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¡Que se vayan!

Señor Director:

La última encuesta Adimark muestra una realidad horrible para la “derecha” chilena: un 78% de los encuestados rechaza a la actual oposición. Y no es de extrañar: la descoordinación del sector, la falta de un proyecto común que sea sexy para el electorado, los caudillos –además de los ungidos– y personalismos en general, sumado todo ello a las malas prácticas políticas y financieras, le ha pasado la cuenta. Y en buena hora y por varios motivos. No recurriré al típico argumento –falaz por lo demás– del necesario recambio en la política. Como sabemos, los políticos son de carne y hueso como todos los demás –creo y espero– y por lo mismo el recambio en aquel sector va al mismo ritmo que en los demás rubros: la abogacía, la medicina, el profesorado, etc.

La crítica ha llegado en buena hora para terminar de denunciar la disconformidad del electorado con las políticas sostenidas por sus representantes de “derecha”. Un discurso contradictorio con el ADN del sector, malas políticas de conciliación y la falta del sentido de oportunidad han hecho merma entre sus votantes.

Al mismo tiempo, el análisis del reemplazo del discurso es evidente: conceptos como libertad de emprender, propiedad privada, responsabilidad individual, igualdad ANTE LA LEY y Estado de Derecho han sido transversalmente reemplazados por una jerga ininteligible que habla de igualdad material y diversidad, tolerancia e injerencia estatal, solidaridad y libre alberdrío. ¿Cómo no confundirse? El motivo de la adopción del lenguaje equivocado, sin embargo, no es casual: tanto la izquierda como la “derecha” tradicional comparten, al final del día, una misma vocación: el control del poder para implantar su modelo, ora igualitarista y progre, ora estamental y conservador.

En cuanto a las políticas de conciliación, la “derecha” está siendo víctima de sus propias culpas e ingenuidades: culpas, por haber sido tan permisiva y conciliadora con una izquierda que siempre fue un lobo en piel de cordero, e ingenuidades por no haberlo notado antes. La senadora Pérez acierta al señalar que el acuerdo Lagos-Longueira sentó un pésimo precedente en la política chilena: todo es transable políticamente, el Estado de Derecho y la responsabilidad individual pueden ser vulnerados en pos de un bien mayor. Y claro, esas buenas intenciones tenían fecha de caducidad: la retroexcavadora permitió desechar ese tipo de pactos –también en buena hora– y le permitió a la izquierda juzgar aquello que tantas veces le había sido perdonado –recordemos a Girardi y Publicam, por ejemplo–.

Finalmente, la falta de sentido de oportunidad es quizá propio de la “derecha”. Utilizando un concepto de Pablo Iglesias, podemos fácilmente reconocer que la “derecha” chilena es efectivamente una casta. Hijos y nietos de políticos, miembros de la fronda y del club, todos fueron a los mismos colegios, vacacionaron en los mismos lugares y acudieron a los mismos templos. Su casta es hermética, homogénea, tradicional y aparentemente honorable y conservadora –al menos de cara al público–. Muchos incluso han gobernado el país como un fundo desde su Independencia, factor que explica el rasgo apatronado –o mesiánico– de muchos políticos de la “derecha” y el rechazo que ello provoca en un Chile cada vez más inserto en el modelo de la sociedad abierta (como Carlos Larraín y Manuel José Ossandón). Esta endogamia, tal y cual pasó entre algunas dinastías europeas, ha llevado a un desgaste y obsolescencia natural.

La crisis del sector no se cambiará con un partido único –no sé cómo se podrían alinear tantos egos en una sola tienda–, ni con una nueva alianza. La crisis tampoco tiene una solución a corto plazo. Pasará la cuenta en las próximas elecciones, y el único perjudicado será el país, no por falta de oposición, sino por permitir el absolutismo de la mayoría –en su versión moderna y estatal, el totalitarismo– gracias a la negligencia de la “derecha”.

Es el momento en que quienes verdaderamente pueden defender las ideas del liberalismo –la libertad individual, la igualdad ante la ley y el Estado de Derecho, mínimo y eficiente– reclamen por una mayor participación en la vida pública, y defiendan sus ideas apoyados en sus indiscutibles resultados a través de la Historia. Y aquellos que no supieron prever la debacle por cuidar su sillón, ¡que se vayan!

Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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