Cavernarios y retrógrados

Mario Vargas Llosa dejó a todos enredados. Cuando se enteró de que Piñera y la derecha en Chile estaban en contra del aborto, el Nobel, cara desfigurada de por medio, los catalogó de “cavernarios”. Al ruedo salieron varios y, entre ellos, los conservadores, que repitieron su queja ya instalada: utilizar peyorativamente la palabra “cavernario” implicaría creer que todo tiempo pasado fue peor y, por lo tanto, creer en el progreso infinito y constante de las sociedades. Esta crítica, que ya parece obsesiva, es inútil por falaz (la contradicción entre el liberalismo y un “progresismo moral”, por ejemplo, no es necesariamente tal) y, lo peor, porque se aleja del fondo de la discusión.

Semanas antes, representantes de este mismo conservadurismo habían salido a criticar a Harald Beyer y Ernesto Ayala cuando hicieron una reflexión similar: los acusaron de deterministas, de creer el curso unívoco e irreversible de la historia y de ¡marxistas! Creerían que la historia está sometida a leyes naturales y progresivas, que nos permiten, de alguna manera, prever el futuro (y un futuro mejor). Así, por lo tanto, cuando Perico de los Palotes exclame, “¡No seas retrógrado!”, Perico estaría mostrando su veta marxista-hegeliana. ¿No será mucho?

Es cierto que a los intelectuales se les podría exigir más, pero, ¿para qué en este caso? Se sabe que esa expresión, en voz de estos intelectuales, es parte de una retórica que nada tiene que ver con una interpretación hegeliana de la historia. Es tan inútil este argumento que cabe preguntarse: ¿habría reaccionado igual la armada conservadora si Vargas Llosa hubiese levantado la voz catalogando de “cavernario” a algún prócer de la derecha que hubiese ingresado una ley derogando el divorcio (la posición de la Iglesia Católica al día de hoy)? ¿O prohibiendo el voto y trabajo femenino por cuestiones de moral (también, la posición de la Iglesia y la derecha hace no pocos años)? ¿O, peor aún, restituyendo la esclavitud de los negros o indígenas por “no tener alma”, como sostenía la Iglesia Católica en el pasado? Quien catalogue estas prácticas como “retrógradas” sería un progresista-marxistahegeliano. ¿O de verdad creen los conservadores —para que ellos no se consideren hegelianos, digo yo—que es posible que vuelva a eliminarse el voto femenino en pos de una moral? En fin, nunca es imposible esperar una revolución islámica acá en Chile (al menos, a EE.UU. llegó Trump), pero estas reflexiones se alejan del centro del asunto. ¿Por qué, mejor, no explicitan directamente su tirria frente a quienes aprueban el matrimonio homosexual? Quizás para cuestiones como el aborto, de imposible solución, se podrían matizar las expresiones, pero, ¿para el matrimonio igualitario? Oponerse es peor que ser cavernario.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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