Todos los tiranos se van al cielo

El siglo XX parecía ser el último período donde la histórica y permanente veneración a los gobernantes tendría lugar. El fin de los totalitarismos y las grandes metarrelatos parecía presagiar aquello. El fanatismo borreguil profesado frente a déspotas como Hitler, Franco, Stalin o Mao, parecía quedar atrás con el supuesto Fin de la Historia en los noventa. Sin embargo, la reciente muerte de Fidel Castro ha dejado en evidencia que aquello, que creíamos erradicado de las lógicas políticas y sociales de las democracias modernas, no ha desaparecido del todo. La beatificación generalizada con respecto al fallecido dictador cubano, denota la persistencia del culto a la personalidad y la tendencia a la divinización de los gobernantes, al viejo modo en que lo hacían antiguos pueblos, donde los reyes eran vistos como semidioses o superhombres.

Parece que los pueblos no pueden evitar caer en lo que siempre los ha subyugado: la búsqueda de guías, pastores, patriarcas, valientes e inmortales guerreros, reyes sabios y emperadores espléndidos. Nos gustan los becerros de oro. La llamada servidumbre voluntaria de la que hablaba Etienne de la Boetie en 1548, que no es otra cosa que la abdicación de la voluntad individual frente al poder de los gobiernos. Ese lastre ha marcado nuestra historia.

Así, la Revolución Francesa, que eventualmente iba a terminar con aquella lógica, terminó con Napoleón III como emperador. La Revolución Rusa, que iba a acabar con el despotismo zarista, no solo dio paso a la dictadura bolchevique sino que, como triste ironía, usó la misma infraestructura carcelaria para reprimir a sus disidentes, entre estos socialistas democráticos y anarquistas. No es extraño que el ejército rebelde que botó al dictador militar Fulgencio Batista, con el propósito de instalar una democracia liberal, terminara dando paso a otra dictadura verde olivo que perdura hasta hoy. La santificación del poder y de los líderes es y ha sido un lastre de la humanidad.

Por eso, no es raro que otro déspota de menor calaña, terminara no solo embalsamado sino que supuestamente convertido en pájaro cantor, en el hombro de un perfecto idiota latinoamericano venezolano. En todo aquello vemos el resurgir de una beatería pura y dura en cuanto al poder político. Los nuevos santos.

La santificación de los líderes refleja la persistencia de la postura mística que adoptan los ciudadanos ―o mejor dicho feligreses― frente a sus líderes. Peor aún, aquello anula cualquier juicio crítico frente a la acción de los gobernantes, a los que se les considera, más allá de su limitada humanidad, como ángeles o demonios. Así, lo que tenemos finalmente es una masa de súbditos fervorosos, simples borregos que, ante la muerte de su santo, lloran anhelando la llegada de un nuevo mesías.

Este retorno de lo venerado en torno al poder, y que la muerte de Fidel Castro ha dejado en evidencia, debería preocuparnos profundamente, sobre todo considerando el contexto internacional donde la representación política democrática parece ser cuestionada mediante nuevas formas de demagogia y personalismo. ¿Por qué? Porque la santificación de los líderes da paso a la justificación irracional de los medios en cuanto a los fines. Así, el líder santificado puede hacer lo que quiera, peor aún, con el beneplácito de los gobernados. Esa fue la base del totalitarismo comunista, fascista y nazi durante el siglo XX.

Así, ante la muerte de Fidel, varios han justificado la dictadura cubana de Castro sobre la base de los altos fines que este habría vindicado y promovido en su momento. Dicen que es necesario comprender las circunstancias y el contexto de sus acciones, es decir, entender las causalidades de su papel en la historia. Como si el devenir histórico hacia una finalidad superior fuera justificación para las peores brutalidades. Aquí estamos ante un claro historicismo, donde los grandes ideales impulsados hacia un supuesto futuro mejor son la justificación de las brutalidades dictatoriales. Así, bajo esa lógica nefasta, el aferramiento a lo inhumano del comunismo estaría justificado por sus objetivos finales, tal como decía erróneamente Hermann Hesse. Pero el Gulag no es menos criminal que Auschwitz. Tampoco la cárcel de los Morros en comparación con Villa Grimaldi.

Bajo la idea de que los altos fines justifican la dictadura o el autoritarismo, se cae en la paradoja de justificar cualquier clase de medio para alcanzarlos. La dictadura, entonces, como forma desviada de gobierno, lamentablemente, se visualiza como un problema utilitario y no como un asunto ético. No es raro que, a partir de aquello, algunos justifiquen ciertas dictaduras ―de derecha o izquierda― sobre la base de los fines que supuestamente promueven o los resultados que supuestamente obtuvieron.

El problema es que eso abre la puerta a que se justifique cualquier dictadura sobre la base de los supuestos bienes o resultados que ha generado o pudiera generar. Como si la esclavitud se justificara por permitir alimento diario a quienes la sufren. En ese sentido, la supuesta absolución de Fidel por parte de la Historia es una burda y obscena justificación de su dictadura, que carece de toda ética. Esa es la inmoralidad con que la izquierda ha abordado la muerte de Fidel Castro.

Así, bajo esa lógica utilitaria, el tirano es bueno al modo de un buen amo que da alimento y cobijo a sus esclavos. Pero, claro, ni pensar en dudar de su actuar, de sus incoherencias éticas, ni pensar en poner en duda sus medios y menos aún sus fines. El dios tirano hecho carne en la figura del justiciero social, del guía, comandante supremo. Lo peor es que los costos humanos son vistos por la feligresía dictatorial como un simple colateral, como el costo a pagar para cumplir un fin mayor. Eso se ha visto frente a la dictadura cubana y la muerte de Fidel Castro en los últimos días. Finalmente, los perseguidos, los silenciados, donde se incluyen intelectuales, sindicalistas y personas que lucharon codo a codo junto a los Castro contra el propio Batista, serían el costo para tener salud y educación gratis.

Paradójicamente, ese argumento para justificar la dictadura cubana es el mismo que enarbolan algunos para justificar la dictadura nazi, al decir que había superado la inflación alemana y que construyó carreteras. Los muertos, los juicios y las brutalidades son simplemente comparados, por unos y otros, como si habláramos de meros errores ortográficos. Bajo esa lógica burda, frente a la muerte del dictador cubano, derechas e izquierdas en Chile y el mundo discuten acerca del régimen cubano de una forma absurda, preguntándose mutuamente: ¿quién tiene más a muertos a su haber?, ¿quién hizo mejores cosas? No ven la semejanza utilitaria e inmoral entre decir que, a pesar de todo, uno les dio salud gratis con decir que otro hizo mejores carreteras o industrializó el país. Para ninguno la dictadura es una cuestión inmoral, esencialmente un atentado a la libertad de conciencia, a la capacidad de poder disentir y discrepar de quienes gobiernan.

La idolatría y santificación de los tiranos muertos también se ve reflejada en ideas tan absurdas como aquellas que plantean que la supuesta falta de oposición a sus gobiernos implica apoyos ciegos y totales al déspota querido. La supuesta falta de oposición visible no sería signo claro de la dictadura y sus aparatos de represión, sino que sería reflejo de la enorme felicidad del pueblo bajo ese despotismo. Es decir, de la aceptación alegre de un régimen despótico.

Sin embargo, aquellos que dicen eso, por ejemplo con respecto a Cuba, olvidan que apelar a la supuesta felicidad de un pueblo para justificar una tiranía, es un viejo argumento monárquico y paternalista. Pero además, y esto es lo divertido, tal criterio de felicidad popular, lo aplican solo a los regímenes que ellos consideran aceptables y no a otros. Así, el silencio o la poca disidencia frente a ciertos gobiernos sería producto del miedo y de la alienación, pero en ningún caso de la felicidad o conformidad como, según ellos, ocurre en el caso cubano.

De esta forma, por ejemplo, la dinastía norcoreana, que lleva tres sucesiones hereditarias al modo de una monarquía absoluta sin elecciones libres y abierta ni la más mínima libertad de expresión, para algunos ―incluidos los comunistas chilenos― demostraría no solo una alta legitimidad sino lo felices que viven los norcoreanos bajo el reino de Kim Jong-un. Ni hablar de la prácticamente inexistente oposición al régimen, para las izquierdas del mundo, en ningún caso eso sería el reflejo de la sumisión de un pueblo ante una tiranía brutal y represiva. Tal es el absurdo, que el llanto teatral de los ciudadanos frente a la muerte de Kim Jong Il fue visto como prueba del amor incondicional del pueblo al líder y no una prueba del lavado de cerebros sistemático, hecho de manera religiosa por años contra la conciencia digna de miles de personas.

Los deudos de Fidel que enarbolan estos absurdos, sobre todo los más jóvenes, olvidan que muchos cubanos han intentado plantear sus discrepancias con respecto al régimen y, sin embargo, han sido silenciados, censurados, denostados, como ocurrió con Heberto Padilla y Reinaldo Arenas. Probablemente creen que el hecho de que pocos alemanes intentaran cruzar el muro de Berlín significaba un gran apoyo a la oligarquía comunista de la RDA. Sin embargo, que pocos intentaran cruzar esa obra infame, para no morir baleados, no significa que los alemanes orientales estuvieran felices con la muralla y la Stasi. Si bien el pueblo alemán se movilizó tardíamente contra Honecker y su nomenclatura privilegiada, diciéndoles Wir sind das Volk (Nosotros somos el pueblo), las disidencias silenciosas contra la dictadura comunista eran crecientes desde hacía varios años.

Lo que olvidan aquellos que hoy dicen que en Cuba no hay disconformidades y que la gente es profundamente feliz, es que el silencio y la invisibilización de los opositores contra un gobierno tirano no implican apoyos ciegos y generalizados a dichas dictaduras. Al contrario, reflejan el miedo generalizado a las mismas. No todos se atreven a enfrentar o cuestionar a un gobierno tirano como sí lo puede hacer cualquier ciudadano disconforme en las tan despreciadas democracias occidentales. Ello explica que el tiranicidio no se produzca en democracias con elecciones libres y abiertas, con libertad de expresión, sino en regímenes donde es imposible desafiar o críticar al gobierno opresor.

No es raro que tanto Fidel como Hitler, Franco o Pinochet, sufrieran intentos de asesinato en ese sentido. Ni hablar de Stalin, que paranoico por su ejercicio despótico del poder, temía ser envenenado por su propio círculo cercano. Sin embargo, la propaganda soviética dijo que había muerto teniendo el apoyo de todo el pueblo soviético y el amor de los pueblos del mundo. Cómo sería la idolatría, la beatificación de Stalin, que Neruda le dedicó una oda, incluida en su Canto General. El déspota y criminal santificado por el poeta chileno.

De seguro, en los próximos días, meses y años, van a salir poetas o proyectos de poetas haciendo odas a Fidel, que, al igual que todos los tiranos en la historia, será elevado a la categoría de santo celestial, por parte de sus borregos y feligreses.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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