Publicado el 27.07.2020

Avívense cabros, no sean “Jiles”

El liberalismo es un conjunto de ideas más bien descriptivo que, como tal, busca respetar la naturaleza humana y explicar cómo se comporta el hombre en libertad y cómo funciona la sociedad entregada a un intercambio espontáneo de bienes y servicios entre personas libres. Ahí donde detecta defectos o injusticias, introduce reglas tratando que la interferencia con la libertad personal sea la menor posible.

El socialismo, por el contrario, es un sistema prescriptivo. No parte de la naturaleza humana y su comportamiento libre y espontáneo, sino que busca mejorar a las personas y a la sociedad a través de reglas que planifican y diseñan su forma de comportamiento individual y de organización social. Es por eso que el socialismo habla de formar un hombre nuevo, porque el que existe no le gusta.

El liberalismo, como es natural, privilegia la libertad y genera razonables niveles de igualdad; el socialismo, en cambio, privilegia la igualdad por sobre la libertad y termina con un éxito más bien moderado en ambas. Todos los demócratas participamos en mayor o menor medida de estas líneas de pensamiento. Ambas tienen sus fanáticos que tratamos de evitar: por el lado del liberalismo, los anarquistas y los libertarios, y por el lado del socialismo, los fascistas y los comunistas.

En Chile lo tuvimos y las mejores pensiones se las llevaron los políticos, los militares y los sindicatos. Las personas de a pie, que no se organizaron en patota, agarraron las migajas.

Si uno fuera un liberal utópico, tendría una visión ideal del ser humano responsable consigo mismo y con las futuras generaciones. No apoyaría ningún sistema de seguridad social porque pensaría que es responsabilidad de cada uno hacerse cargo de su vejez, y obligar a una persona a ahorrar durante su juventud viola su libertad personal. Por el contrario, si usted es un socialista extremo, les diría a las personas que no deben preocuparse de su vejez, ni que tampoco deben alienarse trabajando por dinero, porque el Estado se preocupará de sus necesidades desde la cuna a la tumba.

Afortunadamente, la mayoría de las personas son de centro. Por eso los países han creado sistemas obligatorios de pensiones que se hacen cargo de las personas que son cortoplacistas. La mayoría de los sistemas de reparto (mal llamados solidarios) han ido mutando hacia sistemas más modernos (de capitalización individual), porque los sistemas de reparto consisten en que todos aportan a un fondo común que funciona bien mientras hay hartos aportando y pocos retirando, y quiebra cuando muchos retiran y pocos aportan. El defecto es el que se genera siempre que existe propiedad común sobre un bien escaso y apetecido: se produce una carrera por consumirlo más y rápido (como las papas fritas en el aperitivo familiar). Es lo que la economía denomina la ‘tragedia de los comunes’. En esa guerra por depredar el fondo común ganan los poderosos. En Chile lo tuvimos y las mejores pensiones se las llevaron los políticos, los militares y los sindicatos. Las personas de a pie, que no se organizaron en patota, agarraron las migajas.

Así nació nuestro sistema previsional, no para destruir un buen sistema, sino para cambiar uno malo. Este sistema combina la seguridad jurídica del derecho de propiedad liberal sobre los ahorros con las ventajas de la administración e inversión colaborativa que promueve el socialismo. También tiene bajos costos de administración y altas rentabilidades (si le dicen otra cosa le están mintiendo). A eso se agregó eliminar a la política de la administración, porque lo hizo mal, y profesionalizarla en manos de las AFP. Los aportes a la seguridad social nunca han sido populares, por eso son obligatorios. Las pensiones generosas, en cambio, sí son populares si las financian los demás, pero duran poco y benefician a pocos.

Así que ¡avívense, cabros! La capa roja es de mago: y el truco consiste en mostrarles las lucas y después hacerlas desaparecer. No acepten cambiar sus ahorros por un cheque a fecha ‘digno, generoso y solidario’. Porque cuando vayan a cobrarlo, ustedes van a estar pobres, el banco va a estar quebrado y ellos no van a estar para dar la cara.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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