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Segunda vuelta: ¿Plebiscito sobre el modelo?

El Nobel de Economía Douglass North enseñó que las ideologías -aquellos modelos mentales que nos ofrecen una explicación acerca de cómo es el mundo y que a la vez prescriben cómo este debería ser- son materias de fe antes que de razón y subsisten pese a la evidencia en su contra.

Las ideologías son, según North, una causa fundamental a la hora de explicar el fracaso del Tercer Mundo en lograr niveles sostenibles de progreso. La razón es el rol que estas juegan en los mercados políticos. Es un error, advirtió North, confundir el comportamiento de las personas en el mercado económico con sus preferencias en el mercado electoral. Mientras en el primero todos, independientemente de nuestra ideología, tendemos a actuar de manera similar, porque resulta más fácil medir lo que se recibe a cambio de lo que se entrega, y es también más fácil exigir el cumplimiento del intercambio, en los mercados políticos esa posibilidad tiende a disminuir al punto de casi desaparecer. Como consecuencia, los electores tienden a movilizarse mucho más por razones ideológicas que racionales en el sentido económico de la expresión.

Motivados por lo que North llama ” sense of fairness ” -sentido de lo justo-, quienes tienen comportamientos de consumo perfectamente capitalistas pueden sin problemas votar por candidatos que postulan alterar el sistema de mercado. Dado que existe una ignorancia generalizada acerca de las condiciones institucionales y económicas que hacen posible ese consumo, el visitante más asiduo del mall , el personaje más obsesivo en la adquisición de bienes estatutarios y el sujeto más gozador de McDonald’s, Coca Cola y Apple pueden elegir, sin advertir la paradoja, al peor enemigo del sistema cuyos frutos atesoran. Esta elección depende en buena medida del estado del debate público.

“No se puede tener populismo estatista y los beneficios del capitalismo competitivo al mismo tiempo, por mucho que los electores lo deseen.”

John Stuart Mill advirtió hace mucho tiempo que las instituciones existentes en un país estaban condenadas a desaparecer cuando dejaban de contar con el apoyo de la opinión común. Siguiendo la línea de análisis anterior, no es exagerado decir que, desde hace un tiempo, Chile experimenta un auge anticapitalista no despreciable. Su manifestación reciente más emblemática es el surgimiento del Frente Amplio -cuyos líderes y votantes no se esfuerzan en disimular su afición por consumir lo mejor que el capitalismo puede ofrecer-, pero no se limita a él. El anticapitalismo que vemos hoy no consiste, desde luego, en el socialismo revolucionario de antaño, sino en un populismo más o menos agresivo, compuesto por una serie de medidas, promesas y creencias que nutren un determinado sentido de justicia contrario a las instituciones fundamentales de nuestro particular modelo capitalista: la educación privada y pagada, las AFP, las isapres, el legítimo rol de las ganancias en todos los rubros, etcétera.

Más allá de sus indudables imperfecciones, el ataque sistemático a esas instituciones y, sobre todo, a la filosofía que las sustenta ya ha llevado a reformas claramente contrarias al espíritu que animó la economía política nacional en las últimas décadas. Algunos no ven en ese populismo un síntoma anticapitalista, sino la confirmación de que los hábitos de consumo capitalistas han trascendido a la esfera política.

Esta lectura parece errónea. La fisonomía de la tendencia que propulsa el creciente reclamo por beneficios estatales es incompatible en el mediano plazo con nuestro modelo capitalista y con el sentido de justicia que lo fundó. No se puede tener populismo estatista y los beneficios del capitalismo competitivo al mismo tiempo, por mucho que los electores lo deseen.

Ante este escenario cabe preguntarse: ¿será acaso la segunda vuelta presidencial un plebiscito sobre el modelo? Si gana Guillier, claramente Chile optará por un camino reñido con su proceso modernizador, aunque el ritmo y la magnitud del avance sean menores a lo que espera el Frente Amplio. De otra parte, si gana Piñera, se mantendrá -por un tiempo al menos- el camino modernizador, pero difícilmente habrá un cambio en la tendencia de largo plazo. Cualquiera sea el resultado, lo que parece claro es que hoy en Chile no se verifica un sentido de justicia que incline a la mayoría de la población y a su clase dirigente hacia instituciones proclives al capitalismo que caracterizó su proceso modernizador en las últimas décadas.

Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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