Publicado el 17.10.2019

Piñera a la vanguardia

Viviendo en el extranjero se hacen más explícitas nuestras (des)avenencias culturales con el resto de los terrícolas. Risas, perturbaciones y humores conectan más con ciertas culturas que con otras. Los australianos estarán aislados, tendrán cobre, mar y un dólar que se mueve igual a nuestro peso, pero no son mexicanos, peruanos o españoles. A la cercanía idiosincrática de estos últimos, al vivir allá, sumé a los polacos, para mí, sorprendentemente hermanos. Eran muy latinos. Las polacas, además, eran las únicas que tenían conciencia de que vivíamos en la ciudad de Nick Cave. Una isla entre tanto entusiasmo de jóvenes en intercambio. Hace unos días le dieron el premio Nobel de Literatura a una polaca, Olga Tokarczuk, y Pedro Pablo Guerrero la citó en El Mercurio:

«Los polacos saben que sin la cultura no habrían sobrevivido como nación ». La creación humana tendría, para los polacos, un valor en sí mismo. Y esto mismo dijo el mexicano Exequiel Ezcurra en un seminario en el Centro de Estudios Públicos. En su país, decía, la cultura se valoraba por sí misma, a diferencia de la naturaleza. Para él, como biólogo, esto era un problema, ya que quería proteger los bosques y no podía.

Las pirámides y el estudio de los pueblos originarios conseguían apoyo, pero los humedales no, ya que «había que privilegiar el desarrollo económico ». No avanzaba en su cruzada hasta que se le ocurrió explicar que en los manglares —similares a nuestros humedales— era donde se reproducían los róbalos, pargos y chanos, especies que luego los pescadores, grandes y chicos, transformaban en millones de billetes norteamericanos. Si destruían estas raíces flotantes, miles de millones de dólares en pescados se esfumarían cada año. Era mucho más dinero, además, de lo que podía generar un deprimente desarrollo inmobiliario. Gran solución. Quedaba algo pendiente todavía, dijo: cambiar la cultura en México para poder proteger los pájaros y manglares por su valor en sí. Y en esto el Presidente Piñera está siendo un vanguardista.

Se ha propuesto liderar mundialmente la protección del medio ambiente y valorar la naturaleza independiente de su valor económico. Pero su vanguardia ha ido más lejos: les quitó plata a nuestros pocos y abandonados museos. Invirtió la idea mexicana: el medio ambiente vale por sí mismo, pero la cultura no. Se entiende que hay mejores museos que otros, pero es tal su abandono, y tan ínfimo lo que significa este recorte para el Estado, que parece un chiste. Es, además, una torpeza política, un caldo de cultivo para noticias falsas. Si se necesita plata extra, que vaya a concurso, pero lo poco que hay, manténganlo. Nuestra élite debería mirarse en el espejo de los polacos. Pero insisten en destruir el cerro Alvarado, a pesar de que se saben de memoria las cuadras del Central Park y corren la maratón en el «parque de Chicago, notable».

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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