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Temblores culturales

Las últimas semanas han tenido un movimiento bastante intenso alrededor de la cultura. La entrada en vigencia del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, el Oscar para Una mujer fantástica, y la inauguración del Teatro Regional del Bío Bío han suscitado debates de mayor o menor profundidad —pero en todo caso, interesantes— en torno a temas que la contingencia comúnmente posterga.

Uno de esos hechos culturales de gran relevancia es la publicación de la Encuesta Nacional de Participación Cultural 2017, donde saltan a la vista las grandes carencias que presenta el consumo cultural de los chilenos. Se trata de un esfuerzo metodológico importante, dado que cubre las dimensiones cuantitativas y cualitativas de cómo consumimos cultura a lo largo y ancho del país.

Los resultados de la encuesta no son alentadores. Asistimos poco o muy poco a espectáculos culturales (desde el cine a exposiciones de artes visuales), y las políticas orientadas a aumentar la participación (como la gratuidad en la entrada a los museos) no han tenido el impacto positivo que se esperaba. 53% dice no haber asistido nunca en su vida a una exposición, mientras que sólo el 20,5% declara haber ido a un museo durante el último año.

La implementación del Ministerio abre posibilidades para mejorar la situación, pero sólo si es que comprende profundamente su rol en el sistema de las artes. No puede ser únicamente un Mecenas estatal, más bien debe abrir espacios y oportunidades para que la sociedad civil participe de manera eficaz en las artes. También merece atención el rol que podría jugar el mercado: una justa apertura puede tener beneficios para la circulación de obras y manifestaciones artísticas.

El Ministerio también tiene otro desafío para con las artes: debe resguardar a los creadores de la dictadura de lo políticamente correcto, sobre todo en tiempos en que la idea de “ofender” se ha vuelto regla central. No se trata de promover un arte inocuo, inocentón o buenista —el verdadero arte nunca lo ha sido—, sino más bien de posibilitar que se pueda crear en libertad. De ahí que para muchos sea atractivo establecer que hay formas y discursos que no pueden ser utilizados, y que el Ministerio (y el aparato estatal) debe reprimir esas manifestaciones contrarias al discurso oficial.

Las artes nos permiten cuestionarnos sobre el significado de ser humanos y vivir en comunidad, trascendiendo los términos políticos. La pregunta sobre el ser, que muchas veces ignoran las demás ramas del conocimiento, puede encontrar un camino para la respuesta —siempre incompleta— a esta interrogante.

Este cuestionamiento desde las artes introduce pequeños temblores en la sociedad, pero le aporta elementos para conocer cosas que no son evidentes, ante las que las palabras son impotentes. Que la institucionalidad y el cuestionamiento se transformen en una oportunidad para ampliar las esferas donde participen las artes.

 

Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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