América Latina: la democracia en peligro

Hemos vivido en una época excepcional en la historia latinoamericana: nunca la democracia había predominado en tantos países ni por un tiempo tan largo como durante estos últimos 35 años. En 1975 apenas cuatro de las 20 naciones latinoamericanas podían catalogarse como democracias: Colombia, Venezuela, Costa Rica y República Dominicana. Hoy, por el contrario, lo hace la gran mayoría de ellas, con Cuba como notable excepción y países como Venezuela y Haití en una zona gris entre la tiranía y la anarquía. Los golpes de Estado se han convertido en fenómenos inusuales, lo que no deja de ser sorprendente en una región que desde su independencia experimentó más de 360 golpes exitosos y un sinfín de intentonas fracasadas. Esta evolución de signo positivo ha provocado un cambio mayor en el escenario político latinoamericano que, junto con otros factores, puede terminar destruyendo las conquistas democráticas recientes.
 
Los principales conflictos políticos se han desplazado de una lucha entre democracia y dictadura (ya sea de derecha o de izquierda) a una lucha dentro de la democracia, entre dos concepciones radicalmente distintas de la misma. Una, de raigambre liberal, basada en la libertad individual y la limitación del poder, y otra, de corte personalista y autoritario, basada en la subordinación del individuo a un poder político que tiende a crecer ilimitadamente y que se encarna en la figura del caudillo gobernante.
 
Esta concepción autoritaria de la democracia tiene una larga historia en América Latina. Su arquetipo no es otro que el régimen implantado en Argentina por Juan Perón el año 1946. Este discípulo de Mussolini se transformó, a su vez, en la gran fuente de inspiración de quien lo superaría con creces en el arte de desquiciar una sociedad valiéndose de sus victorias electorales: Hugo Chávez. Con él, y gracias a la inmensa riqueza petrolera de Venezuela, la concepción anti liberal de la democracia se transforma en un modelo que muchos otros tratarán de imitar en la región. Hoy, la idea de la democracia refundacional y plebiscitaria encuentra ecos incluso en países como Chile, que parecían inmunes a este tipo de ideas.
 
Al mismo tiempo, el golpismo tradicional o cambio refundacional mediante el uso de la fuerza ha sido reemplazado por una especie de ‘golpismo democrático’ consistente en la creación de nuevas constituciones mediante asambleas constituyentes y plebiscitos que permiten concentrar el poder y arrasar a las minorías. Ello tampoco es nuevo en América Latina, donde, desde inicios del siglo XIX, se han dictado más de 250 cartas constitucionales, lo que contrasta con Estados Unidos y su única Constitución, pero también con Europa Occidental, cuyo promedio es de poco más de tres constituciones por país desde 1789 en adelante, mientras que en América Latina se llega a unas trece cartas constitucionales por país.
 
Esta tendencia refundacional y autoritaria es uno de los aspectos que explica la fragilidad de las democracias latinoamericanas, al que debemos sumarle la debilidad institucional que ha sido característica de la región. Tenemos por cierto excepciones, como Uruguay, Chile y Costa Rica, pero, en general, han sido la corrupción, las mafias y el poder personal de los caudillos lo que ha caracterizado nuestro desarrollo institucional. Se puede decir, generalizando, que el Estado latinoamericano nunca ha dejado de pertenecer a ese tipo de Estado que Max Weber denominó ‘Estado patrimonial’ y que Octavio Paz, de manera mucho más sugestiva, llamó ‘ogro filantrópico’, definiéndolo como un régimen donde los gobernantes ‘consideran el Estado como su patrimonio personal’.
 
Chavez populista
Los índices internacionales disponibles muestran con contundencia la deplorable situación de la región en términos institucionales. Como ejemplo baste citar el Informe Global de Competitividad 2015-2016 del Foro Económico Mundial, que mide la calidad institucional de 140 países. Pues bien, según esa fuente más de dos tercios de los países latinoamericanos se ubican entre los 40 países con peor calidad institucional, e incluso cuatro se encuentran entre los diez países peor clasificados, incluyendo a Argentina, en el lugar 135, y Venezuela, que ocupa el último lugar. Solo Uruguay, Chile y Costa Rica se ubican en los 50 países que encabezan la lista, aunque ninguno de ellos supera el lugar 30.
 
En suma, salvo excepciones, las instituciones latinoamericanas no han sido de carácter impersonal, profesional y probo, sino propiedad de caudillos y patrones que las han usado para su provecho y el de sus amigos y subordinados. Por ello es que nuestras democracias tienden, de manera natural, a acercarse a aquel tipo que Max Weber definió como Führerdemokratie o ‘democracia de caudillo’, especialmente bajo la forma de ‘democracia plebiscitaria de caudillo’, donde un líder carismático compra el favor y fervor popular distribuyendo pan y circo.
 
Si a este panorama le sumamos la tradicional colusión entre poder político y económico, el creciente desprestigio del conjunto de las élites dirigentes, la presencia devastadora del narcotráfico, las dificultades económicas relacionadas con la caída de los precios de muchas exportaciones y el incremento consecuente de la pobreza (que aumenta con 11 millones de personas entre 2013 y 2015, según el último informe de la Cepal), tenemos un conjunto de factores que hacen realmente preocupante el futuro de la democracia en nuestra región.
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Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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