Reflexiones sobre Margot Honecker

Paradójicamente, el fallecimiento de Margot Honecker no termina interpelando a las conciencias de Alemania, sino de Chile. A diferencia de nuestro país, Alemania, enfocada en sus problemas actuales y proyección de futuro, dejó hace años de mantener en un primer plano el desplome de la RDA y la suerte de los máximos representantes de una dictadura que duró en rigor 44 años y acabó hace 27. Alemania dio vuelta la página, muchos jóvenes ni sabían que Margot vivía un exilio tranquilo en el país más próspero de América Latina, y algunos tienen ya dificultad para imaginar que un muro kafkiano y criminal dividió su apasionante capital.

Aunque duela, hay que ser justos con los Honecker en Chile: llegaron acá libres de polvo y paja, tras detentar el poder máximo de la dictadura de la RDA entre 1972 y 1989. A Margot no se le pudo comprobar las acusaciones que la vinculaban a la separación forzosa de menores de padres que eran prisioneros o fugitivos políticos, menores que eran dados en adopción a otras familias. Como a menudo ocurre con dictadores, no se hallaron órdenes escritas que la inculparan. Erich también quedó libre, pese a haber sido el jefe de un Estado que encerró durante decenios a sus 17 millones de habitantes y mantenía la orden de tirar a matar a quien intentase huir al capitalismo. La razón: su avanzada edad y cáncer terminal. De ese modo, ambos salieron legalmente de Alemania y entraron en 1992 a Chile, donde tenían familiares y gozaron del apoyo del gobierno de la Concertación.

Técnicamente, el exilio en Chile fue un proceso “limpio” y permitió a los Honecker algo clave: plena libertad de desplazamiento en un país que no los identificaba con nitidez, y residencia lejos de su patria, donde se habrían encontrado -tanto en el Este como el Oeste- con el rechazo, el desprecio, la ira y el dolor de millones. No hay duda, los Honecker no habrían podido salir en Alemania en paz a la calle, ni siquiera a comprar pan o a comer en un restaurante. Así de inmenso fue el rechazo popular a la pareja.

Ambos están ahora muertos, y Alemania los mira desde lejos y desde una creciente amnesia. Hay naciones que saben dar vuelta la página. Como país, quedaremos en la historia como el exilio ideal de los líderes del último Estado totalitario en suelo alemán. Eso, que debió haber sido responsabilidad de los alemanes, no nos lo despintará nadie. En ningún Estado de Europa los depuestos dictadores comunistas pudieron llevar la tranquila vida de inocentes jubilados. Somos nosotros quienes tendremos que responder cómo toleramos sin cargo de conciencia ni manifestaciones en contra que el dictador comunista de la extinta RDA y su mujer pasearan hasta su muerte tranquilos por nuestras plazas y barrios.

Evidentemente, el fallecimiento de Margot, ministra de Educación durante 26 años, inspiradora del adoctrinamiento comunista en todos los establecimientos educacionales y una convencida de que al socialismo “hay que defenderlo con las armas en la mano”, replantea el tema de la gratitud del exilio chileno hacia la RDA.

¿Cuál es el grado de gratitud, compromiso y complicidad que el exiliado debe guardar con un régimen que acribilló a centenares de personas en la frontera, registró miles de presos políticos y mantuvo encerrada a su población hasta los 65 años de vida? ¿Debe callarse por gratitud la crítica a un régimen que viola sistemáticamente los derechos humanos? ¿Corresponde a un exiliado chileno callar ante los abusos por haber recibido un departamento, una beca, un puesto de trabajo, un seguro de salud o una visa de salida múltiple de la RDA? Muchos callan, otros justifican los atropellos, algunos dicen no haber visto nada, y otros celebran la dictadura comunista mientras condenan la de Augusto Pinochet. El doble estándar de esa izquierda es impresentable.

A mi juicio, corresponde agradecer lo que se recibió del Estado germano-oriental (en mi caso, ni vivienda ni vehículo, sí durante año y medio una beca universitaria que tuve que complementar con un trabajo de traductor para vivir); pero al mismo tiempo corresponde reconocer que dichos recursos provenían del sacrificio de ciudadanos que vivían en un Estado que los encerraba detrás de muros y alambradas. Hay que reconocerlo sin tapujos: bajo esas circunstancias uno fue, todos fuimos, al menos, cómplices pasivos de esa dictadura, y el único atenuante a favor nuestro es que disentir habría significado la cárcel. Si uno vivió en la RDA, ella nunca dejará de preguntarte: ¿sigues justificando, ahora que ya no existo, el régimen que impuse a los alemanes? ¿Sigues callando hoy ante las violaciones de derechos humanos de la RDA porque la obtención de un par de beneficios estatales bien valía el silencio?

Los Honecker, que nunca mostraron el más mínimo arrepentimiento por sus actos, murieron lejos del país donde causaron tanto daño y sufrimiento. Ojalá descansen en paz y ojalá sus simpatizantes chilenos (abiertos y disimulados) le expliquen al país por qué consideran que unas dictaduras son malas, pero otras, como la que integró Margot durante décadas, son buenas.

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Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad de los autores y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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