Antes el Trauco, ahora cualquier cosa

Yo nunca he conseguido ser creyente, pero las veces que lo he intentado es cuando más infeliz estaba, dijo Jonathan Franzen hace unos días. Frente a la frustración, se busca consuelo en la mitología. De hecho, antiguamente, cuando los choroyes bajaban desde la cordillera y arrasaban con las siembras era indicio de que en algo malo andábamos, era un castigo divino. En Boston, un cura famoso dijo que los temblores eran reprimendas por inventar el pararrayos: cómo se atrevían a desafiar la voluntad de Dios, decía. ¿Dirán algo por las vacunas?

Aburrido o desesperado, el ser humano es capaz de creer en las cosas más insólitas. Por algo el éxito del Semanario de lo Insólito y por algo la abundancia de mitos explicando el problema de las pensiones: las AFP se roban las platas; los fondos no son de los chilenos; la culpa es de la AFP; hay unas comisiones fantasmas. Son mitos con profetas propios: Atria, Riesco o Mesina. El francés Raymond Aron decía que las mitologías eran una simple “rebelión contra los hechos”. Dado que los hechos molestaban, había que cambiarlos estableciendo una verdad oficial. Con leyes de negacionismo, por ejemplo, u hoy, más sutilmente, cambiando el significado de las palabras: donar es lo que antiguamente era “ahorrar en mi cuenta corriente” y los presos políticos eran los antiguos “delincuentes”. Y así. Estas prácticas proliferan en épocas confusas.

Dado que los hechos molestaban, había que cambiarlos estableciendo una verdad oficial. Con leyes de negacionismo, por ejemplo, u hoy, más sutilmente, cambiando el significado de las palabras: donar es lo que antiguamente era “ahorrar en mi cuenta corriente” y los presos políticos eran los antiguos “delincuentes”.

En un mundo secular y en deterioro como el de hoy, las mitologías terrenales serán cada día más abundantes, dijo el mismo Franzen. El senador Latorre del Frente Amplio, por ejemplo, dijo, cual vanguardista, que había que revisar todos los TLC por la maldad del cosmopolitimo. Otra mitología, y trumpiana. Pero, además, es como si hubiese dicho magnánimamente: “¡Yo, como senador, les prometo que participaré de la creación de leyes en el Congreso!”. “Es falso que los tratados no se evalúan… es una tarea permanente”, tuvo que decirle Paz Zárate, en la cara. Después Latorre salió explicándose en una vaga columna con Diego Pardow, coordinador del programa de Boric y el mismo que nos tuvo toda la pandemia con firmes y mesiánicas directrices —y erradas— sobre qué hacer con un virus que todavía nadie sabe cómo tratar. Y eso que es abogado. Por suerte no era científico. Es el síndrome de nuestros tiempos: no saber lo que no se sabe. Por eso es que Boric se lanza ofreciendo 400 mil millones de dólares para aumentar el caudal de agua de nuestros ríos —el PIB de Chile al año es de 300—. Por eso las mitologías, y por eso los cuentos sin números ni estadísticas de Jose Miguel Ahumada, cerebro económico de Boric y coautor de Alberto Mayol, otro con creencias especiales, como que el lorem ipsum, esos textos en latín que aparecen en diarios por errores de diagramación, son mensajes secretos para inversionistas. Antes el Trauco, ahora cualquier cosa.

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