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Venezuela, el terror del sin sentido

La idea del enemigo, ya sea externo o interno, es un instrumento retórico que los gobiernos, sobre todo dictatoriales, utilizan para forjar apoyos y adhesión bajo la apelación al miedo, para así producir una falsa sensación de unidad y causa común bajo su dominio. Los regímenes totalitarios, comunista y nazi, utilizaron este mecanismo de forma sistemática para recibir el apoyo ciego de las masas, a través de una propaganda basada en farsas de todo tipo, destinadas a causar el desprestigio de opositores y contrincantes. Todo con el único fin de mantener un férreo control sobre la población a través de la mentira. Los procesos de Moscú, esas purgas en contra de los supuestos enemigos de la revolución bolchevique, con sus falsas auto acusaciones, son un ejemplo fehaciente de este tipo de procederes, cuya lógica perversa y totalitaria fue muy bien descrita por George Orwell en su novela 1984.

El mensaje emitido días atrás por la vicepresidenta de Venezuela, Delcy Rodríguez, en cuanto a que la ayuda alimentaria enviada por Estados Unidos estaría contaminada, sería cancerígena y además estaría destinada a envenenar a miles de venezolanos, revela los niveles de delirio que está alcanzando el régimen socialista de Nicolás Maduro, pero además muestra que están dispuestos a desquiciar la realidad de forma descarada con tal de preservar el poder. No es solo que oculten información como muchos gobiernos hacen probablemente, sino que están dispuestos a publicitar abiertamente mentiras descabelladas, absurdas y sin sustento, solo para generar temor y a la vez fomentar el odio contra un enemigo externo. En su desesperación por no perder sus privilegios y cuotas de poder, en Venezuela los chavistas han pasado a una nueva fase. Como en todos los regímenes socialistas, están usando el terror como sistema para mantener el control de la población. Y están usando el terror a morir envenenado para reemplazar el terror a morir de hambre.

En estos meses, el régimen socialista de Venezuela ha mostrado de forma explícita su verdadera cara dictatorial, irónicamente, gracias a sus propios errores a la hora de conformar su fachada como una democracia digna y humanitaria. Pero aquella no es una cara dictatorial como las típicas, centradas en la violencia represiva solamente, sino que es una conformada esencialmente en torno al absurdo y el sin sentido. Por eso nunca se sabe que desatino harán o que estupidez dirán los chavistas. Y ese es el mecanismo mediante el cual quieren preservar el poder. Esto se ve bien reflejado en ese frontis pomposo, tras el cual se esconde la hambruna crónica del pueblo venezolano, denominado Ministerio del Poder Popular para la Alimentación. Nicolás Maduro también ha contribuido a mostrar la fragilidad de la fachada razonable del régimen, gracias a un innumerable material visual lleno de disparates protagonizados por el mismo. Y es que la clase gobernante socialista en Venezuela sufre del síndrome de la Hybris, están borrachos y desquiciados de poder. Frente a todo este teatro del absurdo, parte de la izquierda latinoamericana también ha mostrado su real careta, no tan democrática, ni tan razonable ni tan comprometida con los Derechos Humanos, sino más bien comprometida con ese error intelectual llamado socialismo del siglo XXI. Es decir, como diría Vaclav Havel, con un disparate perverso. Y eso es preocupante.

Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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