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Una mujer fantástica

¿Cómo se explica que sectores feministas de una universidad se unan con organizaciones islamistas, claramente homofóbicas, con el único propósito de evitar que alguien sea reconocido como doctor honoris causa? Esa es la pregunta que probablemente se hizo la escritora de origen somalí, Ayaan Hirsi Ali, el año 2014 cuando la universidad de Brandeis, en Estados Unidos, le informó que ya no le sería otorgado el susodicho grado académico debido al rechazo de parte del cuerpo académico y el estudiantado, los cuales aludían que su crítica y propuesta de reforma al islam era un discurso ofensivo y de odio.

Cómo se explica tal disparate. Pues bien, se comprende si consideramos los altos niveles de hipocresía, incoherencia y falta de lógica de quienes profesan posturas que presumen moralmente superiores e infalibles, pero cuyo asidero es la más burda de las emocionalidades. El detalle es que dichas opiniones, si podemos considerarlas como tales, además apuntan a ser unitarias e inclusive totalizantes en el debate público y se extienden rápidamente como la nueva ortodoxia por redes sociales. Ello explica que sus cultores, sin mayor reflexión, oficien de santos inquisidores calumniando y difamando a aquellos que consideran disidentes y discordantes del nuevo credo de moda. Por dar un ejemplo fehaciente, el feminismo actual, con sus variantes más radicales, se ha tornado una actitud de ese tipo que, en cuanto a sus niveles de moralización extrema e irracional, se asemeja en gran medida a cualquier fundamentalismo religioso cuyo foco central es cazar a los blasfemos. El apelativo feminazi, en ese sentido, está mal puesto pues las reclamaciones feministas, en ciertos casos, mezcla el más estricto moralismo victoriano con vindicar la libertad de vestir como se plazca. Esa incoherencia explica la extraña imagen de algunas feministas estadounidenses cuestionando a una mujer que lucha, y pone en riesgo su vida, por dar fin a la mutilación genital en nombre de la fe y la pureza en países como Somalia o Kenia.

La reciente visita de Hirsi Ali, nómade, infiel y hereje para el mundo musulmán y también para una parte del secular mundo occidental, no solo permitió conocer la opresión que viven miles de mujeres cuando el fanatismo religioso impera, en su caso bajo el islam, con matrimonios concertados, mutilación genital y sumisión brutal, sino que su historia de conversión, en el tolerante y abierto Occidente, nos recordó que el mayor riesgo que sufren las sociedades democráticas no viene desde fuera, de parte de los radicalismos religiosos, sino desde dentro de éstas con la intolerancia elevada, a punta de ignorancia, en nombre de la tolerancia. Ese peligro radical se expresa a través de la creciente y cada vez más estúpida corrección política, con sus pontificadores dispersos por redes sociales, medios de comunicación y universidades, pero cuya cualidad más aterradora es algo banalmente humano, la más burda hipocresía.

Que mejor y más reciente ejemplo de este tipo de incoherencias que el doble discurso frente a dichos xenófobos, tanto del ex candidato presidencial Eduardo Artés, como del joven futbolista Nicolás Díaz. Cuando el primero trató de escuálidos y gusanos a los venezolanos que protestaban frente a la embajada venezolana en Santiago, hubo pocas reacciones y rasgaduras de vestimenta de los paladines del respeto. Sin embargo, cuando el joven jugador trató de muerto de hambre a un futbolista venezolano, los inquisidores del momento salieron rápidamente de sus mazmorras para preparar los palos para la hoguera virtual, pidiendo a viva voz a través de las redes sociales las mayores sanciones para el seleccionado nacional. Así, al parecer, el público considera ser más grave que un deportista diga cosas xenófobas en medio de un partido de fútbol, a que lo haga alguien que aspiró, no hace mucho, a ser presidente de un país. Hipocresía brutal o ignorancia insolente. Esa es la señal de los tiempos que se viven.

Actualmente, el doble discurso es un elemento constitutivo de la corrección política imperante que, disfrazada de secularismo, justicia, laicismo, respeto y consideración, se extiende como un manto de censura a través de diversos mecanismos. No es raro que ligada a esta tendencia carente de principios, surja la mentira bajo un nuevo eufemismo: pos verdad. Lo fantástico de Ayaan Hirsi Ali es que, en medio de esa cobardía e ignorancia socializada como opinión pública, ella se atreve a vindicar su derecho a opinar distinto, a apelar a sus principios, tal como siempre lo han hecho aquellos a los que siempre se les llama herejes.

Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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