Chile íbamos

No deja de llamar la atención lo ocurrido esta semana. Asistimos a la declinación y a un probable ocaso de la coalición de gobierno, Chile vamos -la que debería comenzar a llamarse Chile íbamos, de no enmendar el rumbo-, ante la aprobación del retiro de 10% del sistema de pensiones.

Es que lo que alguna vez se erigió como una coalición con una identificación plena respecto a un mínimo intransable en base a una economía social de mercado, la igualdad de oportunidades, el rol subsidiario y solidario del Estado, hoy es letra muerta. Aquello por el inusitado portazo a la coalición de diputados oficialistas que con su voto aprobaron la ineficiente, regresiva e ineficaz propuesta, que no considera a independientes ni informales (porcentaje importante de nuestros trabajadores), de retiro de fondos previsionales.

Demos un ejemplo. El diputado Leonidas Romero (RN), pese a las propuestas del gobierno -aún si se considerase a éstas como un punto de partida y no como un fin último- reafirmó su voto favorable vía Twitter. Arguyó que era “tardío e insuficiente” y no esgrimió ninguna razón ideológica, ni mucho menos técnica, más allá de un buenismo infame para adherir al proyecto en cuestión. El honorable se encuentra preso de la falacia del alma bella de la que habla Hegel, creyendo que basta con escrudiñar una injusticia, desde una perspectiva moral, para creer haberla resuelto, ignorando lo que la causa. 

El honorable se encuentra preso de la falacia del alma bella de la que habla Hegel, creyendo que basta con escrudiñar una injusticia, desde una perspectiva moral, para creer haberla resuelto, ignorando lo que la causa. 

Es evidente que existe un severo problema social producto de la pandemia, que ha arrasado con empleos e ingresos de miles de trabajadores. Pero, ante un problema como aquél -si es que el diputado no sufre de amnesia y recuerda que es militante de un partido de centroderecha e hizo campaña por el actual gobierno- se debe preparar un diagnóstico propio, echando mano a la despensa ideológica de la coalición y desde allí establecer propuestas de soluciones a éste. “Los que no moderan pasiones son arrastrados a lamentables precipicios” recuerda Andrés Bello, más vigente imposible.

Esta situación reflejada en el diputado en comento, no hace sin más que develar aquello que subyace a una coalición que se ha resquebrajado y ha caído presa de la demagogia. La centroderecha, antiguamente agrupada en la Alianza por Chile y la Coalición por el cambio, solo suscribió pactos electorales entre sus principales partidos, que más allá de hacer un buen papel en las elecciones, no construyó nunca un cuerpo orgánico robusto en lo ideológico y que también fuese exitoso en lo electoral. Cuando existió un atisbo de inicio de esta senda -la configuración de Chile vamos como alternativa política y electoral, que resulta electa- parece ser que se retroceden esos peldaños.

Si la centroderecha quiere ser una alternativa seria, estable, e ideológicamente clara, tendrá que echar mano a corregir varios vicios en su interior. El clientelismo electoral, la apertura a liderazgos faranduleros que nada entienden de política – menos de la centroderecha- y el personalismo caudillista, deben quedar fuera de la ecuación. Urge una reestructuración fuerte y una estrategia a largo plazo, no solo con miras al abultado calendario electoral venidero, antes de que sea tarde.

Por último, acabar de una buena vez por todas con el prejuicio de inferioridad moral de defender sus ideas en el debate público. Como diría Charles De Gaulle “El carácter es la virtud de los tiempos difíciles” y hacia allá hay que dirigir los esfuerzos.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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