Un fantasma recorre Chile

Parece ser que en Chile hemos fallado en enseñar y promover lo que es la democracia en sentido estricto, y que no es otra cosa que la vindicación de la capacidad individual del libre examen sin depender de nuestra pertenencia a un grupo determinado. En otras palabras, la democracia se basa en la defensa de la facultad que tiene cada persona para evaluar y juzgar, sin importar si sus posturas son mayoritarias o minoritarias. De ahí, de esa expresión máxima de autonomía, proviene la fórmula un hombre un voto, que es el elemento esencial para equilibrar la pluralidad de opiniones que, con todos sus matices, existe en una sociedad. En estos días turbulentos se ha visto una dinámica contraria a esa autonomía.

Si bien se ve la expresión ciudadana en las manifestaciones y quizás en algunos cabildos, lo que se ve como predominante es una distorsionada noción de lo democrático que se expresa de diversas maneras, pero donde todas esconden conductas más propias de las manadas que de altos espíritus democráticos. El vandalismo anómico, apreciable en todas las marchas, no solo es ejercido por el lumpen, sino también por sujetos que, sin ser excluidos, claramente presentan conductas anómicas que se traducen en un desdén casi total.

Lo increíble es que esos sujetos, de temperamentos de delicada moralidad, se presumen los demócratas por excelencia. En cierto modo son el producto de una creciente distorsión de la democracia que, como muy bien describió Ortega y Gasset, da paso a la llamada democracia morbosa. No es raro que sean esos sujetos los que, en medio de la engañosa algarabía de la muchedumbre, procedan a amenazar o golpear a quienes se niegan al chantaje de mover sus cuerpos, para poder pasar, al ritmo de los cánticos de la multitud. La prensa, miope, ha descrito esto como algo más bien festivo y simpático. Pero en realidad refleja claramente el fantasma que recorre Chile: no es más democracia ni libertad ni igualdad, sino una distorsión de esta, y que podría dar paso a un colectivismo brutal.

“El fantasma que recorre Chile: no es más democracia ni libertad ni igualdad, sino una distorsión de esta, y que podría dar paso a un colectivismo brutal”.

En nombre de la democracia se comienzan a derrumbar sutilmente sus fundamentos más esenciales, que son de índole simbólica y ética. La argumentación, basada en la comprensión de la importancia de la autonomía individual, pierde sentido frente a la primacía de las más ardientes pasiones y la emocionalidad más radical que se impone a punta de gritos y violencia fuera de todo marco. Entonces, la noción de lo que es democrático se subvierte tras nociones más propias del tribalismo, donde el libre examen, el pluralismo y la autonomía de los individuos son puestas en dudas por una multitud amorfa, donde la mayoría de las veces se esconden los cobardes.

Esa dinámica no es democrática, sino que es propia de la tiranía de la muchedumbre. En ese terreno se impone la moral de las pandillas, el dominio de los más gritones, los más osados, los más agresivos, los peores. De ahí no puede surgir un criterio de justicia sino la burda dominación basada en el desprecio, el rencor y el odio. La muerte paulatina de una democracia se produce cuando la legítima diferencia de opiniones o perspectivas es reemplazada por la imposición y el desprecio contra los disidentes y los herejes, de parte de quienes se presumen como los máximos poseedores de la justicia, la verdad y el bien. Muchos dirán que se exagera al colocar atención a estos fenómenos, pero en función de este tipo de acciones, las sociedades pueden entrar no solo en un espiral del silencio sino también en dinámicas populistas, dictatoriales e incluso totalitarias. En Chile podríamos estar pasando del únete al baile, al únete al baile, obligatoriamente, en nombre del pueblo. Es hora de que los demócratas despierten.

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