¿Estamos condenados?

¿Estamos condenados? ¿Vamos directo al negro despeñadero bolivariano? ¿O al argentino, donde un día aparece un fiscal silenciado para siempre? La verdad, lo que hasta ahora acontece en Chile, con sus advertencias e imperfecciones, tiene cartográficamente más de amarillo que de rojo. Primero, los mecanismos institucionales están operando; por ejemplo, los señalados están siendo investigados y el hijo de la mandataria se ha visto forzado a dimitir, saliendo por la infame puerta de la humillación. Por otra parte, la libertad de expresión, hasta ahora, está cumpliendo su función sin visibles temores a represalias, algo habitual en naciones corruptas, donde cualquier periodista medianamente atrevido es presionado u obligado a dormir con un ojo abierto. Además, el enojo público dice que, como sociedad, no somos indiferentes ni nos hemos acostumbrado al pillaje, como es regla en nuestro vecindario. Todos estos son signos muy positivos y, por cierto, raros entre el Río Grande y la Patagonia.

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