¡Adiós a la clase media!

La Nueva Mayoría, en su afán por transformar Chile, supo desde un principio que “el modelo neoliberal” —como con poco cariño lo suelen llamar— antes de salir de las instituciones debía ser arrancado del alma de los chilenos. Tarea titánica, toda vez que una gran cantidad de ellos, por medio de muchos sacrificios, habían alcanzado niveles de vida muy superiores a los de sus padres gracias a un mercado abierto, un gasto público focalizado y una especial protección de los derechos individuales, principios incompatibles con “el modelo social” —como con mucho cariño lo suelen llamar— que deseaban implantar.

Como la tarea era ambiciosa y el tiempo escaso —sumado a un clasismo que perfecciona las buenas y malas acciones de nuestra clase opulenta— la Nueva Mayoría no encontró mejor estrategia que negar el libreto aprendido en los primeros años de la Concertación y atacar el ethos de la nueva clase media chilena. De este modo, si en 1994 la Comisión Brunner reconocía el aporte de los establecimientos subvencionados en la calidad de la educación, en el 2014 el ministro Eyzaguirre señalaba que el copago no lograba otra cosa más que supercherías para reafirmar el arribismo de una clase media aspiracional.

Esta estrategia no le resultó a la izquierda y la promesa de un Chile “más social” no fue suficiente para contentar a una clase media orgullosa que resintió el mediocre desarrollo de la economía durante el segundo gobierno de la presidenta Bachelet. Era el turno de un segundo mandato de Sebastián Piñera que asumió con un notable respaldo en las urnas producto de un país que aspiraba a “Tiempos Mejores”.

¡Y así estamos ahora! En medio de una tormenta de políticas irresponsables que se olvidaron de nuestra clave en el combate contra la pobreza: la focalización del gasto social.

El solo nombre de sus medidas dirigidas a esta heterogénea clase social demostraba que Piñera no había ganado: solo había sacado más votos que Guillier. “Clase media protegida” se llamaba este conjunto de iniciativas, demostrando que el triunfo cultural de la izquierda no dependía del resultado de la segunda vuelta presidencial.

No creo que el diagnóstico de la “centroderecha” haya sido errado, pero sí fue incompleto. Es cierto que la clase media es “frágil”, en eso tenían razón Andrés Allamand y Joaquín

García-Huidobro en su Manifiesto Republicano, pero la clase media es mucho más que eso, por eso resulta inexplicable que hayan empleado ese calificativo para la señera referencia que hicieron de ella a lo largo de todo el documento.

También es cierto que la clase media necesitaba ser “fortalecida” como repetía hasta el hartazgo el presidente Piñera, pero antes incluso que la protección de sus temores, la clase media chilena clamaba por una justificación política de su estilo de vida, tantas veces vilipendiado por el Gobierno de la presidenta Bachelet. Pero por parte de la “centroderecha” solo encontró paternalismo ignorando el piñerismo que «las lucas no definen a la clase media, sino su identidad de progreso» como bien señaló el economista Sergio Urzúa.

¡Y así estamos ahora! En medio de una tormenta de políticas irresponsables que se olvidaron de nuestra clave en el combate contra la pobreza: la focalización del gasto social. ¡¿Qué esperaban?! Si ha muerto la idea de la clase media como sinónimo de emprendimiento, resiliencia y esfuerzo. Ahora ser clase media es ser víctima de todos: del Estado que no te entrega bienes “públicos” y del mercado que te “endeuda”. Ahora la clase media no es más que la excusa argumental de la que se valen algunos políticos de cuarta que ostentan cargos de primera para ocultar su resentimiento y demagogia.

Ante la muerte de la idea de clase media, siempre crecerá el paternalismo estatal, esto la izquierda lo entendió a la perfección. Lástima que la derecha todavía no dimensione su pérdida, porque es inexorable la máxima tan bien descrita por Nicolás Gómez Dávila: «A medida que el estado crece el individuo disminuye».

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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