Publicado el 06.06.2016

Bogart, Sinatra y La Moneda

En estos años cambiaron la gente y la Presidenta, pero quizás solo la gente se percató del distanciamiento. Por eso fue percibiendo a Bachelet con creciente frialdad y desencanto.

Cuando Frank Sinatra, en la década de los cincuenta, sintió que un diario lo hostigaba con comentarios sobre su vida personal y estaba a punto de demandarlo, Humphrey Bogart, el legendario actor estadounidense, le hizo una sugerencia: si quieres pelearte con un diario, le dijo, no lo hagas en forma directa, sino que acude a otro a contar tu versión de las cosas. Al parecer, los asesores de la Presidenta Michelle Bachelet no estaban al tanto del simple y sabio consejo de Bogart.

 

Existe ya amplia coincidencia en el país (y tal vez comienza a haberla también en el exterior) de que la Mandataria incurrió en un error político al querellarse contra los periodistas de Qué Pasa, que arriesgan una pena de tres años de cárcel y una multa de alrededor de siete millones de pesos. Tampoco reaccionó adecuadamente al tomar la iniciativa como ciudadana (no como Presidenta) de fijar, sin embargo, domicilio en La Moneda, emplear al portavoz para anunciarlo y difundir que su abogado trabajará sin solicitar honorarios a cambio. (¿De veras un servicio gratuito?, se preguntan algunos con suspicacia en esta era escéptica.)

 

Sería injusto, sin embargo, atribuir este faux pas a una intolerancia a la crítica que en el oficialismo sería exclusiva de Bachelet. Hablamos de una decisión que puede hacerla caer en las encuestas bajo el 20% de aprobación, cuando recién ingresó a la segunda etapa del mandato. En rigor, este tipo de reacción presurosa y desmesurada tiene un antecedente en 2015: las declaraciones de los senadores Isabel Allende y Jorge Pizarro, y del diputado Osvaldo Andrade, que incluyeron los términos “sedición” y/o “sedicioso” para condenar comentarios del diputado José Antonio Kast sobre la salud de la Presidenta, basados en rumores. Entonces, en medio de la fiebre retroexcavadora, la liviandad en el uso de los términos alarmó a la oposición.

 

En etapas de declive económico, desprestigio de políticos, debilitamiento de la amistad cívica, inseguridad y movilizaciones sociales, los mandatarios de la región suelen considerar que la prensa es el primer responsable de las desventuras de sus administraciones. Es lo que ocurrió ahora con Bachelet. Entendible: su liderazgo “blando” surgió gracias a la identificación emocional que suscitó como persona cercana, empática, protectora y comprensiva. Su popularidad parecía blindada e imbatible. Una vez perdida, recobrar esa seducción resulta sin embargo más complejo que reflotar un liderazgo basado en expertise , trayectoria o asertividad. Para recuperar terreno, el liderazgo emocional no recurre a más de lo mismo sino a armas ajenas a su sello: medidas drásticas, que fácilmente terminan oliendo a autoritarias.

 

Pero lo que hoy en el fondo agobia a La Moneda es la pérdida de sintonía de la Presidenta con el alma popular. ¿Cuándo perdió Bachelet esa atracción que la condujo dos veces al poder? Muchos estiman que fue cuando Qué Pasa reveló el escándalo Caval, en el que aparecen involucrados su nuera e hijo. Pero emerge una pregunta más importante, de resonancias parecidas, aunque diferente: ¿Cuándo perdió la Presidenta la comunicación con los chilenos? Es un proceso anterior, largo. Al parecer, los cuatro años del primer mandato, los tres en Nueva York y los dos del actual gobierno la despojaron de la facultad para sintonizar con la gente. Si ejercer la Presidencia encierra el riesgo de aislar a quien la ejerce, casi un decenio de política cupular (como suele serlo una Presidencia o un alto cargo en Naciones Unidas) ahonda la brecha con la gente. Hablamos, a final de cuentas, del riesgo que acecha a todo político.

 

A esa creciente distancia con la earth station , y no al caso Caval, se debe la incapacidad de Bachelet para volver hoy a despertar los sentimientos que crearon y fundamentaron su desaparecida convocatoria y liderazgo. Si en un comienzo estableció una relación tete a tete con la población, lo que en 2006 le permitió llegar a La Moneda, en 2013 fue en verdad solo la reminiscencia popular de la genuina sintonía original (además de la crisis de la centroderecha) la que le facilitó el regreso a Palacio.

 

Lo cierto es que en estos años cambiaron la gente y la Presidenta, pero quizás solo la gente se percató del distanciamiento. Por eso fue percibiendo a Bachelet con creciente frialdad y desencanto, y hoy con escrutinio severo. En consecuencia, una recuperación del apoyo popular de la Presidenta no pasa solo por mejorar la gestión gubernamental, sino también por aparecer dispuesta a abordar los temas que elude ante la prensa y la ciudadanía, a reconocer los errores de diagnóstico del país y a propugnar esfuerzos de mínima unidad para enfrentar como país los álgidos retos que enfrentamos. Solo después podrá aspirar Bachelet a recuperar la relación que una vez tuvo con los chilenos. Primero debe mejorar la performance gubernamental en su conjunto.

 

Como le comentó una vez Humphrey Bogart a su amigo Frank Sinatra: “Todo lo que se le debe al público es una buena actuación”.

 

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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