Antonia Russi, psicóloga clínica: “El feminismo es muy burgués”

Psicóloga clínica, estudiante de Historia, investigadora de la Fundación para el Progreso (FPP), Antonia Russi, es a sus 25 años una de las promesas intelectuales del mundo liberal chileno y quiere participar de la discusión pública reflexionando desde la psicología y el análisis sociológico. Hija de un abogado que traía a la mesa la discusión política e histórica, dice que su padre le inculcó el valor de la disciplina, y que su madre le enseñó la importancia filosófica de la estética. Admiradora de la activista neerlandesa, Ayaan Hirsi Ali (feminista y atea) y del historiador español Jaume Aurell, cree en la función social de la memoria. “Estudiar historia es un ejercicio terapéutico porque te permite ir revisando las cosas positivas y negativas, integrándolas. No se debe borrar la historia, que es el espíritu refundacional de estos tiempos, sino ir recordando, sanando, e ir avanzando en el tiempo con un fundamento en la tradición”.

—Hace poco escribiste una columna en donde decías que el Gobierno ha sido incapaz de controlar la inmigración irregular en el norte. ¿La laxitud del Ejecutivo en esta materia, en nombre de la corrección política, pueden provocarle un daño al país?

—Todos estos temas de seguridad pública están siendo politizados desde una trinchera política. Si alguien dice que se le debería poner atención a la inmigración irregular se lo tacha de xenófobo. Yo creo que la inmigración es positiva porque le proporciona diversidad y creatividad a un país, pero la inmigración irregular es perjudicial para las comunidades y para la vida de los propios inmigrantes. Entonces este Gobierno habla en nombre de los derechos humanos, pero es la inmigración irregular la que perjudica esos derechos. El año pasado los servicios de salud en Colchane estaban colapsados, porque ni siquiera hemos logrado integrar a los inmigrantes regulares. Estamos hablando de un problema multifocal: es un tema de seguridad, de salud, y de insumos. Al final, todos los temas están siendo ideologizados, como si fuera una pelea entre dos bandos.

Hablando de polarización. El senador (DC) Matías Walker escribió que pese a las funas y los intentos de cancelación iba a votar Rechazo. Se supone que vivimos en la era de la diversidad. Sin embargo, se intenta cancelar a quien piensa diferente. ¿Qué opinas?

—Yo creo que una persona pública como Walker se puede defender, pero el problema es que esto ha llegado demasiado lejos. Con esas acciones se descalifica a la persona y si yo hago eso invalido sus argumentos. Entonces ni siquiera pienso en lo que él me está diciendo. Es una actitud cómoda porque así no tengo que escuchar las opiniones del otro. La corrección política es peligrosa porque ha establecido sus raíces no solo en la política pública, sino que también en las universidades que, se supone, son espacios de pensamiento crítico. Y también está el tema del lenguaje. En nombre de la corrección política se quieren suprimir cierto tipo de palabras, prohibiendo distintos tipos de pensamiento. En psicología siempre se dice que el lenguaje es el vehículo del pensamiento. Y modificar el lenguaje es propio de los totalitarismos.

¿Qué ejemplos del control del lenguaje has visto en la política chilena?

—Uno de los aspectos ha sido el lenguaje respecto a la plurinacionalidad, la interculturalidad y la multiculturalidad. En un principio son palabras, conceptos, que buscan integrar. Parecieran ser positivos, pero cuando uno estudia esos términos te das cuenta que no tienen mucho que ver ni con la integración ni la diversidad. Ese lenguaje tiene que ver con determinar a ciertos grupos y separarlos de otros. El peligro está en que estos se consagran como grupos de poder. Y eso es lo que hemos visto en la Convención: nuevos grupos de poder que se posicionan como quienes van a redimir a la ciudadanía de elites tradicionales y opresoras.

¿Estos nuevos grupos apelan a la victimización como estrategia política?

 —Hay una tendencia a la infantilización en estos nuevos grupos. Porque si una persona argumenta a partir de la emocionalidad, te invalida. Elude el diálogo racional. Y ahí se empieza a perder la discusión. Y eso está ligado a la victimización y a las reparaciones. La psicología de la victimización en inglés se denomina victimhood, y habla de quienes no han sido víctimas de nada, pero tienen una actitud de víctima. Y eso ha entrado mucho en la política. Decir: “soy indígena y usted me debe reparaciones territoriales”. Pero no porque me quitaron mi casa, sino porque creo que hace cuatro generaciones me quitaron un territorio que me corresponde. Si empiezo una discusión desde esos argumentos, desde cómo yo me siento y por qué la sociedad me debe cosas, inhabilito el debate. ¿Por qué? Porque eso le da categoría de opresor, al contrario. Es decir, se establecen categorías distintas entre los ciudadanos.

Has dicho que tu generación se denomina solidaria y social, pero en redes sociales se conecta a través de la emoción para funar a personas que piensan distinto.

—Es la espontaneidad y el anonimato propio de las redes sociales. Ahí se advierte un vínculo entre el victimismo y el narcisismo. Siempre es el otro el que me debe algo a mí. Y no soy yo quien puedo hacerme responsable de las cosas que quiero cambiar. Las nuevas generaciones dicen ser muy sociales y ambientalistas, pero creo que eso es una proyección de aspectos que ellos no han logrado conquistar por sí mismos.

“El feminismo es muy burgués. Pareciera que la discusión del feminismo es elitista porque no se está enfocando en los problemas de las mujeres en el día a día: lo que significa la lactancia, ir a buscar a los niños al colegio, quien los cuida. La mirada se desvía y los diagnósticos son muy malos en relación a los problemas reales que tienen las mujeres.”

 —¿Qué quieres decir?

—Es una generación que mira muy poco hacia dentro. Porque somos una generación que externaliza todo lo que le ocurre. Y eso hace que exista poca reflexión y seamos reactivos y espontáneos. Tenemos personalidades virtuales en las redes sociales que nos impiden desarrollar el pensamiento crítico y hacernos responsable de las cosas que nos afectan. Hay una lógica de querer cambiarlo todo, pero hay una ausencia de reflexión sobre qué voy a hacer para provocar ese cambio. Y eso me molesta. Por ejemplo, esas conductas las vimos cuando las personas subieron el cuadro en negro en Instagram por el Black Lives Matters. Lo mismo pasa con las causas ambientalistas. Si no externalizan lo que les pasa, sienten que son malas personas.

¿Qué opinas sobre la relación de este Gobierno con las redes sociales?

—Es una generación seducida por la inmediatez de las redes sociales. Eso obliga a dar respuestas rápidas, cortas y atractivas, pero que no necesariamente se asocian a contenido, reflexividad y seriedad intelectual. Su resultado han sido las constantes restricciones a palabras y dichos o, como a veces se caricaturiza, las volteretas. Es distinto ser revolucionario, oposición o candidato a ser gobernante. El gobernar exige sentido de realidad y eficacia, no solamente discursos. “Que la mujer sea dueña de sí misma, de forma adulta, y no como víctima”

¿Qué te parecieron los dichos de Giorgio Jackson sobre la superioridad moral de su generación?

 —Dice mucho de nuestra generación. Tanto por la idea de una victimización, vinculada a una cultura bastante adherida al narcisismo, como de una actitud mesiánica. Es como si la rueda la hubiéramos inventado nosotros, y fuera este Gobierno el que por fin solucionará todos nuestros problemas. Eso habla de una cultura que desprecia el pasado, y por ello desprecia los aprendizajes y la riqueza que puede ofrecernos la historia y nuestra tradición. También creo que habla de cierta ignorancia o quizás vacío de contenido, valores o principios sólidos que los guíen; porque pareciera que son ellos quienes vienen a establecerlos.

¿Cuál es tu relación con el feminismo actual?

—Yo he querido ser parte del movimiento e ir a las marchas del 8M, pero cuando veo los principios que motivan esas protestas no me permiten ir. Me genera inconsistencia. No va conmigo. Soy crítica del feminismo actual.

¿Qué corriente del feminismo te representa?

—La que estaba inspirada en ideas liberales y perseguía las libertades individuales y la igualdad ante la ley. Era un feminismo que buscaba la igualdad, pero que se correspondía a una responsabilidad individual. Y eso es lo que hoy no ocurre. El feminismo actual está ideologizado y muchas mujeres sienten que este tipo de feminismo no las representa. Y cuando tú dices eso, el argumento del otro lado es: “agradece que puedes votar”. Es decir, te cobra la cuenta. Como si uno fuera una persona malagradecida por no ir a la marcha del 8M o ser crítica. El feminismo que me representa perseguía poder elegir la propia vida y hacerse responsable de las elecciones que uno toma, tanto civil como políticamente. Y eso es lo que hoy no se está permitiendo.

 —Las feministas hablan poco de la maternidad y el trabajo. Se concentran principalmente en el aborto, pero muchas veces no consideran soluciones reales para compatibilizar el cuidado de los niños y el trabajo. También se habla de la brecha de sueldos, pero no estrategias concretas de cómo resolver problemas que se dan en ese ámbito. ¿Qué opinas tú de aquello?

—En vez de que los grupos empresariales o políticos busquen a mujeres para ponerlas en esos puestos, podrían partir dando incentivos laborales, facilitando el hecho de que una mujer sea madre y trabajadora. Es cierto que ser mujer no quiere decir que una quiera ser madre. Pero hay que admitir que hay una tendencia mayoritaria de mujeres que quieren trabajar y ser madres. Entonces, si queremos tener más mujeres que estén aptas para esos cargos, comencemos por dar incentivos como la flexibilidad en horas laborales o la opción de trabajar online. Y eso no significa reservarle puestos o darles privilegios.

¿Crees que el feminismo es una elite?

—Sí, el feminismo es muy burgués. Pareciera que la discusión del feminismo es elitista porque no se está enfocando en los problemas de las mujeres en el día a día: lo que significa la lactancia, ir a buscar a los niños al colegio, quien los cuida. La mirada se desvía y los diagnósticos son muy malos en relación a los problemas reales que tienen las mujeres.

¿Qué mujeres han sido referencias intelectuales para ti?

—Me gusta la postura de Ayaan Hirsi Ali. Ella se autodefine como feminista, pero es crítica del feminismo actual. Tiene una historia trágica, pero no se victimiza. Ha trabajado por remediar su vida y rearmarse frente a las dificultades que le han tocado. Es el ejemplo que debería perseguir el feminismo: que la mujer sea dueña de sí misma, de forma adulta, y no como víctima. Yo estoy en contra de la narrativa del feminismo actual. Esa narrativa que dice que existe un culpable: el hombre, el que debería pagar por todas las cosas que nosotras no logramos hacer o que nos pasan de forma negativa. Yo pienso que ese argumento nos impide ser ciudadanas libres.

A partir del estallido: ¿crees que la política chilena ha reemplazado el sentido histórico por el sentido heroico?

—Yo creo que, en parte, sí. El octubrismo fue rupturista y destructivo en lo concreto. Se vio ese espíritu de querer borrar todo lo que estaba antes y eso me parece peligroso. También se vio expresado en los ánimos de la Convención. Hubo un desprecio por nuestra cultura con la quema de museos y símbolos que eran reflejo de nuestra identidad. Y eso me entristece. Somos herederos del encuentro entre distintas culturas. Me duele ver el patrimonio cultural quemado. ¿Cuál es la importancia de que un edificio o un monumento esté en un determinado lugar? ¿Qué nos está diciendo? Lamentablemente eso se ha dejado de enseñar. Mi generación no sabe cuál es el significado de una figura como Manuel Baquedano, ni por qué estaba ahí o cuál es la importancia de la Guerra del Pacífico. En el mejor de los casos esos personajes y procesos se analizan sin contexto histórico. Este desprecio por la historia ha hecho que nos separemos como sociedad.

Entrevista cortesía de La Segunda

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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