«Bordes» constitucionales y el ejemplo de Suiza

Ad-portas de un nuevo proceso constitucional, lo único cierto que nos entregaron los resultados del plebiscito de septiembre han sido las diversas miradas que coinciden en lo que no quieren para Chile y su nueva Constitución —un proyecto refundacional que atente contra la idea de unidad nacional y las instituciones de una democracia liberal—, pero el debate sigue abierto en torno a lo que  efectivamente queremos para nuestro marco general de reglas. No hemos llegado a acordar cómo es que vamos a amoblar la «casa de todos» (y no de algunos).

Se discuten hoy muchos aspectos, entre los cuales destacan dos puntos fundamentales: por un lado, está la próxima modalidad de la futura Convención Constitucional (CC) y cómo debiésemos diseñar su composición para que esta sea eficiente, legítima y redacte un proyecto coherente que converse con nuestra historia; por otro, los posibles «bordes» o «acuerdos de borde» que delinearían los mínimos comunes institucionales que todos deberíamos respetar: aquel acuerdo previo, normativo y general respecto a algunas cosas de base sobre las cuales la futura CC tendría que trabajar. 

Entre las propuestas de «bordes» presentadas en estas semanas por grupos políticos de izquierda (representados por Apruebo Dignidad y Socialismo Democrático), se ha mostrado un compromiso con una serie de aspectos fundamentales, tales como: Congreso bicameral, Estado unitario, independencia de poderes del Estado, y el respeto a los tratados internacionales en torno al comercio y la propiedad privada, entre otros. El Presidente de la República ha planteado además su preferencia por «una Constitución más general», que «no tiene que abordar cada una de las demandas identitarias que existen en la sociedad»; y por su parte la derecha ha compartido su «declaración pública por una Constitución sin improvisaciones».

Así las cosas, el debate en torno a «los bordes» parece aún bastante revuelto, y con muchas propuestas diversas que necesitan una dirección coherente para que podamos llegar a un acuerdo convergente que delinee el próximo proceso constitucional. 

Como propuesta de insumo al debate sobre los «bordes» y potencial referencia de ayuda para la armonización de diversas visiones hoy en discusión, proponemos atender el ejemplo de la Constitución Política de la democracia (vigente) más antigua en la historia y el actual país más desarrollado del mundo (con el más alto índice de desarrollo humano HDI 2022): Suiza.

Este pequeño país en el centro de Europa continental muestra una serie de interesantes características constitucionales. Suiza es una economía pequeña (en términos absolutos), sin grandes reservas de recursos naturales ni salidas soberanas al mar; que posee una geografía compleja que hace difícil tanto su acceso como su logística comercial, y que además ostenta un clima relativamente adverso. A pesar de estas «desventajas», se trata de una de las economías más globalizadas, abierta al comercio y competitivas de todo el mundo. Para horror de muchos compatriotas, Suiza, junto con ser el país que genera mayor desarrollo humano para sus ciudadanos, es además uno de los países más «neoliberales» del orbe por tres motivos:

(1) economía libre: Suiza está en la posición 3 del ránking de las economías más libres y competitivas económicamente en el mundo (Chile está apenas en la posición 33; cerca de Perú,  que es 37);

(2) comercio internacional: Suiza es uno de los países más abiertos al libre intercambio comercial y uno de los con más tratados comerciales firmados en el mundo [ver aquí y aquí]. Su visión del comercio libre y su compromiso con la idea de que los tratados comerciales son beneficiosos para el desarrollo probablemente causarían espanto en algunos funcionarios del actual gobierno opuestos a los TLC;

(3) propiedad privada: Suiza es uno de los países que mejor defiende y protege la propiedad privada y los derechos de propiedad en todo el mundo. Es el tercer país del ránking con las mayores protecciones legales a la propiedad privada, y número dos en el mundo en crear sistemas de protección a la propiedad. En contraste, Chile tiene una protección muy débil de la propiedad privada. Si se revisan las estadísticas y ránkings del mundo, la propiedad privada en Chile no está lo bastante protegida en comparación con países nórdicos y otros países europeos que tantos progresistas admiran.    

Resulta interesante advertir que Suiza, a pesar de ser uno de los países más capitalistas de Europa —en el sentido que impone impuestos más bajos a los ricos, consumidores y corporaciones que los países escandinavos, y favorece el libre mercado y la defensa férrea de la propiedad privada— es luego capaz de generar riqueza y bienestar a través de los mercados, y así sustentar un sistema socioeconómico que garantiza altos índices de desarrollo humano y bienestar a sus ciudadanos. El gasto público suizo asciende a sólo un tercio del producto interior brutoen comparación con la mitad en Escandinavia y más de la mitad en el resto de Europa. Suiza nos enseña, entonces, que la propiedad privada, el capitalismo, la competitividad y el florecimiento humano no son solo compatibles, sino que indivisibles [PANIAGUA 2021]. 

Volviendo ahora a los «bordes constitucionales»: ¿Qué nos dice la Constitución del país más desarrollado del mundo? Aquí podemos llevarnos también varias sorpresas. Primero, la Constitución Suiza tiene apenas 70 páginas de concisa extensión; como diría Leonardo da Vinci, «la simplicidad es la máxima sofisticación».  Segundo, el artículo 5 establece que «debe observarse el principio de subsidiariedad en la asignación y ejecución de las funciones estatales»; es decir, Suiza es explícitamente un estado subsidiario.

Tercero, el artículo 6 propone una visión de que cada individuo es responsable por desarrollar libremente sus propios planes de vida al declarar que: «todos los individuos deberán ser responsables de sí mismos y contribuirán, de acuerdo con sus capacidades, a la realización de las tareas del Estado y de la sociedad». Cuarto, la Constitución suiza hace el trabajo de explicitar condiciones fundamentales para promover una economía competitiva de libre mercado. A modo de ejemplo, en su artículo 94 plantea que «la Confederación y los cantones se atenderán al principio de libertad económica. Procurarán, en el ámbito de sus competencias, crear condiciones generales favorables para el sector privado y cualquier desviación del principio de libertad económica, y en particular las medidas destinadas a restringir la competencia, sólo se permitirán si están previstas en la Constitución Federal».

Estos «bordes» constitucionales en favor del libre mercado, el libre comercio y la iniciativa individual han conducido a que Suiza, por ejemplo, sea considerado hoy por The Economist como uno de los ejemplos mundiales en competitividad y en la creación de bienestar.



De esta manera, Suiza ha establecido una Constitución que varios grupos en Chile considerarían «neoliberal», pero que le ha permitido convertirse en uno de los países con más desarrollo económico, social y humano en el mundo. Cabe advertir que todo lo anterior no va en desmedro alguno de preocupaciones progresistas como cambio climático, seguridad social, desigualdad, salvaguardar los derechos de las minorías, etcétera; pero todos los elementos de «borde» mencionados en esta columna sí generan las condiciones económicas necesarias y de base para luego producir la explosión de prosperidad que puede sustentar derechos sociales amplios y un Estado subsidiario robusto y comprometido con mejorar la vida de las personas. Estos «bordes» constitucionales en favor del libre mercado, el libre comercio y la iniciativa individual han conducido a que Suiza, por ejemplo, sea considerado hoy por The Economist como uno de los ejemplos mundiales en competitividad y en la creación de bienestar. Como dice el semanario inglés, el éxito de Suiza se basa en «el sentido común y en los bajos impuestos corporativos». En otras palabras, el país Europeo ha logrado establecer un «contrato social» barato, subsidiario y simple, cediendo la menor libertad personal, y generando a su vez la mayor ganancia para todos. Hoy que en Chile estamos debatiendo algo tan relevante como los mínimos comunes y los «bordes» que deberían delimitar nuestra futura Constitución, si queremos generar progreso, dignidad y bienestar, deberíamos tomar nota de los «neoliberales» suizos.    

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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