Apruebo, luego existo

Las redes sociales hicieron prácticamente desaparecer la intimidad, incluso en política. Un amigo, alejado del mundo de las ideas y más cercano a la técnica, me decía que no entendía por qué ahora andaban todos vanagloriándose de su voto. Desde cuándo, decía, la gente anda diciendo a cuatro vientos cómo vota. Y menos para irradiar su identidad o, peor, su bondad. A mí me recuerda la edad en que las poleras decían quiénes éramos: Pink Floyd, el Che, NOFX o Gondwana, se suponía, decían algo. La adolescencia siempre ha marcado a las personas, pero convertirse en adolescente de un día para otro es algo más novedoso. ¿Se extremó la dimensión estética de la política?

En Estados Unidos, quienes en 1968 (Vietnam, derechos civiles, asesinatos políticos, París, Primavera de Praga) tenían entre 14 y 24 años —ventana de mayor «impresionabilidad»— votan hoy, ya viejos, mayoritariamente a candidatos demócratas. En Chile, aunque el movimiento es menos nítido, me imagino a nuestros jóvenes en unos años más. Quizás sea el caso que incluso esta reversión adolescente expanda la «impresionabilidad» a un mayor rango de edad.

Más que marcar una identidad, este movimiento ha generado una excesiva demostración de un supuesto virtuosismo.

Independiente del sacudón de consciencia que estarían viviendo algunos chilenos —adultos—, más que marcar una identidad, este movimiento ha generado una excesiva demostración de un supuesto virtuosismo. No es Bachelet versus Piñera, o parrianos versus nerudianos. Es bondad versus maldad. Yo soy bueno, formo un partido de gente pura, y el resto son los malos, los políticos y los empresarios. Yo soy bueno, voto apruebo, y el resto son malvados, los que van por el rechazo. Esta opinión pública, cargada de moralina, está imponiéndose y reforzando así el efecto que los gringos llaman virtue signaling: gente opinando o tomando opciones para mostrar una supuesta bondad, en vez de detenerse y pensar genuinamente. Una pose seudoética por presión social. El problema de esto es más viejo que el hilo negro: la realidad humana se ve en los actos antes que en las palabras. ¿O ya nos olvidamos de los curas? Por más que uno hable de su bondad a través de palabras, símbolos o afiliaciones-seudobuenas, nada de eso demuestra que lo seamos. Es más, los experimentos psicosociales demuestran todo lo contrario. Jonathan Haidt es categórico en afirmar que existe numerosa evidencia para decir que «somos bastante acertados describiendo cómo es el resto, pero completamente sesgados cuando nos describimos a nosotros mismos». Peor aún es lo que han revelado los estudios de Daniel Batson sobre altruismo: por más que las personas digan cuán buenas o cuán preocupadas por los demás son, a la hora de los quiubos demuestran todo lo contrario. Por eso unos filósofos dijeron que «esas historias no son más que eso: historias». Deprimente, pero así es la realidad.

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