Albatros, piuquenes y símbolos

Semana de símbolos. El Presidente nos recordó que aún no se da cuenta de que es el presidente de un país. Un concejal en skate —paladín del pontificado urbano y el almacén de barrio caro— nos recordó la todavía presente adolescencia de los frenteamplistas: predicar y no practicar. La izquierda, con su carta al ministro de Salud, demostró que simplemente no aguanta ser oposición. Le supera, le enerva —y que no inventen que es por el caos sanitario, el 17 de octubre del 2019 pasaba harto menos—. Un sabio dijo hace años que «los hombres están calificados para la libertad civil en la proporción exacta a su disposición para colocar ataduras morales a sus propios apetitos». Deprimente. Mejor hablar otros símbolos: el viernes pasado fue el primer día internacional de los albatros y Chile lo presidió.

“Sería bueno capear este virus invernal como lo hace el albatros, fuera de la capital, por algunos años, vagando por el mar”

Los albatros vuelan miles de kilómetros a ras del agua, sin aletear una sola vez. Inmóviles, aprovechan vientos y temporales para planear, capear olas y cruzar océanos enteros, dejando atrás naufragios y marineros desesperados. Pasan años en altamar sin tocar tierra. En días calmos se sientan en el agua, tranquilos, al son del oleaje, en la mitad del mar, pero descansan más al planear. Son así, ermitaños y libres. El albatros de Steller había sido dado por extinto. Se le cazó mucho por sus plumas ornamentales, lo que hizo reducir su población a unas islas japonesas rodeadas de bombardeos durante la Segunda Guerra. Sin embargo, luego de unos años, aparecieron unos ejemplares que andaban errabundos por el Pacífico. Ni se habían percatado de las bombas y disparos. Volvían para ejecutar sus artes amatorias. Son, además, longevos. El pájaro más viejo del mundo es un albatros de Laysan, se llama Wisdom, tiene 69 años y sobrevivió incluso al biólogo que lo nombró. Fue madre recién, y dicen que ya ha volado casi cinco millones de kilómetros. Otro albatros, el Errante, es el pájaro más grande del planeta y, junto con el de Chatman, el real y otros más, nos conecta con el país de moda: Nueva Zelandia.

El albatros es un pájaro evocativo. Nuestro Cabo de Hornos está coronado con una emocionante escultura suya —del porteño José Balcells—, varios poetas le cantaron, y por algo el ornitólogo-viajero Robert Cushman, en 1912, le escribía a su recién casada: «Pertenezco ahora a una clase superior de mortales, he visto el albatros». Sería bueno capear este virus invernal como lo hace el albatros, fuera de la capital, por algunos años, vagando por el mar. Al revés, eso sí, de lo que hacen los pocos gansos salvajes que van quedando en el valle central, los piuquenes, que bajan todos los inviernos desde la cordillera al humedal de Batuco, recientemente alistado para ser declarado Santuario de la Naturaleza. Se salvará así uno de los pocos humedales que se libraron del hambre urbano de Santiago. Al menos algo para celebrar.

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