Piketty, museos y jornada laboral

A la destrucción de liceos emblemáticos se sumó la creación de ‘un ente’ para que administre nuestras pensiones. Había que destruir los pocos colegios que permitían la movilidad social de la élite y había que hacer más cara e insegura la administración de nuestras pensiones. Qué importa, si total los que legislan mandan a sus hijos a colegios privados y, como ganan más de ocho millones de pesos, no dependerán de su jubilación, como le ocurre a la mayoría de los chilenos. Y ahora, en la mitad de un caos mundial a punto de explotar entre chinos, gringos y europeos, se les ocurre acortar la jornada laboral sin flexibilidad. Están más preocupados de cómo trabajamos los millennials que de la urgencia en que están los jubilados, advirtió el exministro Rodrigo Valdés.

Todo esto hará más caro el trabajo, forzando su reemplazo por máquinas. Los agricultores lo han gritado a cuatro vientos: los viajes a ferias de maquinarias agrícolas tienen cada vez más sentido por la reforma laboral de Bachelet. Mucho mejor tener máquinas y ahorrarse conflictos. Lamentable. Lo pintoresco es que Thomas Piketty, el autor más vendido pero menos leído del último tiempo, necesita justamente eso para que su pesimista teoría se haga realidad: aumentar la sustitución del trabajo por capital. Además, de su futurología se desprende —aunque al francés le duela— que nuestro sistema de AFP es el ideal, ya que hace a los trabajadores dueños de un porcentaje, por mínimo que sea, del capital (en Chile ya tuvimos costo de transición, a cargo del dictador, por si acaso). Es decir, los aduladores de Piketty están haciendo todo al revés. Y el Gobierno, inexplicablemente, a su siga.

Ahora, como el Gobierno, Giorgio y Camila insisten en que estas horas nos «servirán para estar más con la familia» —y de paso reflotan a los iluminados que proponen hacer irrenunciables los feriados domingueros, para que no vayamos al cine ni al bar, y al fin nos dejemos de pecar—, esperemos que se invierta más en deportes y cultura, ya que, en realidad, a ese tiempo libre lo amenazan más las tablets que la familia.

Chile acaba de obtener un resultado histórico en los últimos Panamericanos, con 13 medallas de oro, y el diagnóstico es consensuado: desde que hubo voluntad para invertir en el deporte de alto rendimiento se empezaron a ver resultados. Como los deportes reflejan ciertas realidades —Venezuela ya no es la potencia de antes y Argentina quedó eliminada en básquetbol femenino porque se le olvidaron las camisetas—, podríamos revertir nuestra realidad y partir por eliminar siglas como el Injuv, el CNID o la DOS, que botan miles de millones de nuestros pesos al año. Así podríamos empezar al tiro a preparar nuestro tiempo libre del futuro: invertir en deporte, arreglar nuestros abandonados museos y de paso, quizás, salvar el Teatro Municipal.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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