Sorprendentemente, Trump puede volver a sorprender

Los norteamericanos han elegido Presidente luego de una elección muy reñida, no sólo por mantenerse abierta hasta el final, sino por su agresivo tono de campaña. El resultado sorprendió al mundo y por tercera vez en el año, las encuestas fueron pulverizadas por los hechos. Los opositores a Trump prometieron los cuatro jinetes del Apocalipsis de ganar el republicano. Los temores acerca de su programa económico eran compartidos por muchos economistas, a pesar de que el programa de Hillary no lo hacía mejor al comprometer más gasto fiscal financiado con mayores impuestos. El mayor temor provenía de la percepción de que, en su afán por devolverle a los Estados Unidos los empleos que habría perdido con la globalización, sería hostil al sistema de comercio internacional, desatando una guerra proteccionista como ocurrió en la crisis de los años 30. Para el profesor de Harvard, Gregory Mankiw, paradójicamente, la sorpresa del resultado, al igual que la del Brexit, podría deberse precisamente a esa percepción. Los votantes no estarían escuchando a los economistas.
 
En el caso del Brexit, aunque los técnicos hayan advertido que la salida reduciría los ingresos de los británicos, estos igual votaron por retirarse de la Unión Europea. De igual forma, aunque los especialistas tengan la firme convicción de que la expansión del libre comercio ha beneficiado muy relevantemente al mundo, incluyendo a los norteamericanos, el 55% de ellos piensa que han perdido con los tratados de libre comercio. Trump identificó con claridad esa percepción del electorado. El comercio internacional, efectivamente, trae más prosperidad para todos, pero produce perdedores y ganadores. Y aunque en el neto la suma sea muy positiva, los perdedores pueden pararse en contra de la globalización. Sin embargo, no sería su conveniencia personal lo que movería a los votantes, sino que una visión sicológica del mundo. El mismo Mankiw cita un trabajo de los profesores Edward Mansfield y Diana Mutz, de la Universidad de Pensilvania, que afirma que el antagonismo con la apertura provendría de tres fuentes. La primera sería una preferencia por el aislamiento, intuyendo que los Estados Unidos estarían mejor si se mantuvieran al margen de los problemas mundiales.
 
Luego, un nacionalismo, pensando que los norteamericanos son culturalmente superiores. Y, por último, un etnocentrismo, imaginando que el grupo étnico al que pertenecen es superior. Esa visión sería más fuerte en los grupos menos educados. A las pocas horas de conocido el resultado de la elección, un demócrata y deprimido economista, el premio Nobel Paul Krugman, declaró que Trump traería una recesión global y lo llamaba la madre de todos los efectos adversos. Según él, Trump muy rápidamente desharía el progreso que los mercados financieros han construido en los ocho años que siguieron a la crisis de Lehman, dada su ‘ignorancia e irresponsabilidad’ frente a la fragilidad de la economía mundial. Sin embargo, la preocupación de los economistas no ha sido compartida hasta ahora por los mercados. Estos reaccionaron positivamente a la noticia del triunfo de Trump, a pesar de sus promesas antiglobalización. El día siguiente de la elección, el Dow Jones subió un 1,4% y el índice de volatilidad Vix cayó un 23,27%. La Bolsa siguió al alza con otro 1,17% el día subsiguiente. Al parecer, los mercados están pensando que Trump puede ser una buena opción. Los norteamericanos no sólo eligieron a un Presidente republicano, también le dieron a su partido mayoría en ambas cámaras y la oportunidad de asegurar una Corte Suprema conservadora.
 
Luego de ocho años de intentar salir de la recesión con políticas de estímulo fiscal y monetario sólo se han obtenido crecimientos modestos. Por ello, puede haber llegado la hora de las reformas estructurales. Y en este sentido, Trump, compitiendo contra una candidata que sólo proponía más de lo mismo, instaló la esperanza de un cambio. Además de proponer renegociar los tratados de libre comercio, también ha dicho que buscará simplificar la regulación, reducir los impuestos, eliminar los ‘loopholes’ de los grupos de interés, reducir el costo del cuidado de los niños, eliminar lo que llama el impuesto a la muerte (el impuesto de herencia), ofrecer incentivos tributarios para que las empresas repatrien sus utilidades y devuelvan empleos manufactureros a los Estados Unidos. Trump ha probado no sólo conectar bien con los votantes, sino que ha demostrado ser un hombre de logros. Su promesa fue ‘volver a hacer a América grandiosa nuevamente’. Por ello, la amenaza de mayores déficits relacionados con sus propuestas de reducir los impuestos y aquella de contracción de la economía mundial, como consecuencia de una guerra proteccionista, debieran irse disipando a medida que vaya comunicando los nombres de quienes lo acompañarán en el gobierno. Ahora con guitarra, el Presidente Trump tiene que abocarse a atacar el principal problema que los norteamericanos tienen: su crónica falta de crecimiento. Una guerra proteccionista no es la manera de empezar. Como alguna vez ha dicho Churchill de los norteamericanos: ‘Ellos siempre hacen lo que deben, después de haber probado todo lo demás’.
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Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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