¿Pobres, pero felices?

Como era de esperarse, la última cuenta de la Presidenta Bachelet ha sido considerada por la oposición corno autocom – placiente y carente de crítica. Según sus detractores, se ha concentrado en el largo plazo para evadir el presente, pasando por alto que su gobierno tiene el inédito récord de haber logrado cuatro años seguidos de caída en la inversión, que nos dejará con más cesantes, más divididos y menos felices. Del otro lado del espectro político, desde la izquierda más extrema, piensan que se quedó corta en las reformas, ya que dejó que su ímpetu reformista fuera finalmente neutralizado. Y, como también era esperable, sus partidarios perciben que lo hizo bien. Ellos intuyen que nuevamente la izquierda logró correr el cerco de lo que se puede cambiar en la dirección del “progresismo”.
 
¿Cuál es el real legado de su segundo mandato?
 
Las posiciones ideológicas parecen producir sesgos a la hora de evaluar el desempeño de los gobiernos. Al respecto, es interesante el resultado de la encuesta Gallup, que en Estados Unidos monitorea la opinión de la gente acerca de si la economía de su país está mejorando o no. Hace tan sólo un mes, alrededor de un 45% de los encuestados señaló que sí progresaba. Sin embargo, ese promedio era muy distinto cuando la respuesta distinguía entre demócratas y republicanos: sólo un 25% de los primeros declaró que la economía mejoraba luego de electo Trump, versus casi un 80% de los segundos. Antes de la elección, cuando gobernaban los demócratas, la misma encuesta revelaba que 60% de ellos opinaba que la economía avanzaba, contrastando con sólo el 18% de los republicanos. Así, el resultado de la elección cambió dramáticamente la percepción respecto del futuro de la economía para cada grupo.
“Sin crecimiento, el desarrollo humano se detiene, ya que los programas sociales se quedan sin recursos y los trabajadores y emprendedores ven amenazadas sus oportunidades de progreso.”
 
La brecha de percepciones no ha sido siempre tan amplia. Si retrocedemos ocho años, cuando Obama fue electo, todos compartían un muy consensuado pesimismo, con sólo un 15% de expectativas de que la economía estaba creciendo. Era 2008 y la crisis financiera de Lehman estaba presente en el imaginario colectivo. Contrariamente a lo anticipado, la economía norteamericana se recuperó, llegando el Dow Jones a un récord de 21.173 puntos y el nivel de riesgo de los mercados a sus niveles mínimos históricos (con un VIX en torno a sólo 10%).
 
El hecho de que las percepciones de ambos sectores (demócratas y republicanos, o izquierda y derecha) coincidan o discrepen parece estar correlacionado con el grado de polarización en la elección. Mientras más distantes estén los programas y, por tanto, mientras haya más en juego, mayor será la brecha de percepciones respecto del futuro de la economía.
 
El resultado de estas encuestas levanta algunas inquietudes. ¿Cómo puede la preferencia política de los encuestados afectar en tal magnitud su opinión respecto de algo factual como la marcha de la economía en el futuro inmediato? Es probable que las respuestas en las encuestas sean más bien la expresión de estados de ánimo que un reflejo real de sus expectativas.
 
Por lo tanto, para juzgar lo que de verdad se piensa respecto de la marcha futura de los negocios hay que mirar, más que lo que se dice, en qué se invierte. Como ha sido revelado recientemente, todos (comunistas, socialistas y derechistas) indistintamente invierten sus recursos con igual pragmatismo, buscando rentabilizar sus inversiones.
 
En definitiva, estas encuestas demostrarían que el juicio individual está teñido de las preferencias políticas y objetivos personales de quien juzga. Declaro, por tanto, mi sesgo. En mi opinión, una de las varas más importantes al momento de evaluar la gestión de un gobernante es el crecimiento económico. Sin crecimiento, el desarrollo humano se detiene, ya que los programas sociales se quedan sin recursos y los trabajadores y emprendedores ven amenazadas sus oportunidades de progreso. Es un error creer que para los votantes su propio bienestar material ya no es importante y que están listos para entregarse a fines más nobles, alejados del materialismo, como la consecución de utopías de igualdad, a costa de las oportunidades de empleo de calidad para cada uno de ellos y los suyos.
 
Las políticas públicas sí hacen la diferencia en cuanto a crecer y crear oportunidades. Para muestra, un botón: en un trabajo reciente, dos economistas, Chang-Tai Hsieh y Enrico Moretti, calcularon el costo para la economía de Estados Unidos de algo tan simple como las restricciones de constructibilidad en las zonas metropolitanas de ese país. El resultado fue sorprendente: entre 1964 y 2009 dichas restricciones redujeron la expansión del país en más de un 50%. De no haberse perdido esa mitad adicional de crecimiento por medio siglo, Estados Unidos tendría hoy un PIB 3,7 veces más grande.
 
¿Cómo se llegó a frenar en Chile la inversión de la manera en que se ha frenado durante los últimos años? ¿Cuál es la responsabilidad de la reforma tributaria? ¿Cómo ha alterado la expectativa de futuros déficit fiscales la instauración de una supuesta sociedad de derechos? ¿Cuántas restricciones innecesarias hemos agregado a nuestras reglas en los últimos cuatro años? Esas son algunas de las preguntas a responder para resolver el juicio sobre el real legado del segundo gobierno de Bachelet.

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Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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