Chicago kids

Siempre me ha llamado la atención el fenómeno de las series. Este encierro confirmó mis sospechas. Partí viendo Ozark y me absorbió por completo. Llegué a ver cuatro capítulos seguidos, una demencia. Al principio me gustó ver la ciudad de Chicago y las extrañas segundas viviendas en lagos artificiales plagados de árboles introducidos, lanchas y gritos entusiastas. También el choque entre las nuevas casas Georgian y las de quienes vivían ahí, reubicados luego de que se inundaran sus tierras. Me recordó a Gualliuaica, el pueblo nortino inundado por el Puclaro, hoy plagado de kitesurfers. Pero la cuestión se convirtió en un culebrón de violencia y suspenso. Una teleserie.

“Pasamos a ser el ‘faro’ de Latinoamérica, y eso que veníamos de bien abajo”.

Sospecho que las series aletargan, como dijo ayer una premio Nobel de literatura en la revista Ya. Aunque no habría por eso que prohibirlas, como pidió la diputada Ossandón con el otro aliado del encierro: el alcohol. Volviendo al imaginario de Chicago y los años 20, quería prohibir esta placentera y auxiliar pócima (ojalá no me acusen de lobista). Un símil del antiguo patrón que protegía al pueblo de sus vicios y construía capillas.

También sobre Chicago es la serie-documental sobre los Bulls y la última temporada de Michael Jordan. Era finales de los 90 y la crisis asiática venía en camino. Gracias a algunos amigos que tenían ese preciado lujo llamado ESPN pudimos seguir los playoffs contra Utah Jazz. Era el país fabricado por los Chicago Boys, que dejaron entrar a la televisión pagada y a las diferentes marcas de yogurt, como se enorgullecía Joaquín Lavín en sus escritos.

Pasamos a ser el ‘faro’ de Latinoamérica, y eso que veníamos de bien abajo. Mejor educación, mejor salud y menor pobreza, aunque a Alberto Mayol le moleste y se le olvide (el vicedecano en una universidad estatal que cree que el lorem ipsum, esos textos en latín que aparecen en los diarios por error de diagramación, son mensajes secretos para inversionistas). Triunfaban Los Tres y llegaron Michael Jackson y los Stones. La abundancia y la novedad nublaron a esa élite. Se rompieron ciudades y bosques por el temor a la planificación, palabra herética para los Chicago. Y falta todavía, por algo el caos de hoy. Como bien decía un Chicago (Hayek), desgraciadamente eclipsado acá por otro Chicago (Friedman), hay muchas leyes que corregir, porque el error más común en ellas aparece cuando las hacen «los miembros de una determinada clase, quienes, por tradición, consideran justas unas ideas incapaces de satisfacer requisitos más generales de justicia». Así fue como se prohibió la importación de trigo, leche o las licitaciones de recursos naturales.

Hay que ser agradecidos con Chicago. Allá ya han avanzado en tratamientos para el virus y, además, el mejor depósito de plumas, pieles y cuerpos de pájaros chilenos no está acá, sino que en la colección Hellmayr del Field Museum of Natural History, en Chicago.

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