Volviendo a la banalidad

No deja de llamar la atención la falta de reflexión con que se discute en torno a los derechos humanos. Donde se aprecia mejor esta especie de banalidad irreflexiva es en redes sociales, donde proliferan prejuicios prosaicos e indolentes, la mofa, el insulto e incluso la justificación burda contra la vulneración de la dignidad humana. Varios parecen defender la idea de que algunos seres humanos no merecen ninguna clase de respeto. Así, bajo esa óptica deshumanizante y deshumanizada, algunas personas serían consideradas como elementos superfluos.

Lo noción anterior no tiene relación con la ignorancia o erudición de los sujetos sino con la poca disposición a reflexionar con conciencia respecto de hechos concretos que, aunque inmediatos, son también teatralizados a través de los medios, nos parecen lejanos o imposibles y, por tanto, posibles de ser objeto del sarcasmo o la mofa. Por ejemplo una guerra, la muerte, la represión o una dictadura. Desde la cómoda distancia detrás de los monitores, los cinco minutos de odio orwellianos (o remordimiento culposo) toman forma cada tanto en las redes sociales, a través de la conducta irreflexiva de una masa atiborrada de voluntarismo, pero carente de una ética de la responsabilidad.

El fenómeno que banaliza los derechos humanos no está solamente en el sentir de las redes sino en la opinión pública en general.

El fenómeno que banaliza los derechos humanos no está solamente en el sentir de las redes sino en la opinión pública en general. No es raro ver que éstos parecen ser defendidos en general bajo criterios meramente utilitarios –para los que se considera buenos o merecedores de éstos- y no bajo una convicción ético-política reflexionada sobre el respeto irrestricto a la dignidad humana, sin importar otro criterio. Tampoco es raro entonces, que ciertas derechas e izquierdas defiendan los derechos humanos tratando de sacar dividendos políticos mediante su teatralización exacerbada o su negación parcial o total cuando el régimen o el déspota abusador es considerado un afín ideológico. De cualquier forma, lo que hacen es poner en duda o instrumentalizar denuncias de ciudadanos de otros países que viven situaciones realmente complejas. De eso hemos sido testigos varias veces. Desde la tranquilidad que a veces ofrece la distancia geográfica parece que muchos asuntos son vistos con una liviandad peligrosa.

Así por ejemplo, el viernes pasado, entre la figura del mártir y el idiota, en Chile nadie reflexionó en serio con respecto a la situación que siguen denunciando venezolanos en nuestro país con respecto a los derechos humanos. Nadie los escuchó realmente. Su llamado fue algo superfluo para quienes estaban extasiados en medio de una especie de histrionismo heroico o la mofa cínica.

Pero el éxtasis siempre se acaba y en pocos días la distancia con que en general parecen ser vistas situaciones en otros países -e incluso dentro de Chile como ocurre con la violencia en la Araucanía- volvió a sus cauces normales. Podíamos retornar a nuestros asuntos mundanos. Las redes volvieron a su banalidad de siempre. Como quien se conmueve al ver una película en el cine, quiere cambiar el mundo, para luego ir a tomar unos tragos y olvidarse. Ahí radica lo preocupante del asunto pues refleja una apatía peligrosa, disfrazada de conciencia o amor a la humanidad.

Jorge Gómez Arismendi

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


Comparte esta publicación: