Aprendiendo a porrazos

Quién iba a pensar que después de un toque de queda íbamos a tener que encerrarnos por un virus que nos amenazaba de muerte. Por más novelas o películas, nadie se imaginaba vivir algo así. Era un miedo del pasado, de imágenes del Bosco o Goya.

Ya veo a los conservadores con su cuento: este caos ‘le está explotando en la cara’ a quienes creían en el progreso indefinido (literalmente nadie), o a quienes insisten en creer en la vanidosa idea de dominar la naturaleza, esa vanidad de construir edificios, usar aplicaciones o descubrir vacunas contra la viruela. Qué lata. Otros dirán, obviamente, que el coronavirus es culpa del neoliberalismo —el mismo que mató a un tercio de la población europea en el siglo XIV—, o que hay que seguir el ejemplo a los países nórdicos —donde hay miles de casos y muertos—. En todo caso la globalización sí ayuda a la pandemia y a sus rápidos efectos económicos. Quizás mejor ser pobres como en el medioevo.

China lo manejó como sabe: en secreto. Si hubiese habido la información característica de una democracia liberal, y sin las confusas muertes de doctores relacionados, algo se pudo haber evitado.

La aparición de este virus, generado, al parecer, por las costumbres orientales de comerse literalmente todo lo que se mueve —hace quince años vagué más de un mes por la ruta de Marco Polo y lo vi en carne propia—, China lo manejó como sabe: en secreto. Si hubiese habido la información característica de una democracia liberal, y sin las confusas muertes de doctores relacionados, algo se pudo haber evitado. A Vargas Llosa, por decir esto, le censuraron la venta de todos sus libros. Es raro el silencio del embajador chino acá. Se le echa de menos, era tan activo hace unos meses.

Este virus hizo brotar nuestro instinto más animal de buscar a un líder fuerte y protector; alguien a quien creerle a ciegas. Tanto en Chile como el mundo la gente ha pedido acción. Solo así sobrevive la tribu. Es el instinto que ha hecho ascender a los Trump y Orbán. Piñera, al menos debería actuar. Sin embargo, este caos, además de acelerar la modernización de la economía y la destrucción de las empresas ineficientes y ‘falsas’, también nos debería hacer meditar. Pasado octubre, el libro más vendido fue la Constitución porque nadie sabía —ni sabe lo que era. Quizás ahora Darwin pase a los primeros lugares, ojalá. Estos encierros en soledad hacen relevar la importancia de los colegios (o los tablet), se pone a prueba la vida interior y familiar (o los tablet) y nos enfrentan, de golpe, con esa idea de la muerte. Conversar con la muerte nos hace cambiar las prioridades. El 27 de febrero del 2010 fuimos varios los que nos quedamos pegados mirando un mar calmo y extraño. Ninguno de nosotros haría hoy algo igual. Quizás este caos mundial no sea suficiente y tenga que surgir desgraciadamente un Orbán para que lleguemos a pensar si era en realidad tan malo el país donde vivíamos, si en realidad Piñera era como Pinochet, o si habríamos enfrentado mejor esta pandemia ‘hace 30 años’.

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