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Política o Tinder

Hace unos años, en la mitad de un almuerzo de verano, el papá de un amigo empezó a despotricar contra todo. En su época, decía, los discursos y argumentos de los parlamentarios eran publicados en los diarios. ¿Imaginan que alguien publicara hoy el discurso de algún parlamentario? ¿Se imaginan alguien interesado en leerlos? Yo lo encontraba un exagerado, pero quería creerle. En ese almuerzo criticaban, además, la arquitectura de todas las casas de Chile. Yo sobre esto pensaba al revés: no quería creer, pero creía. Eran veranos escolares. El hanta había estado de moda hace unos años.

Nunca se me olvidó esa crítica a los políticos noventeros, pero en esa época andábamos preocupados de otras cosas. Por ejemplo, de la implícita confrontación de imágenes, sueños e ideas inalcanzables que tendríamos más tarde en la playa, o en las fiestas de la noche, donde deambulaban poleras de los Rolling Stones, Gondwana, Misfits y Pink Floyd, y una que otra con poetas o algún revolucionario. Un amigo incluso le sacó una foto a la cara de un personaje de ese verano y después se la estampó en su polera. Intensidad, bullying y deseos inalcanzables. Cuestiones de la adolescencia, lejos de la política.

Hoy es al revés: son los políticos los que juegan con poleras y se preocupan de las fiestas. Las poleras de Camila Vallejo y Gabriel Boric paralizan al país, y los enroques amorosos del Frente Amplio llegan a los diarios. Esto hace explícita la dimensión estética de la política. Inscribirse hoy en la juventud de la DC podría costarle la soltería eterna a cualquier hombre o mujer. Así se entiende también la ironía de un amigo: «Para qué Tinder, si está RD». Parece que son los juegos adolescentes los que movilizan y unen al Frente Amplio.

La intelectual argentina Beatriz Sarlo señala que cuando muere «la adolescencia, persiste la nostalgia de una vida intensa, que es casi imposible [vivirla] bajo las leyes del trabajo y la familia». Por esto, continúa, vivimos una sociedad del espectáculo, porque esa nostalgia se cura con escándalos. De ahí que los sermones de políticos en el Congreso respecto de las poleras de Boric hayan sido un show montado, con carteles y griteríos: para buscar el escándalo. Por eso J. A. Kast y Camila Flores son escándalos en sí mismos. ¿O a alguien se le ocurrió analizar el texto y la profundidad de los argumentos del diputado Coloma en contra de la afrenta de la polera en el Parlamento? Sarlo dice que Julien Sorel, de ‘Rojo y Negro’, es alguien que «siguió aferrado a la fantasía de una gloria ya imposible», y que Ema Bovary, de ‘Madame Bovary’, a pesar de su vida ya avanzada, «siguió soñando», lo que la llevó a la muerte. Desgraciadamente, afirma también, «las sociedades se sostienen porque las mujeres no son Ema Bovary ni [los hombres] Julien Sorel».

Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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