Todos somos inmigrantes, ¡EN BUENA HORA!

En su libro El viaje de los hombres, el antropólogo Spencer Wells, utilizando técnicas de biología evolutiva y analizando los cromosomas de las diversas poblaciones del orbe, fue capaz de trazar la forma como los seres humanos poblaron la tierra. Todo empezó en África hace unos 60.000 años y todos somos descendientes de inmigrantes. Por ello, la actual corriente contraria a las migraciones muestra muchas contradicciones. Y no solo con nuestro origen, sino también con los principios que defienden tanto liberales como conservadores. Muros como el de Berlín son una desgracia para la humanidad, independiente del lado en que estén los guardias.
 
La inmigración se ha posicionado en ciertos círculos como negativa para los países que la reciben. Tal vez, debido a que el análisis de sus consecuencias se centra en lo inmediato y obvio. Poco se dice de los efectos en la segunda vuelta. Se pone atención en los trabajadores que ceden su empleo a un extranjero, pero se olvida que los inmigrantes no sólo ocupan puestos de trabajo, sino que también ayudan a crearlos, ya que adquieren bienes y servicios con los salarios que ganan. La migración a Miami de los Marielitos en 1980, cuyo lado oscuro mostró en el cine Brian de Palma en Cara Cortada, llevó a 125.000 cubanos a los EE.UU., aumentando en un 7% la oferta de trabajo de Miami en solo cuatro meses por el influjo de 45.000 nuevos trabajadores.
 
En una influyente publicación sobre el tema, el economista de Berkeley, David Card, llegó a la conclusión de que en ese gran experimento espontáneo no se observaron consecuencias negativas ni en salarios ni en el empleo de los trabajadores de Miami. Así, echó por tierra la visión de que las migraciones eran buenas en el largo plazo, pero tenían costos relevantes en el corto. Los inmigrantes traen también un beneficio inmediato, ya que complementan la fuerza de trabajo existente. Los estudios en los EE.UU., mayoritariamente, muestran un muy limitado efecto de los inmigrantes sobre los salarios.
 
Ellos frecuentemente toman labores que los locales no quieren, trabajos más simples que permiten que estos últimos asciendan a tareas más complejas y mejor pagadas. Los mismos argumentos que sirven para ver problemas en la llegada de los inmigrantes podrían aplicarse a la migración del campo a la ciudad, o a la incorporación de la mujer al mundo laboral o de los nuevos graduados a la fuerza de trabajo. ¿Cuánto han caído los salarios de los hombres con la incorporación de la mujer al trabajo? Poco y nada. Tampoco ellas les quitaron sus empleos, simplemente hicieron la economía más grande.
 
El principal error al analizar el efecto de los inmigrantes sobre el empleo es lo que Adam Davidson denomina ‘la falacia de la masa de empleo’. Esta consiste en la errónea visión de que el trabajo a realizar es de un monto limitado y que un puesto se obtiene desplazando a otro. Fomentar la migración es el mejor programa de combate a la pobreza que se pueda diseñar. No hay teoría moral que justifique impedir que la gente se mueva en búsqueda de mejores perspectivas. Si las barreras a las migraciones se utilizan para proteger a una industria o grupo de trabajadores, esos mayores salarios o utilidades salen de algún lado: de mayores precios pagados por los consumidores.
 
Y si el trabajo no se mueve, el capital lo hará. Así, por ejemplo, si los trabajadores mexicanos no pueden llegar al mercado de los EE.UU., las fábricas se irán a México buscando mayor competitividad. De ahí que el acuerdo de libre comercio Nafta tuviera como uno de sus objetivos abrir oportunidades para los mexicanos en su propio país. Por lo tanto, si la economía está abierta, la restricción a las migraciones no será una manera efectiva de proteger ni los salarios ni el empleo. Las restricciones a las migraciones terminarán enredándose con las restricciones al comercio.
“El comercio internacional y las migraciones aumentan dramáticamente los ingresos globales y reducen las desigualdades más que ninguna otra política pública.”
 
Cada peso que se manda al exterior para pagar las importaciones debe volver como pago de exportaciones para mantener al sistema operando. De seguir el circuito de los dineros se puede, fácilmente, concluir que este juego de suma positiva no puede ser perjudicial. El comercio internacional y las migraciones aumentan dramáticamente los ingresos globales y reducen las desigualdades más que ninguna otra política pública. Desgraciadamente, las restricciones para que opere la libertad en estos mercados continúa siendo severa. Las estimaciones indican que si las barreras a las migraciones se eliminaran, el ingreso per cápita del mundo podría doblarse. En Chile viven hoy casi 500.000 extranjeros, apenas un 2,8% de la población, y sólo el 0,3% de las denuncias de ilícitos les involucra.
 
Y aunque la mayoría de nuestros compatriotas declara que son un aporte al país (60%), ya comienza a aparecer la idea de que es políticamente rentable presentarse en esta materia como guardianes de nuestras fronteras. ¡No olvidemos que todos somos inmigrantes y que la inmigración es beneficiosa! ¡Muy beneficiosa!
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Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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