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¿Se queman nuestros anhelos?

Los meses de verano no han sido de vacaciones para quienes han debido combatir los cientos de incendios forestales que se desataron en el centro-sur de nuestro país. A través de la televisión hemos sido testigos de cómo el fuego devoraba cerca de 380 mil hectáreas de vegetación, recordándonos la fragilidad de nuestra existencia y de aquellas pertenencias que asumimos como propias y permanentes. Las vistas ya no serán las mismas por varios años en diversos lugares, donde el color verde de los árboles ha dado paso al gris de las cenizas. Pequeños pueblos han desaparecido o quedado desolados y, lo más grave, hemos tenido que lamentar la pérdida de vidas humanas, personas que lo dieron todo para aminorar los efectos de esta tragedia.

La primera reacción frente a estos desastres es la búsqueda de responsables. ¿Quién es el culpable? ¿Habrán sido las empresas forestales que no han sabido construir los cortafuegos adecuados? ¿Habrán sido las empresas eléctricas las que no supieron mantener despejados los suelos bajo las líneas de alta tensión? ¿Serán los veraneantes que en sus descuidos dejaron las fogatas encendidas? ¿Será la labor de pirómanos? ¿Habrán sido fruto del descuido de los vecinos que no mantienen limpios sus entornos? ¿Será la obra de grupos antisistémicos? Cada pregunta revela la desconfianza imperante.

Es difícil creer que detrás de tantos focos, dispersos en a lo menos siete regiones del país, pueda haber una sola causa. Por lo tanto, es probable que haya influido la mayor abundancia de pasto seco en esta temporada, debido a las condiciones climáticas de la primavera pasada.

También surgen dudas respecto de cuán preparados estamos para los desastres naturales. En el caso de los terremotos, más que las acciones mitigantes de la Onemi, lo que ha contribuido a salvar vidas son nuestras estrictas normas de construcción antisísmica, una política que toma muchos años en mostrar sus virtudes, porque ocupa tiempo reemplazar construcciones obsoletas. Igualmente, tras los tsunamis, el pilar fundamental de prevención ha sido establecer zonas en que no es posible construir. Siguiendo esos ejemplos de políticas de largo plazo, en un país de rico patrimonio forestal como el nuestro, el cuidar de los bosques requiere de cortafuegos verdaderamente eficaces. Dado que a nuestro largo y angosto territorio lo cruzan de cordillera a mar tantos ríos, cabe pensar que el diseño de los cortafuegos debiera ser tal que jamás un incendio pueda cruzar de un lado a otro de sus cauces.

“surgen dudas respecto de cuán preparados estamos para los desastres naturales.”

En esta ocasión, el imaginario colectivo se convenció de la acción premeditada de terceros como una hipótesis verosímil de la causa del fuego; según la última encuesta Cadem, el 89% cree que los incendios fueron provocados. Si las llamas fueran, efectivamente, obra de la acción deliberada de unos pocos desadaptados sociales que buscan causar daño, ningún cortafuego será eficaz. Sólo cabría reforzar las labores de inteligencia necesarias para predecir su actuar, interfiriendo en su cometido y posteriormente, desarticulando estos grupos y sumando duras penas a crímenes tan graves.

Otro elemento que sube al estrado de las evaluaciones es nuestra capacidad de frenar los siniestros una vez que estos se desatan. Nuevamente queda la sensación generalizada de que estamos al debe. En el imaginario colectivo, también, quedó la convicción de que el sentido de urgencia de los aparatos del Estado no está en sintonía con la velocidad requerida en estos casos. Pareciera no existir un plan de acción claro para reaccionar a tiempo con las decisiones predefinidas y los presupuestos adecuados asignados. Según el mismo sondeo Cadem, el 77% cree que no se reaccionó de forma oportuna y adecuada. Al igual que en el caso de los teléfonos satelitales sin baterías en el terremoto del 2010, da la impresión de que se piensa sobre la marcha, lo que resta efectividad en los críticos primeros momentos.

Otra percepción que quedó es que la coordinación entre los esfuerzos públicos y privados fue tardía y dominada por las desconfianzas. Ello puede tener que ver con lo mucho que hemos retrocedido en cuanto a unidad, en cuanto a compartir un mismo sueño para Chile y pensar que ello es tarea de todos. Cuando el objetivo propuesto desde la política es la igualdad, dentro de sus pilares lleva implícita la idea de quitarles a unos para darles a otros, algo que por definición implica suma cero, acrecentando las desconfianzas entre lo público y lo privado.

También a la hora de enfrentar desastres naturales es importante la visión política.

Si se concibe un programa que reemplace la búsqueda de una igualdad imposible por uno en que todos progresen en mayor o menor medida, podrán primar entonces anhelos compartidos y un mejor clima país. Un programa en que no cunda tanto el pasto seco de la desconfianza, y que en la lucha contra la adversidad permita convocar a todos los sectores sin temores y con mayor rapidez.

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Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

 

 

Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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