Chile: un barco sin quilla ni capitán

Es evidente que Chile ha perdido el rumbo y lo ha hecho en el peor momento posible, es decir, cuando las condiciones internacionales están empeorando sensiblemente. Los años dorados del súper ciclo exportador han llegado a su fin por la confluencia de una caída estructural de la tasa de crecimiento china y, en consecuencia, de su demanda de commodities con un considerable aumento de la capacidad productiva de los países exportadores.

En el futuro, Chile no va a navegar con viento en popa y lo hará, además, en una región donde la caída del precio de las exportaciones primarias impactará como un verdadero tsunami, derribando gobiernos populistas que buscarán incluso, como lo hace Maduro en Venezuela, recurrir al conflicto exterior para aferrarse al poder. Estamos, por tanto, en el momento justo cuando nuestro promisorio progreso puede frustrarse, tal como ya ocurrió en el pasado.

En esta coyuntura es importante distinguir lo accidental de lo fundamental. Lo accidental no es menor en este caso ya que se trata de la figura misma de la Presidenta: ausente y errática, caída inmisericordemente de su gloria de popularidad a la nada y con su rol de mesías refundador del país hecho añicos. Como Andrés Benítez lo resumió drásticamente en una de sus columnas: “Ella no lidera, solo irrita”.

Ello justificaría el diagnóstico de que, usando el título de la columna de Benítez, “el problema es ella” y sin duda que en parte lo es, pero ello no debería ocultar que bajo la espectacular debacle de la Presidenta subyace un problema de proporciones mucho mayores: un país que navega sin quilla, es decir, sin aquellos consensos básicos y profundos que le dan estabilidad y continuidad a su marcha. Bien lo dijo Roberto Ampuero en su discurso de la Enade 2014: “El país carece de la quilla profunda que garantiza estabilidad en medio de la tormenta”.

Por lo tanto, Chile tiene un doble problema que resolver. Uno es urgente y se refiere a la situación de desgobierno y devaluación de la institucionalidad republicana en que estamos cayendo. La pregunta al respecto es cuánto aguantará una ciudadanía cada vez más exigente e impaciente y cuánto lo hará una Presidenta que parece profundamente golpeada por el abrumador sentimiento de ya no ser querida. Ojalá que a la Presidenta todavía le quede el suficiente sentido de responsabilidad como para volver al realismo en serio, es decir, con renuncias, y hacer lo que hizo en su mandato anterior: replegarse y dejar que los que realmente saben gobiernen.

El otro problema, volver a darle quilla a nuestra embarcación, es, con todo, el decisivo. Sin ello, las alternativas aventureras y populistas tendrán todas las de ganar y Chile irá dando tumbos hacia un futuro de frustración, fracaso y creciente crispación.

Ahora bien, para enfrentar con éxito la tarea de crear un nuevo consenso nacional se requiere de un gran ejercicio de apertura y generosidad de parte de quienes representan hoy la cordura política, pero no para estar de acuerdo en todo, lo que incluso sería contraproducente, sino en lo esencial, es decir, en aquello que da respuesta a los grandes desafíos que se le plantean al país a partir de su nueva realidad social y el agotamiento del largo ciclo de crecimiento en el que las exportaciones basadas en nuestros recursos naturales tuvieron un papel preponderante. El problema de un modelo así es que permite alcanzar altas tasas de crecimiento y significativos niveles de ingreso a pesar de contar con un capital humano poco desarrollado en relación con los estándares de los países que lideran el progreso tecnológico y económico.

Ello crea un modelo de crecimiento altamente vulnerable que habitualmente encuentra importantes dificultades para hacerse sustentable en el tiempo y seguir generando altos ingresos. En historia económica se habla de la “maldición de los recursos naturales” para describir este síndrome en el que puede haber mucho crecimiento y poco desarrollo.

La forma de enfrentar exitosamente este dilema es transformar una parte sustancial de la renta exportadora en inversiones en capital humano, lo que es la clave del paso a un modelo de crecimiento intensivo en conocimiento e innovación. Ello se produce naturalmente cuando los recursos productivos básicos están distribuidos entre muchos.

Esa fue la vía que, gracias a una distribución muy igualitaria de la tierra, recorrieron Estados Unidos y los países escandinavos durante el siglo XIX. Chile, por el contrario, nos muestra qué pasa cuando los recursos productivos están concentrados en pocas manos y el crecimiento no se transforma en un amplio desarrollo del capital humano.

La bonanza salitrera hizo crecer nuestro PIB per cápita de manera exponencial, pero ello no fue sostenible en el tiempo ya que éramos un país rico con un pueblo pobre, mal nutrido y escasamente educado. Esta triste lección de nuestra historia nos señala la gran tarea que debe darle quilla a nuestra embarcación: es hora de unirse en torno a la transformación de Chile en un país de oportunidades capaz de potenciar al máximo su capital humano y entrar a pie firme en la era del conocimiento y la innovación. Eso es lo que necesitamos para no quedarnos, una vez más, a la vera del camino del desarrollo, y no reformas que entorpecen nuestra capacidad emprendedora ni voladores de luces acerca de la gratuidad universal de la educación y nuevas constituciones.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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