Chilenos en Londres

Siempre me han llamado la atención las personas que, frente a nuevas realidades o juicios, en cualquier ámbito de la vida, sienten haber sido testigos de verdades reveladas que el resto no posee ni conoce. Algo propio de la juventud y también de la educación jesuita —por estos días, más que trasquilada—. Así, por ejemplo, en el ámbito social, cada año aparece una tropa de novatos universitarios de clase alta que, cómplices, se ríen y burlan de cualquier símil que se les cruce. Para ellos, ya iluminados, los otros no entenderían nada de la vida, de clases sociales, de pobres y ricos. En vez de avergonzarse y reaccionar con humildad al darse cuenta de que recién a cierta edad empezaron a advertir desde dónde venían, se suben a un pedestal a pontificar frente a todos sus semejantes —asumiendo, de paso, que todos eran igual de ignorantes que ellos—.

“Es extraño el ímpetu que causa en algunos enfrentarse a la novedad. Es una renuncia a los matices acompañada de la moda de apelar a la “falsa conciencia” y carencia de libertad, cual víctima total de la opresión cultural occidental.”

Algo similar acontece con los conocimientos. Economistas que luego de unos meses de clases empiezan a dar cátedra sobre el mercado o el Estado, anteponiendo una superioridad intelectual o moral; arquitectos que enfrentados a una cita o texto de la estética de Kant se creen volando a niveles por sobre cualquier mortal —sin siquiera saber, o al menos cuestionarse, si podrían ser capaces de entenderlo sin haber leído el resto de su obra—.

El mismo fenómeno ocurre también con la diáspora de chilenos que el programa Becas Chile ha enviado al extranjero para que luego vuelvan acá a pontificar. Mi experiencia en Londres —donde el Frente Amplio hizo un encuentro hace unos meses—fue delirante: personas, ya mayores —y eso lo hacía todavía más delirante—, que habían ido a los colegios más tradicionales de Chile, afirmaban que Inglaterra era “la raja, porque no importan los apellidos”. Claro, nadie les preguntaba a ellos porque allá no se enfrentaban a los de clase alta (la de ellos en Chile, algo que se les había olvidado). Nunca conocieron al duque de Grosvenor y olvidaban que allá existía todavía el mayorazgo. De la misma forma, convertidos ya en unos cosmopolitas, enjuiciaban a parejas chilenas en función de su número de hijos, olvidando quizás que Nicanor Parra tuvo seis. Alababan el sistema de salud de manera vehemente, hasta el día que tenían un parto, y así.

En fin, es extraño el ímpetu que causa en algunos enfrentarse a la novedad. Es una renuncia a los matices acompañada de la moda de apelar a la “falsa conciencia” y carencia de libertad, cual víctima total de la opresión cultural occidental. Esta última defensa a rajatabla del sistema de salud inglés, obviando por completo el problema que lo hace, y lo tiene, completamente quebrado, me recuerda que un sabio inglés definió esta actitud como “optimismo inescrupuloso”, comparándola con la de Keynes, quien dijo: “En el largo plazo todos estaremos muertos”. En otras palabras, nunca pensemos en el futuro si, total, qué importa.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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