Turbulencia externa: Una oportunidad

Durante los últimos meses se ha instalado un clima de inestabilidad en la economía mundial, el que se ha reflejado elocuentemente en los movimientos en los precios de los activos. La percepción de ajustes pendientes en las grandes economías ha llevado a una revisión a la baja en las perspectivas globales de crecimiento. Los focos de la incertidumbre son diversos y van desde las dificultades que encuentra la economía china para reimpulsar y fortalecer su proceso de crecimiento, hasta extendidas tensiones geopolíticas, cuyas consecuencias económicas pueden ser considerables.
 
En América Latina el panorama luce particularmente oscuro, en especial para aquellas economías que -encandiladas por un período de bonanza de sus términos de intercambio- se vieron arrastradas por agendas con un marcado sello populista, lo que las llevó a impulsar considerables aumentos del gasto público. Con frecuencia la justificación de esta estrategia de políticas públicas fue el logro de una distribución del ingreso más equitativa, iniciativa que alimentó un aumento del tamaño del Estado y la posterior pugna por parte de grupos de presión para capturar los recursos que este maneja.
 
Como está mostrando la experiencia de Argentina, el trabajo de reconstrucción de un marco institucional amistoso con el progreso es difícil y conlleva altos costos sociales. También lo es el ordenamiento de las cuentas macroeconómicas, proceso donde son precisamente los sectores más desvalidos los que habitualmente más sufren, a través de aumentos de la tasa de desocupación y caída de los salarios reales.
 
El duro camino que enfrenta la economía argentina para regresar a una senda de progreso con estabilidad deberá ser imitado -en un corto plazo- por otras economías de la región, en particular por Brasil y Venezuela, con todas las tensiones y costos que conlleva un proceso de ordenamiento macroeconómico y fortalecimiento de las instituciones.
 
Nuestra economía aún muestra importantes fortalezas, lo que la aleja del grupo necesitado de una “terapia intensiva” de ajuste. Ello, no obstante que en los últimos años se han dado entusiastas pasos para poder ser admitidos en dicho club, a través de la implementación de iniciativas con un marcado acento ideológico y que, por lo mismo, desconocen la forma en que funcionan las economías en la realidad. Así, se llevó adelante un fuerte aumento de la carga tributaria, enfocada en elevar los impuestos a las empresas. Ello sobre la base de que esto no afectaría las decisiones de ahorro e inversión de las empresas. Más tarde se puso en el debate una reforma laboral cuyo eje central es el fortalecimiento de los sindicatos. Bien sabemos que el impacto de esta iniciativa sobre el funcionamiento del mercado laboral y el empleo no ha estado presente en la justificación que han realizado las autoridades de este proyecto. También está en desarrollo una iniciativa de reforma a la Constitución, donde la idea de introducir el concepto de “derechos sociales” en el acceso a determinados bienes o servicios, aparece como un aspecto esencial para los defensores de dicha reforma.
 
Parece evidente, en la descripción de esta y otras medidas, que la economía chilena no requería de un cambio adverso en las condiciones económicas internacionales para enfrentar una fuerte desaceleración en su tasa de crecimiento. También resulta evidente que los impulsores de dichas iniciativas no se tomaron la molestia de revisar la literatura relativa a los resultados observados en otras economías que adoptaron políticas similares. (A esta altura resulta interesante discutir respecto a las consecuencias económicas de la Constitución actualmente vigente en Brasil, de las reformas laborales de Francia de fines de los 60 y de las causas y consecuencias de la desregulación laboral implementada algunos años atrás por el Primer Ministro Gerhard Schörder en Alemania).
 
La configuración de un cuadro económico externo más desfavorable ofrece una valiosa oportunidad para economías en desarrollo como la chilena. En efecto, este es el momento para dejar de lado las consignas ideológicas y avanzar hacia políticas que permitan alcanzar un mejor uso de los recursos disponibles. Una premisa esencial para el éxito de una política económica consiste en reconocer que los países crecen como resultado de los esfuerzos que realicen en materia de inversión, creación de empleo e innovación. Ello requiere de un marco institucional que aliente a los empresarios a asumir los riesgos que conlleva la creación de empresas, la contratación de personas y la inversión.
 
Siendo realista, es bastante improbable esperar correcciones relevantes en las reformas ya aprobadas como la tributaria. Sin embargo, la aplicación de un programa de ajuste fiscal conducente a lograr un mejor aprovechamiento de los recursos públicos, junto a la introducción de correcciones en el proyecto de reforma laboral que impidan se vea afectada la creación de empleo y la capacidad de las empresas de resistir entornos macroeconómicos más desfavorables, pueden ser contribuciones valiosas para recuperar la ruta al progreso que se extravió en los últimos años.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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