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Salvando al liberalismo de los liberales

Mucho se discute por estos días sobre la crisis del liberalismo en occidente. Brexit, Trump, el auge de derechas de tinte nacionalista, la reacción antiglobalizadora y el descrédito de instituciones que han promovido la llamada agenda liberal serían, se suele decir, ejemplos de ello. Pero la verdad es que para determinar si hay o no crisis del liberalismo debe primero entenderse bien en qué consiste esta doctrina, la que, como sabemos, puede llegar a representar cosas no solo distintas, sino totalmente opuestas.

Si para los liberales de la tradición wilsoniana la creciente centralización del poder en la Unión Europea, por ejemplo, resulta esencial al credo liberal, para los liberales de tradición clásica, inspirados en Edmund Burke, Lord Acton o incluso James Madison, el liberalismo consiste precisamente en frenar la concentración del poder en unos pocos para que la ciudadanía soberana retenga siempre la capacidad de proteger su libertad y determinar su propio destino. El Brexit refleja de la mejor forma este divorcio entre buena parte las élites sociales, políticas y económicas y el resto de la ciudadanía, que se ha rebelado no solo votando por abandonar la UE, sino dándole a esa misma élite una paliza en las últimas elecciones al Parlamento europeo que convirtió a Nigel Farage en el gran ganador. Si bien hay muy buenos argumentos en contra del Brexit, no deja de ser curioso cómo un ideal tan propio del liberalismo originario, como es la soberanía popular, se retrata hoy como mero fanatismo populista por la prensa y parte de la clase dirigente e intelectual autodenominada ‘liberal’. Y es que, como ha sugerido Niall Ferguson, el liberalismo hoy se ha convertido en un culto elitista.

Se trata de personas que salen de las mismas universidades; ocupan similares posiciones en empresas, medios de comunicación, organizaciones internacionales y gobiernos, y que se reúnen en Davos a tomar champaña mientras hablan de cómo ellos, con su inteligencia y grandeza moral, salvarán al planeta de los primitivos que no concuerdan con su agenda. Las espectaculares persecuciones de los nuevos inquisidores que todos los días aparecen en medios fueron claramente validadas e incendiadas por los liberales, quienes incentivaron la cultura del victimismo de los tiempos que corren, alimentando las facciones más radicales entre los suyos. Como consecuencia, ahora también los están llevando a ellos a los tribunales virtuales de la nueva inquisición, obligándolos a recordar que la libertad de expresión es un valor no solo cuando se dice algo con lo que se concuerda. Fueron los autodenominados liberales de hoy quienes no dudaron en llamar xenófobos, racistas, islamofóbicos, machistas, homofóbicos, etc., incluso a quienes, desde posiciones razonables, manifestaban reparos con la migración ilimitada o la creciente islamización de Europa, entre otros temas de preocupación pública.

Hillary Clinton llegaría a decir que la mitad de los votantes de Trump eran ‘deplorables’, que se podían tirar al canasto de la basura. Ese es el tipo de arrogancia y desprecio de quienes se encuentran teológicamente convencidos de que su misión en el mundo automáticamente los califica para detentar el poder en beneficio de la humanidad entera. Pero además, este llamado liberalismo ha sido totalmente incapaz de ofrecer una perspectiva a la pregunta sobre el sentido de la vida, escudándose en la autonomía, principio de valor inconmensurable, pero insuficiente para convertir a la doctrina liberal en una con la que se puedan contestar al menos algunas de las preguntas más angustiantes de la existencia humana. Así, se nos asume como simples algoritmos que se lanzan preprogramados al ciberespacio de la vida colectiva.

“Nada en esta crítica supone que el Estado deba intervenir desde luego, pues el problema liberal es ante todo de tipo cultural y es además causado, en parte al menos, por el estatismo.”

Ello no ocurre en el liberalismo clásico, entre cuyos exponentes hay varios que buscaron dar explicaciones a la naturaleza humana para, a partir de ahí, extraer las recomendaciones que permitieran el florecimiento individual y social. La familia, la sociedad civil y valores tan profundos como la solidaridad, la belleza y la fe se encuentran en el corazón de la doctrina liberal como la entendieron Adam Smith, Alexis de Tocqueville, Edmund Burke e incluso Friedrich Hayek. Hoy, sin embrago, la nueva versión del liberalismo se ha reducido a un grupo de personas predicando que todo vale en tanto no se dañe a otro, como si cualquier curso de acción fuera igualmente deseable para quien lo desarrolle e idénticamente admirable para quienes deben presenciarlo. Nada en esta crítica supone que el Estado deba intervenir desde luego, pues el problema liberal es ante todo de tipo cultural y es además causado, en parte al menos, por el estatismo.

En efecto, sin la pretensión dirigista que ha convertido al Estado en una máquina que ha devorado a la sociedad civil y desintegrado la familia, y sin el dirigismo ilustrado de sus exponentes, probablemente no se hablaría de una crisis en el ‘liberalismo’ actual. Para superarla, urge rescatar al liberalismo de los liberales, regresando a sus elementos genuinamente humanistas —en el sentido renacentista de la palabra— y que hoy se encuentran abandonados por una visión demasiado simplona y arrogante como para proveer de sentido a la vida en común.

Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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