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Superbebés sin ética ni límites

Uno de siete embriones sobrevivieron al experimento. Dos mellizas nacieron y serían, supuestamente, inmunes al VIH. Eso es lo que sabemos hasta ahora de lo que podría ser la primera iteración de la técnica CRISPR CAS9 para la modificación genética en humanos nonatos.

Sin importar cual sea finalmente el resultado del experimento, la noticia marca un hito para la humanidad. Lo cierto es que la tecnología y la ciencia avanzan a pasos agigantados y que, en consecuencia, pronto chocaremos con un debate social, intelectual y bioético mucho mayor y  más intrincado que el del aborto.

Ya es momento de hacernos esas preguntas incómodas: ¿Modificaría usted a su hijo antes de nacer para que fuera más alto, inteligente, fuerte y resistente que los demás?. Y si no quiere hacerlo, ¿está consciente de que los otros niños estarán “biológicamente” más favorecidos que los suyos?. Y si no puede pagar para que su hijo esté a la altura de la competencia ¿qué hará?. Primero será un grupo, pero si la tendencia crece, se masifica y se incorpora a las generaciones futuras, ¿estaremos frente a una ola de neodarwinismo que acrecentará las brechas y la sensación de injusticia?.

La idea de beneficiar a los bebés antes de nacer ha existido por mucho tiempo. Casos como el de la Alemania Nazi, que intentó “crear” una raza superior, puede ser lo primero que se nos viene a la mente. Aún así, pensar en súper infantes, ya sea inmunes a enfermedades o premoniciones (Parkinson, Alzheimer, o incluso cáncer) o con otra ventaja genética, nos parece lejana. Probablemente porque la investigación en humanos (especialmente niños) en Occidente es un tabú que toca sensibilidades políticas, religiosas y éticas. Por eso, no es raro que haya sido el chino He Jiankui, de la South University of Science and Tecnology de Shenzhen quien se atribuya este “logro” y lo defiende abiertamente.

Las razones pueden ser varias: está loco, mintió en el proceso o, lo que puede parecer más realista, se aprovechó de que las regulaciones para la experimentación e investigación en China son comparativamente más laxas que en nuestro hemisferio. Y aunque no sepamos cómo termina esta historia, y pese a que Jiankui ha sido interpelado tanto por sus autoridades como por el colegio de medicina de Hong Kong, este hito debe guardarse en nuestro expediente como un antes y después para la humanidad.

No pensemos en la modificación genética como el material para un libro de ficción o una discusión para los médicos e investigadores, en una esfera distinta a la nuestra, sino como un debate urgente que debemos comenzar a abordar política, social, educacional y éticamente desde hoy. Y no solo discutirla, sino que ir un paso más allá. Es necesario tomar una postura, (en este caso liberal), con criterio, ética, juicio y actitud por parte de quienes decidan y quienes influencien esas decisiones. Se trata de un punto de vista que entienda dónde nos puede llevar este poder, qué significa para las generaciones que serán conejillos de indias (niños y nonatos), cuántas miles de personas podrían tener una mejor calidad de vida gracias a estos avances, y qué nuevos problemas supondrá para la humanidad.

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Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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