Una derecha de centro izquierda

Se me ha pedido que escriba sobre la derecha o centroderecha. Lo primero que parece evidente es que a estas alturas la distinción entre centroderecha y centro izquierda es artificial. Lo cierto es que no existen diferencias fundamentales entre lo que fue la Concertación y lo que fue el gobierno de Piñera.
 
Tampoco existen diferencias filosóficas relevantes entre los sectores moderados de la izquierda y Chile Vamos. Cual más cual menos, son todos grupos social demócratas que reconocen en la igualdad su valor central y en el Estado el actor encargado de conseguirla. Esta social democracia no olvida, por cierto, la relevancia del crecimiento económico a pesar de que hace poco por conseguirlo.
 
Tampoco rechaza, como la izquierda más radical, la importancia de los argumentos técnicos sin perjuicio de que ciertos grupos como la DC están dispuestos a participar de cualquier proyecto que arruine el país si eso les garantiza un par de años más de pegas en el Estado. La centro derecha y la centro izquierda perfectamente podrían fusionarse en un gran referente político de centro en el que cabría, desde RN hasta partes de la DC y algunos miembros del PS. Y es que la filosofía instalada en amplios sectores de derecha, lejos de lo que se suele pensar, es muy cercana a la de la centroizquierda.
 
El social cristianismo, por ejemplo, esa forma autoflagelante de socialismo edulcorado, ha crecido con cada vez más fuerza en el sector. La crítica moralista al mercado como fuerza corruptora, la creencia fantasiosa en un pasado de solidaridad y comunidad que nunca existió, el apologismo igualitario, la creencia mítica en el Estado como un ente que construye la nación y la historia, todas esas cosas son hoy moda en sectores de derecha cada vez más influyentes.
 
“¿Cómo se puede tener relato si la identidad propia consiste en no tener identidad propia?”
Otros se mantienen escépticos de esa corriente, pero han hecho de los temas mal llamados “valóricos” su eje de lucha. Digo “mal llamados” porque la pobreza, la libertad, el derecho de propiedad, la posibilidad de emprender, el derecho a preservar los frutos del propio trabajo, etc, todas esas cosas también son temas valóricos. La derecha, igual que la izquierda en cambio, los considera temas “económicos’ como si la economía no tuviera que ver con realidades de seres humanos de carne y hueso y la forma en cómo estos conducen su vida de acuerdo a los derechos que se les reconocen. Como la derecha, salvo ciertos grupos en temas como el aborto, el matrimonio gay y otros, no tiene un proyecto valórico general que la distinga de la izquierda, entonces siempre se acomoda hacia allá. La esencia de la “política de los acuerdos” inventada por Allamand, el antilíder por antonomasia, consistió precisamente en carecer de una identidad propia, es decir, de un par principios claros y opuestos a los de izquierda que configuren el norte polar del proyecto político de derecha. Esa es la razón de la famosa falta de relato en el sector. ¿Cómo se puede tener relato si la identidad propia consiste en no tener identidad propia?
 
Es como pedirle a un camaleón de que convenza a los demás de que su color es el mejor. Por eso no es raro ver a la derecha subiendo el impuesto a las empresas, proponiendo estacionamientos gratis en los malls, diciendo que el Estado debe “resolver los problemas de la gente” en lugar de pararse sobre sus propios pies, hablando de que la desigualdad es el gran escándalo de Chile, votando a favor de la reforma tributaria de la Nueva Mayoría, alegando que Chile necesita una nueva Constitución, etc. Todos esos son temas de izquierda. ¿Cuál debería ser entonces el eje de un relato y proyecto de derecha moderno? Simple: la libertad. La centroderecha debiera buscar fortalecer al individuo frente al Estado y ocuparse por la verdadera igualdad: la igualdad ante la ley que es la única que garantiza a la larga las mismas oportunidades para todos. Que el poderoso pague por sus delitos igual que el que no lo es, que el emprendedor tenga un mercado abierto y libre donde pueda competir con el grande, que el Estado no le diga a las personas con quien se pueden casar o qué pueden consumir ni qué deben pensar.
 
En concreto, la centroderecha debería ser el grupo que siempre busca bajar impuestos, reducir regulaciones, desburocratizar, terminar con políticas asistencialistas, garantizar el orden público sin medias tintas y enarbolar un discurso firme pro libre empresa, igualitario en lo moral, antipopulista, de escepticismo frente al Estado y partidario del orden espontaneo en lugar de la ingeniería social. Algunos dirán que es imposible ganar así. Yo diría que no podemos saberlo hasta que no se intente en serio. Mientras tanto hay que decir que una derecha de centroizquierda como la que tenemos, tampoco es una alternativa bajo la cual no se pueda progresar. Esto es algo que la Concertación probó irrefutablemente tanto como la Nueva Mayoría demostró que los gobiernos genuinamente de izquierda destruyen el progreso y sobre todo las opciones de los más desvalidos de salir adelante.
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Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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