíamos ver el término “neoliberalismo” con un alto grado de escepticismo y recogerlo cum grano salis, pues ha sido utilizado en esta última década sobretodo como un arma retórica e ideológica más que científica o analítica (Paniagua, 2021).

NEOLIBERALISMO COMO TECNOCRACIA PRAGMÁTICA

No obstante podemos tratar de delinear el concepto de “neoliberalismo” basado en las observaciones de Titelman, en cuanto el “neoliberalismo” podría ser nada más que una forma histórica (contingente) de una contra-revolución tecnocrática con fines pragmáticos. Para esto, podríamos tomar en consideración las observaciones de Mario Góngora (2003 [1981]) y advertir que el “neoliberalismo” sería simplemente una contrarrevolución programática que implicaba una “revolución desde arriba”, liderada por una élite tecnocrática. Es decir, una especie de “planificación liberal” (ibíd., p. 37). De hecho, Sebastián Rumie (2019) ha señalado que la revolución “neoliberal” en Chile fue caracterizada por una contrarrevolución de reformas económicas y de liberalización del sector privado, a cargo de un grupo de economistas tecnócratas, los cuales implementaron reformas de liberalización en un contexto autoritario como lo fue la dictadura de Pinochet (ibíd., p. 140).

El “neoliberalismo”, siguiendo a Góngora y Rumie, sería entonces una forma de hacer política pública desde la tecnocracia, en donde un grupo de una élite académica (i.e., economistas expertos), implementaron reformas económicas de orden pragmático, con el objetivo de privatizar ciertos sectores económicos que habían sido controlados ineficientemente por el Estado Chileno. Así, lo visto en Chile durante la década de los 80’ no fue nada más que una contrarrevolución pragmática de un grupo de tecnócratas y economistas que buscaban re-balancear el orden económico —que había sido profundamente asimétrico y estatista durante la década de los 60’ y 70’—, a través de expandir el uso de los mecanismos de mercado y del sector privado para así poder reactivar económicamente al país, todo esto bajo un contexto histórico de dictadura.

Bajo este punto de vista, estaríamos de acuerdo con Harvey (2007), quien define el “neoliberalismo” como un régimen pragmático de políticas públicas, basado en la expansión de los mercados en industrias económicas clave y en procesos de privatización para tratar de devolver dinamismo a un sector privado que había sido profundamente asfixiado por el poder estatal durante las décadas de los 60’-70’ en el mundo. Manifestándose así en un proyecto político concreto, representado por la derecha a través de los rostros de Reagan y Thatcher, e implementado en el mundo en las décadas 70s-80s. En otras palabras, “el paradigma neoliberal busca instaurar un sistema que reduzca el poder del Estado y deje la administración de los recursos en manos del mercado” (Rumie, 2019, p. 145). Pero dicho proyecto tecnocrático difícilmente podría dar para un proyecto ideológico y tiene poca relación con el liberalismo.

Basta con leer a pensadores como Lord Acton, Isaiah Berlin, John Stuart Mill y al mismo F.A. Hayek para darnos cuenta de que el liberalismo, como doctrina o forma de pensamiento político, es mucho más rico y complejo que creer simplemente que la privatización y la expansión de los mercados en la economía pueden ser instrumentos que promuevan eficiencia en la asignación de los recursos y crecimiento económico. Es aquí donde hay que saber distinguir y separar las aguas conceptuales. Muchos pensadores liberales, como Mill, Schumpeter y F. A. Hayek, hicieron grandes contribuciones a la economía política y a entender los procesos de mercado y el rol de los precios en la coordinación del conocimiento en la sociedad (Hayek, 1983 [1945]). Sin embargo, esto es sólo uno de los múltiples aspectos clave de un orden social liberal, y definitivamente no podemos reducir al orden liberal y al liberalismo como pensamiento político solo al mero uso de los mercados para alcanzar la eficiencia. El mismo Hayek, de hecho, dedicó una gran parte de su vida a entender la política, la democracia y otros órdenes sociales como aspectos clave de un orden liberal robusto y saludable; ideas que van mucho más allá de la mera expansión de los mercados (Hayek, 2009 [1946]; 2008 [1960]).

Por otro lado, la literatura económica de las últimas tres décadas ha proporcionado bastante evidencia que sugiere que los procesos de privatización y de expansión de los mercados en el orden productivo y económico de los países han sido, en líneas generales, bastante beneficiosos para todos; proporcionando mayor crecimiento económico y bienestar material para las personas (Chong y López-de-Silanes, 2005; Paniagua, 2022). De esta forma, la tecnocracia económica “neoliberal”, que busca la privatización y expandir los mercados para generar progreso y coordinación económica, no se nutre tanto del liberalismo como ideología, sino que más bien de la evidencia empírica recopilada por décadas de análisis histórico. Así las cosas, hay una diferencia conceptual grande entre el liberalismo como doctrina política y social, y el “neoliberalismo”, en cuanto corriente de políticas públicas pragmática basada en la evidencia y en los resultados científicos. Así, habría muy poco de “liberalismo” y del pensamiento de Hayek dentro del “neoliberalismo” tecnócrata, ya que no habría mucha relación intelectual entre estos y el “neoliberalismo” como respuesta a un contexto histórico caracterizado por el caos económico y el desbalance estatista de las décadas de los 60’-70’ (Caldwell y Montes, 2015).

La mera liberalización de los mercados y la expansión de la libertad económica no son condiciones suficientes para hablar de un renacimiento del liberalismo en Chile, ni programático ni intelectual. Desde luego, esto no quiere decir que la libertad económica no sea un elemento esencial para la expansión del bienestar material de las personas y el florecimiento humano. El proyecto “neoliberal chileno” bien puede verse como un proyecto tecnocrático y no precisamente ideológico, al utilizar el Estado y las reformas legales para liberar las fuerzas coordinadoras de los mercados previamente suprimidas dentro del país. En síntesis, la primera característica del “neoliberalismo” es que no es necesariamente liberal, ya que fue una contrarrevolución tecnocrática con fines meramente pragmáticos, con el objetivo de privatizar y liberar las fuerzas de los mercados para promover la eficiencia económica en un país que había sufrido las peores consecuencias de la planificación central. Por esto, difícilmente podríamos sostener, como lo hace Noam Titelman, que el “neoliberalismo” es “una ideología, que junta elementos liberales con conservadores de manera inédita”.

LIBERALISMO Y JERARQUIAS

Relacionado con lo anterior, Titelman establece que una segunda componente que uniría al conservadurismo con el liberalismo sería una supuesta preservación o defensa de las jerarquías. Según Titelman, “existiría un sector del liberalismo que se podría describir como un liberalismo de derecha en la medida en que defiende la preservación de jerarquías, ante el asalto de fuerzas que buscan superarlas”. Pero esto es exactamente todo lo contrario a lo que ha promovido el liberalismo desde sus inicios. Recordemos que el liberalismo fue establecido como una corriente profundamente radical y reformista, que buscaba erradicar las jerarquías propias de los sistemas feudales y los sistemas de dominación políticos o eclesiásticos (Rosenblatt, 2020). Como bien lo ha encapsulado Elizabeth Anderson (2017), el “ideal del libre mercado solía ser una causa de la izquierda”. Todo esto pareciera indicar que la relación entre liberalismo y la defensa de las jerarquías es una idea profundamente equivocada.   

Además, liberales como Frank Knight, James Buchanan, J.A. Schumpeter, F.A. Hayek y tantos otros mal catalogados “liberales de derecha”, eran férreos opositores a las jerarquías y al dominio o servidumbre del hombre para el hombre. Por lo demás, una economía de mercado competitiva y la expansión de las libertades económicas son la mejor forma de promover la movilidad social de las personas y la movilidad social intergeneracional (Dean y Geloso, 2021). Si bien dicha afirmación puede ser matizada en base a la última evidencia disponible para el contexto Chileno, lo cierto es que hay indicios empíricos que señalan que una economía competitiva de mercado ayuda a promover la movilidad social (Aghion, et al. 2021; Sapelli, 2016; Valdés, 2018). No obstante, para el contexto chileno, Núñez y Miranda (2011) han encontrado elasticidades intergeneracionales del ingreso aún elevadas con relación a la evidencia internacional y una mayor persistencia intergeneracional del ingreso en los centiles más altos.

Con todo, una economía liberalizada y competitiva sí ayuda a que las jerarquías sociales sean cada vez más difusas y ampliamente contestables. Sin embargo, no hay que ser un liberal para entender el rol fundamental de las jerarquías en un orden social[1]. De hecho, la civilización, tal como la conocemos, sería imposible sin alguna forma de jerarquía (epistemológica o política) bien concebida. Por lo demás, los grandes pensadores de la teoría política italiana, desde Maquiavelo, pasando por Vilfredo Pareto y hasta Gaetano Mosca, entendieron que alguna forma de jerarquía es indispensable e ineludible dentro de cualquier orden social que quiera mantenerse estable y pacífico, para así no precipitar en el caos. En síntesis —y contra lo postulado por Titelman— no deberíamos obsesionarnos tanto con las jerarquías y su presunta conexión con el liberalismo ya que, por un lado, el liberalismo ha tratado históricamente de socavarlas —sobretodo gracias a la libertad económica y la destrucción creativa— y, por otro lado, estas parecieran ser ubicuas e ineludibles dentro de cualquier orden social.

ESCEPTICISMO PARA CON LA DEMOCRACIA

Finalmente, el tercer y último factor que Noam Titelman atribuye al “neoliberalismo”, es la noción de “escepticismo político de los conservadores”, que se mezclaría con la idea liberal de los beneficios del orden espontáneo de los mercados. De esta forma, Titelman concluye definiendo el “neoliberalismo” como “una posición ideológica en el cruce entre un utopismo racionalista liberal, reducido [exclusivamente] al ámbito de mercado, y el escepticismo político conservador, para todas las demás esferas de la sociedad”. Para analizar dicha definición, primero, hay que destacar que el escepticismo político o el escepticismo en torno a la democracia –que Titelman le atribuye a los conservadores y luego a los “neoliberales”– ya se encontraba presente incluso hasta en el pensamiento de los griegos. Desde el nacimiento de la filosofía en Atenas, pensadores como Sócrates y Platón (entre otros) eran profundamente escépticos respecto a lo que puede lograr la democracia sin contrapesos y los procesos de deliberación política. Es decir, ya sabían que la democracia posee serios limites.

Dicho escepticismo político se hizo luego presente en el pensamiento político italiano, arraigándose en autores como Maquiavelo y Mosca, o teóricos relacionados con la izquierda italiana como Bobbio y Sartori, haciéndose incluso presente en el pensamiento de La Ilustración en autores como Montesquieu, Condorcet, Tocqueville, Madison y los demás autores de El Federalista. De hecho, esta corriente de pensamiento escéptico de la política y de la democracia son la base intelectual de las justificaciones enarboladas para promover una democracia representativa liberal o constitucional (Hayek, 2008 [1960]). Posteriormente, dicho escepticismo político se hizo además presente en distintos pensadores liberales como J.S. Mill, F.A. Hayek y J.A. Schumpeter. Este escepticismo político entonces —que busca ponerle límites a la deliberación democrática a través de reglas y procedimientos compartidos para que esta no termine desencadenada en el caos y en la indeterminación—, es una corriente intelectual que no pertenece ni a la izquierda, ni a los “liberales de derecha”, ni a los conservadores, sino que más bien es parte de todo pensador político que ha analizado a la democracia sin romanticismo y con una gota de sentido común (Sartori, 2007). El caos político del brexit es el claro ejemplo de los riesgos de tratar de “democratizar” toda decisión política e idealizar a la democracia.      

Además, es interesante advertir que este escepticismo político ha sido recuperado a nivel científico en las ciencias sociales con el paradigma de la Elección Pública (Public Choice), desde que el Premio Nobel de Economía Kenneth Arrow resucitara las ideas de Condorcet y demostrara la indeterminación de la democracia con el famoso “teorema de imposibilidad de Arrow” (Arrow, 1951). De esta manera, en la ciencia política, pensadores como Robert Dahl, Mancur Olson, William Riker y el Nobel de Economía James Buchanan, han demostrado tanto los límites y los riesgos de una democracia sin contrapesos, como la lógica racional detrás de una democracia constitucional (Buchanan y Tullock, 1962; Riker, 1982). Con todo, dicho escepticismo que nació en Grecia ha sido posteriormente validado por las ciencias sociales, mediante el uso de la evidencia empírica y la lógica matemática, por lo que difícilmente podemos denominarlo como meras intuiciones ideológicas o conservadoras. Más bien, podríamos decir que dicho escepticismo político no es ni “neoliberal” ni “conservador”, sino que más bien una corriente que trasciende ideologías políticas y que está enraizada en una sana concepción no idealizada y realista de la democracia y sus inexorables límites y riesgos.

¿QUÉ QUEDA DEL NEOLIBERALISMO?   

En conclusión, podemos cerrar con la siguiente pregunta: ¿qué es entonces el neoliberalismo y qué queda de éste? En vista de la definición de Titelman y del análisis que hemos hecho en este ensayo, podemos definir al “neoliberalismo” como un movimiento pragmático y tecnocrático que busca hacer un uso racional de las reformas económicas y legales con vistas a la liberalización económica y a la expansión de los mercados, combinado con un sano escepticismo respecto a los límites de la política y de la deliberación democrática a la hora de hacer política pública. Puesto de esta manera, entonces, tres cosas salen a conclusión.

Primero, que el “neoliberalismo” pareciera no ser una ideología, sino que más bien un popurrí de políticas públicas y de cosas que han funcionado en la práctica a lo largo de la historia: la liberalización y la expansión de los mercados, procesos de privatización y una democracia liberal tanto representativa como constitucional. Entonces, en cuanto praxis, el “neoliberalismo” es un ejercicio tecnocrático y pragmático, que tiene muy poco que ver con el liberalismo en cuanto corriente de pensamiento político. El “neoliberalismo” reconoce las bondades prácticas de los mercados; la evidencia científica en torno a los beneficios de la privatización y también los peligros de una democracia sin contrapesos, pero lo hace desde el sentido común y la técnica no desde la ideología o del pensamiento liberal.

Segundo, contra Titelman, podemos advertir que los pensadores liberales como F.A. Hayek jamás sostuvieron un “utopismo racionalista liberal reducido al ámbito de mercado”. Si bien Hayek hizo notables contribuciones a la economía y a entender el rol coordinador de los precios y de los órdenes espontáneos, este jamás sostuvo que el mercado fuera la única o la más preponderante esfera de coordinación de lo social ni menos que los eran perfectos o la solución a todos nuestros problemas. En otras palabras, el entender los beneficios de los mercados, por un lado, y al mismo tiempo entender las limitaciones de la democracia y de la política, por el otro, no son suficientes para catalogar a un intelectual de “neoliberal”; de lo contrario, hasta John Stuart Mill y Carlos Peña (2017) podrían ser tildados de “neoliberales”. De hecho, basta con dar una rápida leída a los textos sociopolíticos de Hayek (2008 [1960]; 2009 [1946), para darse cuenta de que este jamás sostuvo semejante simpleza. Es más, me atrevería a decir que no existe liberal serio, a lo largo de la historia, que haya sostenido aquel presunto “fetichismo” por los mercados (Paniagua, 2021). De esta forma, la tecnocracia “neoliberal” no debería confundirse, ni asociarse, con el trabajo de F. A. Hayek.  

Tercero, cabe señalar que bajo esta definición de neoliberalismo entonces prácticamente todos los países occidentales desde la revolución industrial en Inglaterra, pasando por los Estados Unidos de los Padres Fundadores y la República Holandesa, hasta el Chile post-dictadura han sido países mas o menos “neoliberales”; pues estos han promovido democracias representativas constitucionalmente limitadas (el escepticismo político) y un uso racional de las reformas legales con el objetivo de expandir las libertades económicas (McCloskey y Carden, 2020). Dicho de otra forma, hasta los países de la tercera vía, como el Nuevo Laborismo de Tony Blair y la Alemania de Gerhard Schröder, tendrían una gran componente “neoliberal” en su seno, señalando nuevamente sus problemas conceptuales.

Es más, toda forma contemporánea de democracia liberal posee tanto sistemas de contrapesos, como el uso de expertos y la experticia tecnocrática (económica, legal, etc.) con el objetivo de ampliar y hacer más eficiente el uso de los mercados ¿Significa entonces que “neoliberalismo” es análogo a toda democracia liberal que amplía las libertades económicas? Si esto es así, entonces Suiza, Nueva Zelanda, Estonia y Finlandia son cada vez más “neoliberales”. Pero, de esta forma, hemos llegado al mismo problemático punto de partida, es decir, a establecer que el “neoliberalismo” es nuevamente un término difuso, esquivo y que puede representar un popurrí de cosas, pero al mismo tiempo no ha sido capaz de representar nada en concreto y, por ende, de escaso valor. En fin, a pesar de las buenas intenciones y esfuerzos de Noam Titelman, parecería ser que el concepto de “neoliberalismo” nuevamente se nos escurre como agua entre los dedos. 

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NOTAS Y REFERENCIAS

[1] Una “jerarquía” es una estructura de ordenación de las personas que establece un criterio de subordinación entre éstas, con el objetivo de tomar decisiones políticas o colectivas. En las democracias liberales tal criterio de subordinación es de orden epistémico, meritocrático o de pericia técnica.

REFERENCIAS

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Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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