Pura gente buena

Días atrás, Camila Vallejo dijo que “probablemente los economistas no ven esto, no tienen idea de lo que pasa en las salas de clases, de lo que pasa en las familias, no tienen idea de lo que están sufriendo muchos niños que están siendo abandonados, no porque los padres quieran abandonarlos, sino porque no pueden estar más tiempo con ellos”. Esta falacia la enarboló a propósito de las advertencias del presidente del Banco Central, el economista de la Universidad de Cambridge, Mario Marcel, respecto al proyecto de ley que busca reducir las horas laborales, y que es impulsado por la legisladora. Luego, Vallejo puso la guinda de la torta al decir que “la perspectiva no pueden darla solamente economistas que no tienen experiencia en materia de relaciones laborales”. Lo raro es que ella se reserva ese derecho, quién diablos sabe por qué.

Aunque esto no es tan extraño pues responde a un fenómeno predominante en el debate público chileno: el predominio de falacias emocionales.

En el último tiempo, muchos han rasgado vestiduras frente a las fake news (según convenga) pero poco han reparado en el hecho de que detrás de aquello se hace visible el declive del uso de argumentos y el creciente predominio de apelaciones sentimentales, como las que la diputada Vallejo enarboló respecto a una discusión cuyos aspectos técnicos no pueden ser desdeñados sin más. Porque lo que la legisladora hizo no fue refutar lo planteado por el presidente del Banco Central, sino que de inmediato intentó colocarlo, a base de una apelación emocional, del lado de los malos de la película Marcel sería parte de los que no saben o no les importan las familias chilenas, mientras ella se elevaría al cielo como la Virgen María o Teresa de Calcuta.

Presumir una moralidad superior para intentar ganar una discusión es una táctica más vieja que el hilo negro. No obstante, el punto clave es que actualmente el debate público está repleto de postureo ético, sobre todo debido a la irrupción de las redes sociales, que lo han desfigurado al permitir que una infinidad de usuarios emitan sus juicios, muchas veces mal infundados.

 

Presumir una moralidad superior para intentar ganar una discusión es una táctica más vieja que el hilo negro. No obstante, el punto clave es que actualmente el debate público está repleto de postureo ético, sobre todo debido a la irrupción de las redes sociales, que lo han desfigurado al permitir que una infinidad de usuarios, incluido el borracho del pueblo como decía Umberto Eco, emitan sus juicios, muchas veces mal infundados. Así, el debate público se satura de narcisos que pontifican a los cuatro vientos lo buenos que ellos son, respecto a una infinidad de causas, como el medioambiente, la corrupción, los animales, la historia chilena, el feminismo, etc.

Todo este fenómeno de moralismo narciso ocurre en base a una de las tres falacias que el psicólogo Jonathan Haidt describe en su libro The Coddling of the American Mind (traducido por Fundación para el Progreso como “Malcriando a los jóvenes estadounidenses. Cómo las buenas intenciones y las malas ideas están preparando a una generación para el fracaso”), que es la idea de creer que el mundo se divide entre buenos y malos. Los usuarios de las redes sociales, narcisos cazadores e inquisidores de inmorales, obviamente y debido a su razonamiento distorsionado por esa presunción, se creen parte de los Avengers, que van a salvar el mundo de la debacle ecológica, del capitalismo, del egoísmo, de la degeneración, etc. La diputada Vallejo no escapa a esa lógica.

Otra falacia que describe Haidt, que también se esconde tras la apelación de la diputada comunista, es la que desdeña del razonamiento respecto a los hechos y desde la cual solo se interpretan las cosas a través de los sentimientos. Si crees que el mundo se divide entre buenos y malos, obviamente presumes que aquellos que discrepan de tus opiniones (en realidad de tus sesgos y prejuicios) solo pueden ser malvados. Entonces, para la diputada no importa lo que digan los expertos acerca de un tema, sino que lo que importa es qué sentimos respecto al asunto y nada más. Lo que importa es tomar posición a favor de los buenos o en contra los buenos. Nada más. Puro y peligroso buenismo.

La misma lógica es visible cuando se discute acerca del medioambiente y se visualizan una serie de imposturas, muchas de ellas radicalmente estúpidas, que solo buscan mostrar y presumir el alto compromiso moral con el planeta El tema del predominio emocional fue parte de la discusión en la última elección presidencial chilena, cuando se acusó que el “Chilezuela” movió las preferencias de los electores en favor de Piñera. Lo mismo se atribuyó respecto a la elección de Trump y Bolsonaro, aludiendo a la idea de que las fake news y el manejo emocional, sobre todo la apelación al miedo y al odio, serían propios de las derechas y no del elevado espíritu moral de las izquierdas. Pero eso es otra burda apelación emocional sin sustento, es decir una mentira, y una clara prueba del cinismo reinante en el debate público. La izquierda, en ese sentido, es especialista en acusar a las derechas de apelar al miedo u otras pasiones para forzar el resultado de elecciones o para forzar políticas públicas. Pero la izquierda hace lo mismo sin sonrojarse, por ejemplo, cuando demonizan a los empresarios o a cualquier crítico de sus ideas y modelos.

Lo último que hizo la diputada Vallejo en esa línea fue la invitación al “festival por las 40 horas” en apoyo a la iniciativa parlamentaria que ella impulsa. Esto no es más que una burda apelación a las pulsiones más básicas del público. ¿Debate político razonable? Para qué, mejor competirle al buenismo populista de Kathy Barriga con el estilo Camila Vallejo. Un gran espectáculo circense.

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