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Publicado el 05.03.2019

Trotsky, Maduro y socialismo millennial

Una reciente editorial de The Economist (14.02.2019) alerta sobre la inesperada alza de popularidad del socialismo entre millennials ingleses y estadounidenses. Según encuestas de Gallup citadas por el semanario, el 51% de los americanos de entre 18 y 29 años tiene una visión positiva de esta doctrina. Esto se vio reflejado en la última elección presidencial, donde más jóvenes votaron por Bernie Sanders, probablemente el candidato más socialista en la historia americana, que por Donald Trump y Hillary Clinton juntos. La nueva sensación de la política norteamericana confirma esta tendencia.

Se trata de la joven de origen latino Alexandria Ocasio-Cortez, de 29 años, quien se define como ‘socialista democrática’ y que propone, entre otras medidas estatistas, un impuesto marginal de hasta 70% para aquellos que ganen 10 millones de dólares o más al año. La popularidad de esta rockstar, elegida en las últimas midterm elections a la Cámara de Representantes, ha llegado a tal nivel, que Netflix decidió publicar un documental sobre ella. Todo lo anterior sucede en un ambiente en que el capitalismo es más impopular que nunca. La misma Gallup muestra que solo un 45% de los jóvenes tiene una visión positiva sobre él, lo que marca una fuerte caída respecto a 2010, cuando el 68% declaraba aprobarlo.

En Inglaterra, por su parte, Jeremy Corbyn, un defensor de Venezuela y marxista reconocido que propone nacionalizar una serie de empresas, podría convertirse en primer ministro en cualquier momento. La pregunta obvia es cómo es posible que en los dos países que más han contribuido a la libertad sobre la Tierra una ideología tan destructiva como el socialismo goce de tan buena reputación, especialmente entre su juventud. Una de las razones dice relación con la incapacidad de incrementar el salario real de la clase media en tiempos en que grandes intereses económicos logran coludirse con el gobierno para extraer cada vez mayores rentas en perjuicio del resto. Esto, obviamente, nada tiene que ver con el capitalismo bien entendido, el que supone un Estado pequeño y competencia abierta, pero así es percibido y difundido por la prensa y diversos analistas.

Una razón aún más relevante, sin embargo, es la que ha explicado el historiador Niall Ferguson en una entrevista con John Anderson disponible en YouTube: ‘La izquierda ha sido muy exitosa con su propio imperialismo’, afirmó el otrora profesor de Harvard, y continuó: ‘Lo que la izquierda ha hecho es colonizar universidades y escuelas, departamentos de educación, crear sus colonias ahí para luego enviar a sus misioneros a enseñar a la gente joven una versión de los hechos que puede hacer sentido en el contexto del marxismo-leninismo, pero que es una grotesca distorsión del pasado’. La derecha en tanto, agregó Ferguson, no se ha preocupado por la batalla cultural —algo que también notó The Economist hace poco—, por lo cual hoy en día es muy difícil encontrar cursos serios sobre la historia del comunismo y sus catastróficas consecuencias.

“La hegemonía intelectual de la izquierda está teniendo graves consecuencias sociales y políticas.”

Como resultado, las nuevas generaciones son completamente ignorantes respecto a lo que es el socialismo y, por tanto, añade Ferguson, no es sorprendente que lo vean con buenos ojos. La tesis de Ferguson, por cierto, tiene respaldo en la evidencia. Según datos de la Heterodox Academy, hoy más del 60% del profesorado en Estados Unidos es de izquierda, lo que representa un alza de 50% desde 1990. En esa época, los profesores moderados y conservadores en conjunto llegaban a 60% del universo académico y los de izquierda a un 40%. Hoy los profesores de derecha o ‘conservatives’ representan apenas un 10% del total según el New York Times (15.11.2017). Como ha dicho Jonathan Haidt, la única diversidad que realmente importa, que es la intelectual, se ha desvanecido en las universidades americanas. La hegemonía intelectual de la izquierda —de la cual nuestro país no está libre aunque a pocos les importe— está teniendo graves consecuencias sociales y políticas.

Por eso resulta tan oportuna la serie ‘Trotsky’ que hace poco sacó al aire Netflix. De origen ruso, ella desmitifica magistralmente a este personaje central de la revolución rusa exponiendo de paso al comunismo como lo que realmente es: una doctrina de fanáticos dispuestos a asesinar y sacrificar a los que sean necesarios para obtener el poder. Como era de esperar, la izquierda mundial salió a desvirtuar la serie, pues en lugar de confirmar la fábula que se ha difundido sobre la moderación y altura moral del personaje, lo muestra como un ser que sentía un absoluto desprecio por la vida humana, un asesino frío y brillante enamorado de sí mismo y de la utopía que propagó.

El tipo de patología de Trotsky, que Jean François Revel, él mismo un excomunista, atribuida a la naturaleza intrínsecamente criminal del marxismo, explica también por qué la izquierda tiene tantos problemas con condenar a Maduro. Y es que el espíritu marxista, que en la serie de Netflix Sigmund Freud compara con el de asesinos en serie y fanáticos religiosos, en la mayoría de los casos jamás se termina por superar del todo. La prueba más palpable de esto no son solo los socialistas que se han dedicado más a atacar a Piñera que a condenar a Maduro, ni siquiera los comunistas, quienes mienten y celebran los asesinatos del dictador venezolano, sino aquellos supuestos moderados que están comenzando a hacer con Chávez lo que la izquierda mundial hizo con Lenin y Trotsky: lavarle la imagen y culpar de todo a Maduro para salvar así la idea socialista.

Según esta narrativa, Chávez —como Lenin y Trotsky— era el bueno, aquel que iba encaminado a hacer funcionar el socialismo y traer justicia a los oprimidos. Maduro, en cambio, sería el que arruinó todo, pues, como Stalin, se volvió loco, se alejó del verdadero socialismo e hizo fracasar el experimento en un baño de sangre. Así como están las cosas en las universidades y en los círculos intelectuales, no sería raro que la izquierda logre convencer de ese engaño a millones de personas. Si lo consiguen salvarán, una vez más, el ideal socialista culpando de su fracaso a que hubo personas que no estuvieron a su altura, pero que si se intenta de nuevo, sí funcionará. Por eso habrá que hacer cuanto antes una serie de alta calidad desmitificando a Chávez, pues de seguro los jóvenes no aprenderán de sus profesores que fue él quien, como Trotsky, bañó primero sus manos con sangre creando las bases de una dictadura —el único tipo de régimen que admite el socialismo— que sumió a toda una nación en la muerte, el hambre y la persecución.

Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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