Tiempos violentos

El reencuentro como sociedad que se vivió en el acuerdo por la paz y la nueva Constitución parece eclipsarse por los vientos de violencia que han vuelto a azotar el país. No sólo hablo de la violencia que ha destruido más de 100 mil empleos producto de saqueos, caos, destrucción e incendios, sino también de la violencia política.

Ahora se ha dirigido la violencia a otro aspecto, en una faz mucho más política que material. El incendio de la sede de la UDI en Concepción y la del Partido Socialista en Valdivia, muestra una violencia que ya no distingue de colores políticos, sino que actúa con sed de fuego y cenizas a la clase política. El hecho de que en un primer momento la violencia fue acompañada de silencios cómplices y legitimada por algunos sectores, tanto al interior del PC como del Frente Amplio, la fue envalentonando para seguir su crecimiento. Lamentablemente la situación se manifiesta como una hidra que, al cortar una de sus cabezas, aparece raudamente otra para proseguir con su cometido.

“Tales acciones (de violencia) son inaceptables en una democracia. No pueden existir matices, ambigüedades, relativizaciones o complicidad pasiva”.

Esto se explica en razón de que estos grupos actúan bajo el prisma de la acción directa que el filósofo Ortega y Gasset acuñó en su célebre obra ‘La rebelión de las masas’. Señala el pensador hispano que ‘la acción directa consiste en invertir el orden y proclamar la violencia como prima ratio, en rigor, como única razón. Es ella la norma que propone la anulación de toda norma, que suprime todo nuestro propósito y su imposición. Es la Carta Magna de la barbarie‘. Por ello, no es antojadizo que resulte indiferente para estos grupos el emplear métodos abiertamente violentos contra lo que consideren injusto o ilegítimo, sino que se ha vuelto la regla general en su proceder.

Así las cosas, la espiral de violencia llegó a afectar a quienes creían dominar al monstruo que en su minuto alimentaron. Por ejemplo, el caso reciente del Frente Amplio, con la funa y agresiones que vivieron Beatriz Sánchez, Catalina Pérez (RD) y otros personeros de esa colectividad. Tales acciones son inaceptables en una democracia. Ante ella no pueden existir matices, ambigüedades, relativizaciones o complicidad pasiva, su condena debe ser enérgica y férrea.

La clausura del debate por medio de gritar más fuerte, imponerse por la fuerza como manada y dejar knockout al adversario o a un político no puede ser la forma en que nos entendamos como país. Ya vivimos episodios similares de ruptura de nuestras instituciones democráticas como el diálogo, el respeto y el pluralismo en una época no muy lejana. No nos trajo prosperidad, nos trajo una fractura social que terminó en una dictadura de 17 años. ¿Hacia dónde vamos en estos tiempos violentos?

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