Boric a la hoguera

Funas, como la que afectó al diputado Gabriel Boric días atrás, se vienen realizando desde hace años bajo el beneplácito de algunas personas, sobre todo de izquierdas. Cuando José Antonio Kast no solo fue censurado sino que agredido por una horda violenta en una universidad en Iquique, incluso autoridades universitarias justificaron el acto apelando a los eventuales discursos de odio de Kast. Es decir, los académicos justificaban métodos totalitarios en nombre de la democracia y la tolerancia.

En estos días de agitación, muchos aprovechando sus tribunas han azuzado irresponsablemente la funa como expresión de justicia bajo una pretensión muy propia de los cazadores de brujas. Así, los funados son a priori considerados culpables por estos jueces ad hoc, por lo que se ven expuestos a jurados callejeros del momento que consideran válido someter a escarnio público a cualquiera que se les ocurra. Ahí no hay debido proceso ni derecho a apelación o defensa alguna, menos resguardo de la integridad y dignidad de las personas. Por suerte, por ahora, nadie ha armado una pira para los herejes.

Bajo estos nuevos tribunales ad hoc populacheros, donde algunos se adjudican arbitrariamente la facultad de someter a humillaciones a otras personas, la justicia es reemplazada por la burda lapidación. Y el problema de fondo es que quienes cometen estos actos, como siempre ha ocurrido, lo hacen bajo la idea de que ellos son incorruptibles, que son dueños de la verdad y que el mundo está fraccionado entre buenos y malos. Probablemente piensen que tienen tal derecho porque han despertado, han salido del engaño, de la oscuridad.

No es raro que bajo esa noción más bien mítica, varios como Pamela Jiles y otros connotados miembros del Partido Comunista se hayan dedicado, en los últimos meses, a endilgar el carácter de vendidos, amarillos o traidores, a todos aquellos que no cumplen a cabalidad con sus posturas ideológicas. No están haciendo política sino religión. Ese fanatismo alimenta la misma lógica inquisitorial que está detrás de la acusación de desclasado o facho pobre que se ve en las redes sociales. Como muestra clara de este fanatismo, días atrás la diputada Karol Cariola expresó que ellos estaban del lado correcto de la Historia. La declaración abiertamente historicista de la diputada comunista no puede ser vista como algo trivial pues expresa que cree en una historia ya prefijada a la que los seres humanos solo deben someterse como borregos y los herejes deben ser castigados o convertidos. La crónica del comunismo ha sido la muestra más clara de esa fatídica pretensión, mítica y moralizante, que sin embargo se le presume científica.

“No hay nada más contrario a la democracia que presumir que se posee una verdad revelada y que por ello se está en el lado de los buenos”.

No hay nada más contrario a la democracia que presumir que se posee una verdad revelada y que por ello se está en el lado de los buenos, porque se está del lado correcto de la Historia. Bajo esa presunción arrogante, la concepción de la democracia pierde sentido totalmente, porque los adversarios, quienes discrepan, se convierten no solo en herejes, sino también en enemigos radicales. Bajo ese nuevo fanatismo, no es posible transar con los disidentes y solo queda mandarlos a la hoguera. Ahí yace lo que mueve a los que llaman a las funas y que se adjudican el rol de policía política, que vela por la pureza moral (cuestionando hasta a quienes compran regalos navideños) e ideológica (funando a diputados como Auth o Boric por lo que votan, a periodistas como Miguel Acuña por lo que supuestamente no informan, a rectores como Carlos Peña por ejercer su libertad de opinión, o a cualquier persona en cualquier forma y lugar, como ocurrió con Axel Kaiser en Suiza, donde una turba no solo no lo dejó hablar sino que le lanzaron café y basura).

El problema de todo lo anterior es que bajo este fanatismo inquisidor, todos se vuelven sospechosos de herejía, de amarillos, por poner ponderación, por opinar libremente, por no pensar como la masa. Quizás la primera lección para el diputado Boric sea que el azuzar a la muchedumbre y elevarla a categoría inmaculada no es promover la democracia, ni la tolerancia, ni la libertad, ni la igualdad y menos la fraternidad, sino un fanatismo peligroso como el de Roxana Miranda y su guillotina en Plaza Italia. Quizás Boric ya no sueña con ser Robespierre. Eso ya es un paso.

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