Publicado el 01.08.2016

La democracia en una era antiliberal

Hace poco tiempo participé en el Estoril Political Forum, un encuentro anual que reúne no muy lejos de Lisboa a un grupo significativo de intelectuales y líderes políticos para reflexionar sobre temas de actualidad. “La democracia y sus enemigos” fue la rúbrica de este año y el título del panel inicial, “El resurgimiento autoritario”, marcó el tono de tres días de intensos debates sobre el estado actual de la democracia.
 
El profesor de Oxford Timothy Garton Ash realizó un llamativo planteamiento en su disertación en homenaje al célebre dentista político Ralf Dahrendorf: vivimos en una era antiliberal iniciada el decenio pasado después de tres décadas marcadamente liberales, durante las cuales la democracia y la libertad se expandieron como nunca antes en el mundo.
 
Las expresiones de esta era iliberal son muchas y van desde el espectacular auge del populismo nacionalista en Estados Unidos y Europa hasta el endurecimiento de la represión en regímenes autoritarios como la Rusia de Vladimir Putin y la China de Xi Jinping. Los informes anuales del instituto Freedom House sobre la democracia y la libertad de expresión no dejan lugar a dudas respecto de la pendiente anti libertad por la que se deslizan cada vez más países. Igualmente, el camino de Turquía, vía un frustrado intento de golpe de Estado, hacia una dictadura islamista es parte de esta misma tendencia, así como también lo es el colapso democrático ocurrido en 27 países entre 2000 y 2015, entre los que se cuentan Kenia, Egipto, Tailandia y Venezuela.
 
Todo indica que estamos ante una fuerte resaca autoritaria después de lo que Samuel Huntington llamó en 1991 “tercera ola de democratización”. Esta resaca es un fenómeno que, según él, también habría ocurrido después de la primera y la segunda ola democratizadora (la primera va de la década de 1820 a la de 1920 y la segunda de 1945 a 1962). Huntington enumera una serie de factores explicativos de esta reacción autoritaria que encuentran evidentes paralelos en nuestro tiempo: fuertes conmociones económicas, una creciente desconfianza en la democracia y el surgimiento de movimientos autoritarios, una tendencia a la polarización social y política, una presencia significativa del extremismo y el terrorismo político, y una actitud agresiva y expansiva de las potencias autoritarias.
 
En su momento, la conjunción de estos fenómenos condujo a revoluciones y golpes de Estado, pero también a una praxis política cada vez más iliberal, donde bajo una fachada democrática y muchas veces con el apoyo de la mayoría se conculcaron las libertades más fundamentales de los individuos y las minorías. Este es justamente el camino que en nuestro tiempo predomina entre las fuerzas antiliberales, tal como lo muestran desde los chavistas latinoamericanos hasta Putin en Rusia y los islamistas “moderados” del Oriente Medio y el norte de África. El camino electoral hacia el autoritarismo es hoy mucho más corto y eficiente que las revoluciones y los golpes de Estado de antaño.
 
DIVERSOS participantes en la reunión de Estoril apuntaron a los efectos contradictorios de la globalización como un importante factor explicativo del surgimiento de esta nueva era antiliberal. Es un argumento digno de ser tomado en serio ya que la globalización ha implicado enormes progresos para muchos, pero también conoce perdedores y, no menos, grandes grupos que sienten amenazada no solo su seguridad económica, sino también su “seguridad existencial” ante un fenómeno que está cambiando radicalmente sus condiciones de vida. Esto es evidente en el viejo mundo desarrollado, con Europa Occidental y EEUU como claros ejemplos, pero también impacta en el mundo en desarrollo, como bien lo ilustran, entre otros, muchos países de mayoría musulmana. Fenómenos como el Brexit, el auge de los partidos nacionalistas y populistas en Europa continental y el ascenso de Donald Trump muestran con toda nitidez la reacción cada vez más enrabiada y xenófoba de amplios sectores de aquellas clases trabajadoras que alguna vez constituyeron la columna vertebral de los sistemas políticos occidentales. Para dar solo algunos ejemplos mencionemos un artículo de The Washington Post del 25 de julio que nos recuerda que Trump tiene una ventaja sobre Clinton de 58% contra 30% entre los votantes blancos registrados sin educación superior. La misma tendencia, en términos de educación y extracción social, se manifestó entre los votantes del Brexit (el 64% de la mitad menos favorecida de la población lo apoyó) o quienes están dispuestos a votar por el Frente Nacional francés (encuestas recientes le dan una mayoría absoluta del voto obrero a su líder, Marine Le Pen, en una eventual contienda presidencial).
 
Esta reacción frente a un mundo de movilidad y cambio que se experimenta como amenazante se conjuga con la de quienes resienten, en sociedades más tradicionales, la acelerada corrosión de las costumbres, creencias y jerarquías heredadas que conlleva la irrupción de la modernidad. El fundamentalismo islamista en su variante yihadista es la expresión más dramática de este fenómeno y está jugando un papel esencial en la dialéctica del miedo que dina-miza la era iliberal en que estamos viviendo. Estos son los grandes desafíos de los amigos de la libertad y la democracia en nuestro tiempo. Hace un siglo la primera globalización se hundió ante una espantosa reacción antiliberal de la que nacieron los grandes totalitarismos modernos. De esa triste historia debemos aprender para no repetirla.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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