Candidatos vacuos

Actualmente, abundan los candidatos para todos los gustos, hay buenos y malos candidatos en ese sentido, pero la duda es ¿Tenemos buenos políticos actualmente? Creo que no. En general, lo que hemos podido ver en los últimos días es que tenemos candidatos que caminan al filo de ser simples comediantes. Están más preocupados de las impresiones que generan en las diversas audiencias, pero no tienen interés en el sentido y fondo de lo que dicen o proponen mediante una fraseología trivial y muchas veces contradictoria.

“Ahí están los candidatos atrapa todo sin mucho fondo hablando de iluminar la política, de candidaturas conceptuales, de que no son políticos, de que no están de acuerdo con lo que piensan, pero que se vanaglorian de su alta moral, de su pureza y sus buenas intenciones. Hablando a un todo que no es nada en realidad.”

El período pre presidencial nos está mostrando con crudeza que nuestro proceso político actual se ha tornado peligrosamente carnavalesco. Muchos de los candidatos parecen más sujetos estérilmente agitados que políticos apasionados y responsables, movidos por una finalidad objetiva. El hacer camino al andar, el pretender iluminar y purificar la política con santidad o juventud, o el decir que en realidad nada se sabe con certeza y que todo se verá en el proceso, responden a esa carencia políticamente peligrosa. Y es que como decía Max Weber en su famosa conferencia Politik als Berufen dictada en la universidad de Berlín un 28 de enero de 1919, no todo se arregla con pura pasión sino con mesura y responsabilidad.

¿Dónde está la razón de tal fenómeno bufonesco? No es solo lo que algunos llaman la oleada populista sino que la lógica política impulsada en los últimos años. En Chile, lo que podemos llamar la política de la vanidad tiene su origen en la concepción miope con respecto a la actividad política que se promovió públicamente bajo la idea de evitar las ideologías, la polarización y la politiquería. Pero sus promotores olvidaron que una política despolitizada, sin convicciones y en extremo tecnificada o cosista, nunca ha sido el mejor remedio contra la polarización y la sobre politización de la sociedad civil. Al contrario, solo propicia la exacerbación del clientelismo partidario, electoral y ciudadano a manos de los cazadores de votos y cargos. No debería extrañarnos entonces que, en Chile, el tamaño de la burocracia estatal y el número de ministerios y organismos se hayan ido acrecentando paulatinamente a medida que el fenómeno clientelar se acentuaba, bajo la excusa de dar más ayuda, seguridad y protección para los desposeídos. Bajo la pomada de Más estado se camufló la estructura de empleos burocráticos estatales con que los partidos políticos pagan las lealtades de sus adeptos. Así, en ese proceso, los cazadores de cargos cooptaron los partidos convirtiéndolos, tal como advertía Max Weber en su conferencia, en órganos totalmente desprovistos de convicciones cuyos «mutables programas son redactados para cada elección sin tener en cuenta otra cosa que la posibilidad de conquistar votos». Bajo este escenario, actualmente el demagogo en su sentido tradicional vuelve a operar bajo el prisma del homo videns. Su misión es atraer adeptos con carisma, buena dicción, simpatía. Nada más. ¿Programas, propuestas? Eso se ve después. Entonces, ahí están los candidatos atrapa todo sin mucho fondo hablando de iluminar la política, de candidaturas conceptuales, de que no son políticos, de que no están de acuerdo con lo que piensan, pero que se vanaglorian de su alta moral, de su pureza y sus buenas intenciones. Hablando a un todo que no es nada en realidad.  

“La responsabilidad no es solo cumplir la ley o pretender, retóricamente al fin y al cabo, ir más allá de ella para satisfacer a la masa o la propia vanagloria personal. También se requiere algo esencial, el temple para poder decir: aquí me detengo.”

Frente a esto ¿A quién podemos considerar hoy un buen líder político actualmente en Chile? Para Weber, la política se hace con pasión, con vocación, pero no basta con eso, también se requiere responsabilidad. Ambas cosas son esenciales para hacer una buena política y ser un buen político. Y la responsabilidad no es solo cumplir la ley o pretender, retóricamente al fin y al cabo, ir más allá de ella para satisfacer a la masa o la propia vanagloria personal. También se requiere algo esencial, el temple para poder decir: aquí me detengo. Porque, tal como decía Weber en su conferencia, el político tiene que vencer diariamente a un enemigo muy trivial y demasiado humano, la falta de mesura frente a sí mismo.

.

Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


Comparte esta publicación: