Un recurso estratégico

Las turbulencias que se observan en la economía mundial, en las que destaca el deterioro del crecimiento de China, han provocado un importante retroceso en el precio de las materias primas, lo que en diferentes grados está afectando a las economías productoras de estas. Sin embargo, en el caso de la chilena, cabe añadir un efecto al menos tan importante como el ocasionado por el cuadro externo, el que se refiere a la devaluación que ha experimentado internamente la gestión empresarial.

En efecto, desde algún tiempo atrás se ha ido desarrollando en diversos sectores un cuestionamiento sistemático a la actividad privada y los empresarios. Así, frente a situaciones puntuales relacionadas con eventuales prácticas lesivas a la competencia, rápidamente aparece un discurso basado en la hipótesis de una naturaleza “esencialmente abusiva” de las prácticas empresariales dominantes. Lo mismo ha ocurrido cuando se detectan en alguna empresa conductas reñidas con las buenas prácticas de gobierno corporativo, o directamente contrarias a la legislación vigente.

Otra expresión del discurso antiempresa privada-empresarios lo encontramos en el debate que rodeó la reforma tributaria del año pasado. Para los impulsores de esta reforma era necesario erradicar un sistema que solo se prestaba para la elusión de impuestos por parte de las grandes empresas, desestimándose los planteamientos de quienes destacaban los méritos del sistema tributario entonces vigente en términos de estimular el ahorro y la inversión, aspectos esenciales para lograr un sector privado fuerte y dinámico. Como consecuencia de la mencionada reforma se configuró un sistema que desalienta la toma de riesgos empresariales.

Una lógica parecida a la expuesta en la discusión tributaria se aprecia en el proyecto de reforma laboral del gobierno. En este caso, se trata de fortalecer a los sindicatos para enfrentar a las empresas en las negociaciones laborales. En esta visión del funcionamiento de los mercados y de las relaciones al interior de las empresas no solo se aprecia un fuerte componente ideológico, sino que esencialmente un alto grado de desconocimiento de lo que ha ocurrido en el país durante las últimas décadas en términos de crecimiento del empleo y de las remuneraciones reales; ello, en contraposición a lo que se observa en economías cuya institucionalidad laboral se acerca más a lo propuesto en el proyecto del gobierno.

Desde luego, no se puede desconocer que en los últimos años han ocurrido diversos episodios de prácticas empresariales cuestionables. También es cierto que el buen funcionamiento de una economía de mercado exige de un esfuerzo sistemático de actualización y fortalecimiento de la legislación de defensa de la competencia. Por otro lado, parece imprescindible un esfuerzo sistemático de perfeccionamiento de las normas que regulan los gobiernos corporativos. Sin embargo, generalizar a un sector situaciones puntuales es una táctica que puede ser políticamente conveniente, pero tiene muy poca lógica. Ello es válido tanto para el mundo empresarial, el de la política o cualquier otro.

En el espectacular progreso experimentado por la economía chilena en los últimos cuarenta años ha tenido una gran responsabilidad la aplicación sistemática de una estrategia de política económica responsable, atenta a lograr un buen aprovechamiento de los recursos del país. Sin embargo, la enumeración de las causas del progreso de la economía chilena no está completa sin una mención explícita al papel que ha tenido la empresa privada en este proceso.

En efecto, nuestro empresariado debió adaptarse a un cambio profundo en las reglas del juego para sobrevivir. Así, desde una organización económica donde el éxito de la actividad empresarial dependía de su capacidad de lobby para obtener buenas condiciones de precios y regulación por parte de las autoridades, debió evolucionar hacia el duro mundo de la competencia, tanto interna como externa.

Tras dos severas crisis internacionales, nuestras empresas no solo mostraron una destacada capacidad de crecer en el país, sino que dieron inicio a un progresivo proceso de internacionalización, el que muestra un poco reconocido proceso de exportación de capacidad de gestión, que comprende las más diversas actividades. Más aún, esta búsqueda de nuevos mercados contribuye a una mayor diversificación del ingreso nacional, aspecto que no se puede soslayar en el caso de una economía con una dotación de recursos naturales poco diversificada.

El crecimiento requiere de individuos dispuestos a tomar los riesgos inherentes a la innovación y la inversión, lo que con frecuencia ello conlleva asumir fracasos, los que son parte del emprendimiento. Sin una valoración explícita de la actividad empresarial como vehículo para conquistar mayores niveles de desarrollo, es muy difícil que se pueda superar una realidad marcada por deprimidos niveles de inversión y crecimiento.

El peso de la ideología está afectando los niveles de vida y perspectivas de un creciente número de personas, y ya es tiempo de dejarlo a un lado para retomar el camino del progreso.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


Comparte esta publicación: